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domingo, 20 de septiembre de 2015

Cenizas




-       ¡Tu libros¡- exclamó riendo sin  pudor.  
Me aparte de su cuerpo para poder mirarla mejor. Quizás no había oído bien la pregunta. Sabía que me arrepentiría de haberla hecho, pero ya era demasiado tarde y ahora quería saber la respuesta
-       ¿Qué que es lo que menos te gusta de mí? – insistí.
-       ¡Tus libros¡ – respondió de nuevo abriendo muchos los ojos.
Evidentemente no eran los que había escrito yo. No había mostrado el mínimo interés por ninguno de los poemas que le escribí en arrebatados momentos de pasión.
Le molestaban los otros. Los libros que reposaban en mi biblioteca o vivían esparcidos por toda  la casa.
-       ¿Por qué? - Pregunté perpleja.
-       Porque tienen mucho polvo.
La miré, era hermosa y primitiva como un animal. Nuestra relación se basaba en espaciados encuentros ocasionales, fogosos y  explosivo que despertaban en mí un  deseo furibundo por desentrañar su esencia.
Me sumergí de nuevo en su cuerpo como quien se lanza al mar en llamas,  tratando de borrar la respuesta que flotaba en el aire, levitando sobre los cuerpos acompasados, revoloteando sobre los estertores de un orgasmo triste.
Por otro lado, tenía razón.  Era una joven práctica e iletrada que trabaja muchas horas limpiando y los libros eran un cúmulo de polvo. Sin embargo, todo aquello me entristeció como si la distancia que nos separaba se hubiese agrandado aún más.
Cuando se fue, me quedé en silencio tendida en el sofá, desnuda, fumando un  cigarrillo. Esa noche le escribí el último poema. Trataba sobre la belleza de la inocencia y el origen del deseo o algo así. Lo llamé cenizas. Sabía que ella nunca lo leería. Luego los encuentros se fueron espaciando. Eran demasiada tristes los después.

El invierno regresó antes de lo previsto. Encendí la chimenea. Las cenizas habían vuelto a depositarse  sobre las cubiertas y lomos de los libros.


Fotografía de Teresa Alemán

viernes, 11 de abril de 2014

El cuerpo de mi madre


Duerme. Ausente, lejana, como si estuviese lejos, en otro país al que no tengo acceso. La miro desde mi altura de ochos años y pienso que ahora soy yo la fuerte, y que ya no podrá golpearme más. La miro detenidamente. Contemplo el vaivén de su cuerpo yacente, olvidado sobre el sofá y los pies, apenas cubiertos hasta la rodilla por una pequeña manta. Observo su  vientre bajar y subir, rítmicamente, una esfera de carne y sangre donde un día estuve. No veo su cara. Su brazo blanco, fuerte, rodea su rostro alejándose de la pobre luz que aún guarda el mediodía en el cuarto. Parece muerta. O  una niña como yo, encogida en su miedo.
Es en este estado cuando mi madre recobra la humanidad que la vigilia le niega. Ahora puedo verla en toda su grandeza y pequeñez, desmadejada. Acerco mi dedo, avanzo despacio hasta su brazo y suavemente la toco, como si quisiera comprobar que está viva, que es real y no está muerta y nunca pudiera volver a recobrar su forma anterior. Esto me da una extraña seguridad y cierta tristeza.
Mi madre nunca me esperó, ni a mí ni a ninguna de los cinco hermanos restantes. A partir del tercero, no quiso más, eso nos contaba ella, entre risas y bajo nuestro ojos llenos  de espanto. Pero el tiempo ni las circunstancias le ayudaron, porque le siguieron viniendo hijos, uno tras otro, creciéndole dentro de este vientre que sube y baja como una ola rezagada en un mar en calma.
Mi madre, a pesar de ello, lo intentaba, lo intentaba con toda sus fuerzas para que desapareciéramos, para que dejáramos de crecer y saltaba de todas las sillas, y se golpeaba  con furia el vientre para sacarnos de ella. Pero seguíamos ahí, más fuertes aún, más agarrados, si cabe.
Mi hermana Dolores ruega todas las noches para que mi madre se muera.  Lo pide con una fe que yo no tengo, lo pide todas las noches como una letanía. Dolores es rubia y guapa, de una belleza fría y perfecta. La tez blanca, el cabello dorado ensortijado sobre la frente como una princesa de cuentos. El labio superior levemente alzado, en un deje mimoso, zalamero. Por la noche en la oscuridad del cuarto, dentro de la cama siento su cuerpo tibio junto al mío. Sus ojos brillan como dos ascuas, aprieta con rabia los labios  y musita como una letanía “que se muera, que se muera esta noche y ya no esté mañana”. Yo nunca pienso eso,  sólo deseo que mi hermana no se orine  otra vez la cama y me empape a mí y me despierte por la noche. Yo no rezo, sólo me voy a mis sueño, por eso me voy a la cama antes que nadie.

