domingo, 6 de octubre de 2019


Si el horror

Si el horror se normaliza,
no es menos horror
sino más profundo aún si cabe,
pues entonces es que se ha instalado
definitivamente en las cloacas de nuestras miserias humanas.

Si el horror se hace  cotidiano
y uno se acostumbra a vivir 
en la constante putrefacción de la carne
y en el  minuto de silencio.

Si el horror se vuelve el pan de cada día
y se anuncia en televisión como una muerte anunciada.
Si se apodera de nuestras palabras
e invade por completo todo nuestro vocabulario,
y ya todas las palabras son horror, horror, horror:
pájaro horror, montaña horror,  roca horror,
y ya no existe más que horror empañando la tarde.
Es hora de que levantemos  a los muertos de los cementerios.

Porque si el horror se vuelve cotidiano,
hay que sacar el hacha,
atravesar la jungla,
emprender  el vuelo,
y conquistar de nuevo las palabras.

Que el horror  no sea más que una palabra
con demasiadas oes y demasiadas erres,
una analfabeta palabra
que nadie escuche,
que nadie cante.

Para que se vaya el horror
te nombro:
horror,  horror, horror  cotidiano,
y gasto tu nombre para que no suene más,
y que sean  sólo palabras limpias 
las que digamos.

lunes, 16 de septiembre de 2019

El silencio


Describir el silencio
Nombrar lo que no se puede nombrar
Buscar el nombre
la palabra no dicha.
Nombrar el dolor
Escribir sobre el silencio.
El complejo bosque del silencio.

martes, 30 de julio de 2019


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El hombre perro de la Habana

Querida amiga:
Después de recorrer tanto, de llegar hasta playa Girón, de dormir en Playa Larga o en la Costa de los Mosquitos, de atravesar Cienfuegos y la bella Trinidad, regresamos a la Habana para encontrarnos de nuevo con el “hombre perro”. 
 Allí estaba, se lo aseguro, entre la calle L y la Veintiuno, rodeado de perros (treinta y cinco para ser exactos) y  una montaña de libros  que llegaba al techo,  en medio de aquel almacén oscuro y trancado con una cancela de madera baja para que no se escapasen los perros pequeños. Y heme aquí con este  Quijote  revivido y mortal,  que me hizo recordar a usted. 
Se lo aseguro, que no miento ni exagero. Fue tal la fascinación que ejerció sobre nosotras aquel hombre humilde y sabio  que volvíamos a aquella librería, albergue de perros abandonados, rastrillo de libros imposibles y almacén de las maravillas, todos los días restantes que permanecimos en La Habana. No sólo porque en aquel lugar  podíamos encontrar todos los libros que quisiéramos– el hombre perro podía encontrar debajo de aquella montaña de ejemplares cualquier autor que nombraras–,  sino porque en medio de ese  perfecto caos,  en aquella biblioteca soñada, entre canes expectantes de toda clase y cachorrillos recién nacidos, estaba él, el hombre perro, mirándote, como si te preguntase con aquellos ojos, los  más dulces que jamás vi. ¡Con qué delicado amor agasajaba a sus amigos perros! ¡Con qué cariño les hablaba  a las abandonadas criaturas! Todos tenían su hogar allí, todos tenían una historia: el perrito cojo, el sarnoso albino, el viejito ciego, la celosa perra madre de cachorros ajenos... Todos viven y moran en aquel almacén de otro mundo.
No deje de visitarlo si se decide finalmente a pasar por aquí. No se arrepentirá, no sólo porque este Quijote viviente es capaz de encontrar entre esa torre de Babel cualquier ejemplar, inédito, firmado,  descatalogado, que usted desee encontrar,  sino porque es el más hermoso, disparatado, lúcido y encantador ser humano que pueda usted llegar a conocer. Él fue el culpable de que dejase la mitad de la ropa en ese almacén de libros para hacerle espacio a los libros en la maleta. No me arrepiento,  me llevo a Pedro Juan  Gutiérrez, el autor de la trilogía sucia de la Habana,  unas cuantas novelas de Padura, cuentos completos  y poesía  de Virgilio Piñera, cuentos eróticos de autoras cubanas, y otros tantos escritores cubanos desconocidos para mí y recomendados  por el hombre perro.  Porque,  amiga mía, Cuba, como todos estos libros que esperan en mi mesilla para ser leídos,  es un país que nunca se acaba de descubrir.