En la oscuridad imagino, otra vida, lejos de mi casa, con otra madre que es dulce y buena.  A veces, en sueños, puedo volar desde la azotea de la casa. Comienzo corriendo por el alfeizar, los brazos abiertos como un pájaro antes de lanzarme al aire y volar. Planeo como un pájaro sobre las azoteas de la ciudad, me poso en los tejados, miro por las ventanas de los patios, me elevo de nuevo y sorteo los cables de luz. Y vuelo, vuelo. Y nunca siento vértigo ni miedo como ahora siento.

viernes, 31 de enero de 2014

Dulce hiere


Era un palacio de la noche. Eran dos amantes que se anhelaban y se temían, cada una esperando, en silencio, sin atreverse a hablar o moverse.
Sólo dos cuerpos de mujer, dos interrogaciones a un lado y otro de la cama.
El silencio denso de la noche contenía todos los deseos refrenados, todas las palabras aún no dichas. Era la espera más dulce, la que precede a la unión de los cuerpos.
La  joven de larga melena yacía recostada, de espaldas a la amada, como una ninfa asustada ante su amante.
En la oscuridad, con dedos rápidos deshizo el nudo que apresaba su larguísima cabellera. Una cascada de terciopelo, como un caricia leve, se derramó sobre mí.
Mi cuerpo se encendió como un sol en mitad de la noche.
-       ¡oh, mi dulce amada¡ ¡ Cuántos placeres nos quedan aún por descubrir¡ Exclamé para mí misma -¿Era aquello una llamada ? ¿Acaso me decías con hilos de seda que volviera a sus brazos?
Y entonces te oí susurrar.
-       ¡¡ah.. mi pelo¡¡ ¿ te molesta?
Y mientras girabas tu rostro hacia mí, su cabello ondulante y espeso, se deslizaba como una serpiente sobre mis pechos.
¡¡ Qué delicadamente hiere¡ ¡Qué  suavidad de plumas sobre mi piel¡¡
Cerré los ojos y me dejé acariciar. Las hebras negras de terciopelo bailaron una danza antigua sobre mi cuerpo, derramándose como dedos delicados sobre mi vientre,  y yo, me derretía como lava sobre piedra caliente.
-       No… no me molesta -   susurré, extasiada, ante aquella caricia inusitada.
Días después, ausente ella de ese mar de sensaciones que provocó su lago cabello, me preguntó, al igual que una niña inocente.

-       ¿ Tú crees que me debo cortar el pelo?

sábado, 2 de noviembre de 2013

La inmersión




La señora Higgins se sirvió el té humeante, a sus pies, dormitaba un viejo perro junto a la lumbre encendida del hogar. Sobre su regazo, sus manos blancas sostenían una novela romántica.
El caballero entró en el salón y se despojó del sombrero, finas gotas, como rocío, se escurrían de su fino bigote sobre sus labios.
 La señora Higgins lo vio frente a ella, arrogante, la mirada encendida.
-       -Perdóname- bramó el caballero apunto de desmoronarse.
No debía perdonarle. No, aún no. Tomó un sorbo té y siguió leyendo.

jueves, 8 de agosto de 2013

La tórtola



En cierta ocasión una tórtola herida apareció al borde de mi casa. La recogí, la guardé en una caja de zapatos y la alimenté durante unos días. Mi novia en aquel entonces me dijo los mayores improperios, amenazándome con dejarme si no dejaba aquél pájaro moribundo, fuente de toda clases de infecciones en la calle. No le hice el más mínimo caso, lo alimenté como pude y la resguardé del frío en el jardín.  La novia se acabó yendo, como tantas otras, el pájaro, también.  Comenzó a dar saltos pequeños, de rama en rama y un día ya no estaba en el jardín. Alguien me dijo que las tórtolas son pájaros que viven en pareja durante toda su vida y que hasta el final de sus días siguen con la misma compañía.
Sin embargo, juraría que hay veces que veo a una tórtola sola, se atraviesa volando frente a mí para que la vea, me sigue en mis paseos con los perros, se posa en una rama del olivo en el jardín, y me hace notar su presencia. Pero puede que sea otra tórtola o que yo  quiera pensar que es mi vieja tórtola, tan solitaria como yo misma. 

viernes, 2 de agosto de 2013

Romance del gato negro



Al caer la tarde la inquietud viene de improviso como una lluvia suave de verano que anuncia más verano. Y ahí se arrima a ti, se posa en ti y ya no puedes salir de ella.  
Al caer la noche viene alguien que te ama y te dice que no pasa nada, estoy aquí, sólo tienes que hablarme, antes eras una y ahora somos dos. Acaricia tu vientre su mano caliente y piensas, quieres hablar pero las palabras no vienen, sería tan fácil. Te levantas te sientas en el baño y de pronto ves un gato negro correr en el salón y piensas si no has bebido demasiado, o si comienzas a tener alucinaciones porque vas al salón y descubres que no hay ningún gato negro.
Vamos al cuarto amor, quieres leerme  poesía. Pero la niña titubea,  no sabe lo que le pasa más que algo le pasa y duda. Y qué tal al juego de los besos, sí  ese me gusta. En el combate de los besos  es vencida por la piel y el deseo, y todo se olvida en el instante en que los cuerpos se encuentran, se entrechocan, se retuercen, se succionan, se devoran, vida, y ya no piensas siquiera que, como mejor forma de evasión no hay ninguna  que se la pueda igualar. La noche cae, el viento no cesa, el cuerpo de la amada duerme,  y el gato negro,  en alguna parte, acecha.

martes, 21 de febrero de 2012

Omnipresente


Lo peor de todo no fue comprobar que su madre estaba siempre en nuestra vidas, ya sé que una madre, incluso como la mía, es para siempre, y por eso entendí que al principio estuviese siempre allí; vigilando nuestros pasos y apareciendo cuando menos se le esperaba. A pesar de eso, resistí con el mejor de los empeños y estoicismo porque entendía que, si alguien era una intrusa en esa casa era yo, que había llegado la última. Es por eso por lo que puse la mejor de las voluntades.

Al principio, pensaba que todo se debía a esa especie de celos o de rivalidad que, ocasionalmente, se produce cuando entra alguien nuevo en la vida de tu hija, y más, si era, como en este caso, otra mujer la rival. Lo racionalicé y acepté todo, incluso que la que luego fuera mi mujer, me mirara con displicencia cuando le contaba la continua presencia de su madre en nuestra casa o que le hubiese dado ahora por manías extrañas como usar mis zapatillas y despertarme, o que desaparecieran de pronto los pares que nunca cuadraban de los calcetines. Nada de lo que ocurría con su madre me asombraba ya, si acaso, el hecho fortuito de que llevaba ya más de diez años muerta.


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martes, 14 de febrero de 2012

El país más feliz de la tierra

En una ocasión asistí al evento más curioso y extraño de mi vida y al que, por muchos años que viva, jamás podré olvidar. Ocurrió en un entierro. En esa época me encontraba trabajando como adjunto comercial para el departamento el gobierno de Canarias en Senegal, llevaba todo lo referente a las transacciones portuarias de compra y venta que se realizaban entre Senegal y Canarias. Las relaciones comerciales estaban aún en sus comienzos y no existían muchos españoles en Senegal. Por lo que, en no pocas ocasiones me sentía solo en un país totalmente ajeno a mis costumbres.
Un día un colega senegalés me convidó al entierro de un pariente de su mujer. Su esposa, según me explicó en un perfecto inglés, también era extranjera, procedía del reino de Suazilandia, un pequeño país al sur de África; y era su costumbre que cuanta más gente asistiera más y mejor se honraba al difunto. Insistió tanto y me animó de tal manera a que acudiera que no pude negarme. La única condición, me dijo, era ir vestido de blanco y venir con mucha hambre, puesto era común que se comiera abundantemente.
Como es muy común en África, aunque me dio las señas correctas mi guía se perdió durante más de una hora, por lo que recorrimos bajo un sol aplastante un largo trecho hasta llegar al lugar. Cuando llegamos, la fiesta había comenzado ya. Sí, digo bien la fiesta, porque aquello era un auténtico festejo, la gente bebía, comía y cantaba alegremente bajo una música frenética y armoniosa.
Mi amigo acudió hasta mí y me explicó, mientras me ofrecía un magnifico plato de carne que devoré con fruición, que los entierro en el reino de Suazilandia eran todos así. La gente se alegraba de abandonar esta vida de miseria y congojas porque después de muertos entrarían directamente en el paraíso de la abundancia. Luego de hablarme de sus costumbres y de su forma de celebrar el final de la vida me avine a pensar que jamás había conocido pueblo más feliz y más sabio. Al final de la tarde, excesivamente alegre por la abundante comida y bebida, le pregunté a mi colega donde estaba el difunto y si debía mostrarle mis respetos. Parte de él siempre estará en ti, me respondió tranquilamente señalando a mi barriga, ha sido el más abundante y el principal plato.

lunes, 8 de agosto de 2011

Con la misma moneda


Venía yo apresurada conduciendo por la autovía cuando un señor mayor me frenó el paso. Despotriqué contra el anciano y la necesidad de que a gente tan mayor se le mantuviese todavía con el carnet de conducir en uso.

Horas más tarde, saliendo del mercado cargadas con las bolsas de la comida, el mismo anciano se me acercó para ofrecerme su ayuda.

Sin poder convencerlo de que no era necesario, el anciano lastimosamente agarró las bolsas que tenía en una mano y me acompañó hasta el vehículo.

Pintura: busto de anciano de Ignacio Merino.


martes, 5 de abril de 2011

Alegoría de la pobreza



Catalina Viera Dosantos odiaba por encima de todo ser pobre, por lo que, desde que tuvo uso de razón todo su empeño se volcó en dejar de serlo. Dispuesta a renunciar a ese estado al que ningún ser de este planeta debe estar abocado, se juró a sí misma, que ni ella ni ninguno de los suyos, pasaría nunca más hambre. Para conseguirlo no tuvo más remedio que partir de viaje hacía el viejo continente.
Cuando la mujer que odiaba por encima de todo ser pobre llegó al viejo continente se sentó frente al televisor, arma de destrucción masiva donde las haya, y dejándose llevar por las imágenes atrayentes de los anuncios publicitarios y las vida que veía pasar a través de la pantalla, se instruyó metódicamente sobre el hecho de dejar de ser pobre. De esta forma, angustiada y en constante necesidad de compra, resolvía con eternas dudas lo difícil que resultaba dejar de ser pobre si para ello había de comprar tal cantidad de cosas.
En ese lado del hemisferio se encontraba Ana Magnani. No, no era la actriz italiana, pero se le parecía bastante, mujer compleja donde las haya, poseía, por el contrario, todas las prebendas con las que el estado del bienestar te puede agasajar, una hipoteca en eterno crecimiento, un trabajo al que desearía renunciar y sobre todo las eternas ganas de mandarlo todo a freír espárragos.
Por una burla del destino, se encontraron en el mismo espacio y tiempo y como sea que el amor busca juntar a los pares y los contrarios, nació el amor entre ellas.
Ana Magnani, se entregó al amor como sólo las mujeres desprendidas saben hacerlo, como si en el amor mismo hallasen la cura y la sal de sus heridas, por lo que le dio a Catalina dos santos el único tesoro que poseía: su corazón.
Sin embargo, para la mujer que odiaba por encima de todo ser pobre, instruída en la ley del comercio, nada era suficiente. Además, aquella alma, desconfiada por naturaleza, no aceptaba ninguna ayuda que no fuera de su propio esfuerzo, detestando en su fuero interno ser ayudada por nadie, pues pensaba que todo lo que le fuere dado, algún día se lo pedirían o se lo echarían en cara, volviendo a caer de nuevo, en la misma pobreza.
Por lo que llegó el día, inevitable por otro lado, en el que la mujer que deseaba desprenderse de todo, harta de intentar comprender a la mujer que odiaba ser pobre y queriendo saber los verdaderos motivos que llevan a los seres a darle tanta importancia a la riquezas, caviló en que debía conocerlos in situ, y decidió embarcarse rumbo al nuevo continente.
Allí, por su puesto, halló las razones que andaba buscando, y no sólo eso sino que encontró lo que siempre había soñado, deshacerse de todas sus escasas propiedades inexistentes y dedicarse por completo al cuidado y la doma de caballos salvajes.
Mientras, en el viejo y destartalado mundo, frente a un televisor siempre encendido, continua la mujer que odia por encima de todo ser pobre, y en su empeño de dejar de serlo, acumula, unos tras otros toda clase de objetos.

viernes, 1 de abril de 2011

hombre normal de cada día

Cada mañana al despertar sentía su mano entre mis piernas ascendiendo como un reptil pegajoso y caliente hacia mi sexo dormido. Entonces me levantaba sobresaltada como si fuese una pesadilla. Pero no era lo era. La mano del hombre seguía ahí, mientras yo me revolcaba, intentando zafarme de aquellos dedos largos, de aquella mano blanda y húmeda que me horadaba.

Recuerdo, aún hoy, esa mano, su textura, su forma, como la un animal asqueroso y baboso viniendo hacia mí. No recuerdo qué edad tenía. En el deseo de olvidar todo lo vivido, olvidé muchas cosas, que era una niña, que no podía gritar porque él me tapaba la boca, que mi madre me no me oía.

Cada mañana sus labios húmedos y finos sobre los míos me despertaban. Su lengua ansiaba traspasar una y otra vez la muralla de mis labios cerrados. Yo me revolvía, me quejaba, intentando apartarlo de mi lado. Pero él siempre estaba ahí, acechante, hombre normal de cada día, esperando encontrarme a solas, para acorralarme detrás de las puertas o en las habitaciones vacías.

Cuánto tiempo duro aquello. No lo sé. He olvidado casi todo, salvo la sensación de un despertar tormentoso, de unos labios que se acercan empujándome, acorralándome, de unos dedos que se cuelan entre mis piernas, hacia mi sexo y me invaden.

Lo peor era el silencio, la soledad, el secreto.

Él manipuló todo idea de rebelión en mí, haciéndome sentir culpable de sus sentimientos. Él justificaba sus actos diciéndome que me quería, que estaba enamorado de mí, que nadie me querría como él y que por eso, no podía evitarlo. Solo más tarde, mucho tiempo después comprendí que aquello no era amor. Pero tuve que salir de él y huir de mí para comprender que el verdadero amor no manipula, no fuerza, no obliga.

Él me obligó a callar, nadie me creería, no podía escapar, no podía hablar; y así poco a poco y en silencio fue fraguando lentamente el menoscabo a mi cuerpo. El odio al amor y a mí misma. Sí, he de ser sincera, él ganó la batalla, fueron muchos años de esconderme, de aislarme en mi mundo, de luchar contra el enemigo. Tuve que vivir mil vidas, envilecerme, degradarme y olvidarme para saber reconocer en él a un enfermo y a mí una víctima.

Sin embargo, yo, que lo olvidé casi todo, no olvidé esa mano viniendo hacia mí esa boca acuosa apresándome y esa sensación de angustia al levantarme.

Entonces envejecí. Fui vieja siempre. Me entregué al sexo y al amor, como si nada importara, en realidad, nada me importaba, porque ya los términos estaban invertidos de una vez y para siempre.


Pintura de Edward Hoper "summer interior"

miércoles, 30 de marzo de 2011

Parábola de las incompatibilidades

Una mujer sin corazón encontró por un hecho casual y extraordinariamente natural a una mujer con exceso de corazón. Así, mientras la mujer sin corazón era incapaz de amar y temía, por este hecho, ser amada, la mujer con exceso de corazón temía no ser amada por nadie.

Como ocurre en no pocas ocasiones, la mujer sin corazón se sintió atraída por la mujer con exceso de corazón, por lo que conocedora de su mal le advirtió.

- No esperes que te quiera, no puedo quererte, no tengo corazón.

A lo que la mujer con exceso de corazón le respondió.

- No me importa, yo tengo demasiado.

Y de esta forma iniciaron una curiosa y atribulada relación. La mujer con exceso de corazón, no obstante, no perdía, llevada por el gran optimismo que la embargaba, la esperanza de que la mujer sin corazón pudiera quererla un día.

Por su parte, la mujer sin corazón adoraba en ella todas las cualidades que le son propias a la gente con exceso de corazón y, la admiraba como se deleita uno en el pelaje de un hermoso y exótico animal prehistórico ya extinguido.

Pero llegó el día en que la mujer con exceso de corazón se cansó de esperar por el amor de la mujer sin corazón y, arrastrada por el impulso de la pasión que consumen a estos seres, se arrancó el corazón entregándoselo en bandeja a su amada.

- Tómalo- le dijo entre lágrimas- No quiero amar más si tú no me amas. Aquí te entrego mi corazón, ahora soy como tú.

La mujer sin corazón, acostumbrada a aquellos excesos de dramatismo por parte de la mujer con exceso de corazón, no tomó en cuenta tales palabras.

Sin embargo, ya fuera por la ausencia de corazón, cada día se producía una transformación paulatina y contante en la mujer con exceso de corazón, pasando a convertirse en una mujer segura de sí misma, y poco dada a las cuestiones amorosas, por lo que, pronto se cansó de los continuos desplantes de la mujer sin corazón.

Cuando la mujer con exceso de corazón salió un día cerrando tras de sí la puerta de la vivienda que había compartido con la mujer sin corazón para no para no volver jamás, dicen que aquella derramó por primera vez una lágrima furtiva. Pues de igual forma y en sentido contrario se había producido la transformación inversa en la mujer sin corazón.

jueves, 6 de enero de 2011

De cómo se produjo la despoblación de Europa


Un día se decretó en toda Europa la prohibición de estar gordo. Se le llamó la ley anti-gordura para la defensa del ecosistema. Se emitió un edicto con el peso adecuado que se debía tener según el tamaño y constitución ósea de cada individuo. Si se sobrepasaba el límite permitido, se podía ser sancionado, la primera vez, multado la segunda y encarcelado la tercera.

Basándose en la inminente escasez de alimentos en todo el planeta, se promulgó esta ley para que se moderase el consumo. Se utilizó al pueblo nipón como ejemplo y la extrema delgadez de los países más pobres de África como modelo.

Sucedió entonces que los más pobres eran los más multados, algunos ya no se atrevían a salir de casa. Si te tropezabas con un conocido, era probable que cruzara rápidamente la calle, no fuera que te preguntasen algo y no pudieras hablar e introducir el estómago a la vez.

Las autoridades premiaban a quienes delatara al vecino o amigo que se saliera de la medida. La delación fue una corriente habitual, A fin de cuentas, no era más que una cuestión de urbanidad. Por lo que no resultó extraño ver cada vez más a las brigadas policiales anti-gordura irrumpiendo de noche en las viviendas.

Los centros penitenciarios comenzaron a estar cada vez más llenos, y pasaron a llamarse EMCP espacio de macro-dietas penitenciarias, siendo la mayoría de la población reclusa la constituida por pobres, puesto que eran esto los que se alimentaban de los alimentos más baratos, como el arroz o la papa, compuestos principalmente de excesos de hidratos.

De este modo, y sabido es, que son principalmente son los hidratos y las grasas los que producen la energía necesaria para llevar a cabo las funciones básicas, mermaron de forma alarmante los embarazos. De esta forma, se produjo la rápida desertización Europa, pues, de todos es conocid, la poca inclinación de los ricos a aparearse.


Pintura de Yacec Yerka

sábado, 30 de enero de 2010

alguien allí



Ese día hacía un sol de domingo y había decidido hacer unas cuantas coladas. Subía en dirección al cuarto de baño en buscar del detergente cuando tropezó con ella.
Quien eres le preguntó al espejo.
Tu misma, respondió éste bostezando.
Mientes, gusano traidor,
Te atreves a llamarme mentiroso, yo soy quien te ha llevado siempre. La mujer en un arrebato de ira corrió a visitar cada uno de los espejos de la casa, pero en todos veía la misma cara.
Habrase visto. Semejante sinvergüenza.
En ese momento llamaron a la puerta. Era el cartero.
Buenos días. ¿Es usted Eufrasia Bueno López?
¿Tengo yo cara de llamarme Eufrasia?
El cartero la mira impávido.
Entonces lo devuelvo - responde el hombre sin inmutarse.
Haga usted lo que quiera. Le he dicho que no soy ésa.
La mujer malhumorada continúa con la faena que había comenzado durante toda la mañana. A mediodía suenó el teléfono.
¿Qué haces?
¿Por quien pregunta?
Estas de guasa.
No.
Vale, lo que tú digas.
No me ha dicho quien es.
Venga ya, Eu.
No sé por quien pregunta.
La mujer cuelga. Respira profundamente, el pecho agitado. Se levanta. Se sienta de nuevo, marca un número.
Oye….
Qué te pasa.
No sé. La gente se ha empeñado en preguntar por una tal Eufrasia.
Se habrán equivocado.
Luego está el espejo.
¿Qué le pasa al espejo?
La mujer camina hacíaa el baño mientras habla.
Hay una mujer que me mira furiosa.
¿Te has tomado las pastillas?
No sé quien es.
Bueno, a mí a veces me pasa, nos pasa a todos en cierta forma.
¿Pero qué quiere en mi espejo?
Bueno, quizás seas tú, el tiempo pasa tan deprisa.
Me mira como desde el fondo de un pozo.
Ya.
El pozo está muy oscuro.
Tómate la pastilla. Luego voy.
Tengo miedo. Creo que hay alguien allí, en el pozo.


Imagen: mujer ante el espejo de Picasso.

martes, 12 de enero de 2010

Dispara al pianista



Nada. Absolutamente nada. Eso es lo que salía de su cabeza. La más absoluta nada. Miró intensamente la pantalla en blanco. Esperando, inútilmente, pero las palabras habían huido de él negándose a acudir en su ayuda.
Encendió un cigarrillo. Podía llamar a su amigo Esteban, de él había sacado algunas buenas historias. Después de cinco timbrazos se dio por vencido.
Con gesto lánguido, observó el jardín a través de la ventana. El sol de media tarde cubría parte del césped y los pájaros piaban alegres. Eso es lo que necesito, salir al sol, qué hago en esta sombra con el sol que hace afuera. Acaso cualquier persona normal haría esto. Eso es lo que me hace falta, hacer lo mismo que la gente normal.
Sacó una cerveza de la nevera y encendió un nuevo cigarrillo, con ésta en una mano y el portátil salió al jardín. Un galgo de largas patas y costillas marcadas dormitaba en el sofá, lo apartó con cuidado y se dispuso a comenzar la gran obra. Ajustó la pantalla al sol y colocó los dedos en el teclado como lo haría un pianista. Pero la música no llegó.
Miró a su perro que dormitaba feliz en el sofá y sintió un terrible deseo de ser él. Tendería ahora mismo mi cuerpo al sol y dormiría como tú, le dijo en silencio. Pero un escritor debe escribir, escribrir, aunque no le salgan las ideas. Con rabia aporreo el teclado. Rfgfukasdmknmasmd kladskldklqweijioqwenklfncklasdjwekldm.
El teléfono sonó dos veces seguidas. Cogió el inalámbrico de su mesa de estudios. Qué haces le dijo la voz de su amigo. Nada, preparaba algo de comer. Cómo llevas la novela. Bien, bien. Y tú que te cuentas. Nada, lo normal, trabajando.
El amigo le contó un sueño extrañísimo que había tenido esa noche. Imaginó cada una de sus palabras y sin querer se encontró sonriendo. Nadie cómo él tenía tanta habilidad para dibujar con palabras todo tipo de detalle, contaba con tanto entusiasmo, hilvanando las historias unas detrás de otras que le resultaba siempre ameno oírlo.Su amigo era, a fin de cuentas, alguien por quien se cambiaría ahora mismo sin dudarlo. Porque, a ver, qué era él. Tan sólo un tipo oscuro, un ser solitario y callado y, ahora, sin una pizca de inspiración.
Bueno no tendrías la comida en el fuego, le dijo Estefan a modo de despedida. No, no te preocupes. Aún no había empezado.
Colgó. La habitación se quedó muda, el galgo levantó la cabeza y lo miró con los ojos muy pequeños.
Vámonos, le dijo. El animal alzó las orejas ladeando el hocico y de un salto se puso a su lado moviendo la cola enérgicamente. Antes de salir echó un último vistazo a la pantalla vacía del ordenador. En el espejó observó el reflejo difuso de un hombre sin ideas o lo que era lo mismo, de un escritor acabado.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La búsqueda



El hombre entró en el bar y dijo. Una cerveza. Nadie dijo nada. Tan solo lo miraron los dos únicos clientes del bar. Uno era Perry Mason y el otro Sherlock Holmes.
Me llamó Ton, el gato con botas, dijo. Estoy de paso y busco a Blancanieves.
- Pregunta a ese hombre de la mesa- dijo el hombre de sombrero gris detrás del mostrador, mientras limpiaba un vaso con un paño sucio.
El hombre de la mesa no levantó la vista. Soy Juan sin miedo. Busco a Blancanieves. No la conozco, dijo aquél a quien llamaban Perry Mason. No la he visto nunca, soy abogado de uno de los enanos, él fue el que me habló de Blancanieves, nada más. Y qué le dijo, preguntó Juan sin miedo. Naderías. Le invito a un trago. Vengo de lejos. Hecho. El hombre, al que llamaban Perry Mason, de una barba ampulosa fumó de la pipa entrecerrando un ojo. Por qué la busca. Cosas. Qué cosas. Alguien que la quiere, me pagan para que la encuentre. No sé. Gruñón dijo que entró un día a trabajar en su casa pero que se hartó pronto, que era una mujer muy tiquismiquis, se negaba a limpiar los baños y decía que a ella nadie le tosía. Se fue por el camino de enfrente. Sherlock Holmes que estaba oyendo a los hombres interrumpió. Yo se dónde está. Juan sin miedo se le quedó mirando. Elemental, mi querido Watson. Tú eres Blancanieves, lo sé porque tienes las patitas blancas de cabra. A mi no me la pegas.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Hojas muertas


Llevaba tres horas apostado delante de aquel anuncio publicitario con una sola idea fija. Cuando se acabó los cigarrillos comenzó con las uñas. Pero no se movió un centímetro de su posición. De vez en cuando, alguien pasaba, entonces simulaba escribir un mensaje en el móvil.
La noche no tardaría en caer. Cuando vio llegar a la mujer renqueando vio la ocasión. Simuló hablar por el móvil, apretando contra su muslo el acero frío.
La mujer no se detuvo en el hombre de traje gris que hablaba acaloradamente y sonreía. Empujó la puerta de la entrada y arrastró las bolsas hasta el ascensor. El hombre, rápido, como un gato acorralado dejó su móvil en el quicio de la puerta, impidiendo, de esta forma, que la puerta se cerrase del todo.
Esperó unos segundos, sintiendo como su corazón bombeaba frenéticamente. Antes de subir se cercioró de que la calle estaba desierta y de que nadie lo miraba. Ascendió las escaleras sobre la punta de los zapatos sin hacer ruido.
Cuando llegó al tercero sonrió al certificar su sospecha. Sabía que estaba allí. Había luz debajo de su puerta. Sigiloso, sacó la llave que tenía guardada desde hacía mucho tiempo, tanto como su venganza.
La puerta apenas crujió. Agudizó el oído, sabía que estaba allí, la podía sentir. Siempre había sido así, esa especie de comunicación animal que ella nunca debió acabar. También sabía que ella lo había oído y que ahora temblaba de miedo refugiada en la cocina.
El hombre atravesó el salón vació en dirección a la cocina, la sentía respirar desde el pasillo. Abrió la puerta con cuidado dispuesto a acabar con el dolor. Pero ella se adelantó. Lo último que oyó fue como un crujir de hojas muertas que no pudo asociar con el sonido de de su cerebro resquebrajándose.