Fotografía de Teresa Alemán
domingo, 20 de septiembre de 2015
Cenizas
Fotografía de Teresa Alemán
viernes, 11 de abril de 2014
El cuerpo de mi madre
viernes, 31 de enero de 2014
Dulce hiere
sábado, 2 de noviembre de 2013
La inmersión
jueves, 8 de agosto de 2013
La tórtola
viernes, 2 de agosto de 2013
Romance del gato negro
martes, 21 de febrero de 2012
Omnipresente

Lo peor de todo no fue comprobar que su madre estaba siempre en nuestra vidas, ya sé que una madre, incluso como la mía, es para siempre, y por eso entendí que al principio estuviese siempre allí; vigilando nuestros pasos y apareciendo cuando menos se le esperaba. A pesar de eso, resistí con el mejor de los empeños y estoicismo porque entendía que, si alguien era una intrusa en esa casa era yo, que había llegado la última. Es por eso por lo que puse la mejor de las voluntades.
Al principio, pensaba que todo se debía a esa especie de celos o de rivalidad que, ocasionalmente, se produce cuando entra alguien nuevo en la vida de tu hija, y más, si era, como en este caso, otra mujer la rival. Lo racionalicé y acepté todo, incluso que la que luego fuera mi mujer, me mirara con displicencia cuando le contaba la continua presencia de su madre en nuestra casa o que le hubiese dado ahora por manías extrañas como usar mis zapatillas y despertarme, o que desaparecieran de pronto los pares que nunca cuadraban de los calcetines. Nada de lo que ocurría con su madre me asombraba ya, si acaso, el hecho fortuito de que llevaba ya más de diez años muerta.
martes, 14 de febrero de 2012
El país más feliz de la tierra
Un día un colega senegalés me convidó al entierro de un pariente de su mujer. Su esposa, según me explicó en un perfecto inglés, también era extranjera, procedía del reino de Suazilandia, un pequeño país al sur de África; y era su costumbre que cuanta más gente asistiera más y mejor se honraba al difunto. Insistió tanto y me animó de tal manera a que acudiera que no pude negarme. La única condición, me dijo, era ir vestido de blanco y venir con mucha hambre, puesto era común que se comiera abundantemente.
Como es muy común en África, aunque me dio las señas correctas mi guía se perdió durante más de una hora, por lo que recorrimos bajo un sol aplastante un largo trecho hasta llegar al lugar. Cuando llegamos, la fiesta había comenzado ya. Sí, digo bien la fiesta, porque aquello era un auténtico festejo, la gente bebía, comía y cantaba alegremente bajo una música frenética y armoniosa.
Mi amigo acudió hasta mí y me explicó, mientras me ofrecía un magnifico plato de carne que devoré con fruición, que los entierro en el reino de Suazilandia eran todos así. La gente se alegraba de abandonar esta vida de miseria y congojas porque después de muertos entrarían directamente en el paraíso de la abundancia. Luego de hablarme de sus costumbres y de su forma de celebrar el final de la vida me avine a pensar que jamás había conocido pueblo más feliz y más sabio. Al final de la tarde, excesivamente alegre por la abundante comida y bebida, le pregunté a mi colega donde estaba el difunto y si debía mostrarle mis respetos. Parte de él siempre estará en ti, me respondió tranquilamente señalando a mi barriga, ha sido el más abundante y el principal plato.
lunes, 8 de agosto de 2011
Con la misma moneda
Venía yo apresurada conduciendo por la autovía cuando un señor mayor me frenó el paso. Despotriqué contra el anciano y la necesidad de que a gente tan mayor se le mantuviese todavía con el carnet de conducir en uso.
Horas más tarde, saliendo del mercado cargadas con las bolsas de la comida, el mismo anciano se me acercó para ofrecerme su ayuda.
Sin poder convencerlo de que no era necesario, el anciano lastimosamente agarró las bolsas que tenía en una mano y me acompañó hasta el vehículo.
Pintura: busto de anciano de Ignacio Merino.
martes, 5 de abril de 2011
Alegoría de la pobreza

Catalina Viera Dosantos odiaba por encima de todo ser pobre, por lo que, desde que tuvo uso de razón todo su empeño se volcó en dejar de serlo. Dispuesta a renunciar a ese estado al que ningún ser de este planeta debe estar abocado, se juró a sí misma, que ni ella ni ninguno de los suyos, pasaría nunca más hambre. Para conseguirlo no tuvo más remedio que partir de viaje hacía el viejo continente.
Cuando la mujer que odiaba por encima de todo ser pobre llegó al viejo continente se sentó frente al televisor, arma de destrucción masiva donde las haya, y dejándose llevar por las imágenes atrayentes de los anuncios publicitarios y las vida que veía pasar a través de la pantalla, se instruyó metódicamente sobre el hecho de dejar de ser pobre. De esta forma, angustiada y en constante necesidad de compra, resolvía con eternas dudas lo difícil que resultaba dejar de ser pobre si para ello había de comprar tal cantidad de cosas.
En ese lado del hemisferio se encontraba Ana Magnani. No, no era la actriz italiana, pero se le parecía bastante, mujer compleja donde las haya, poseía, por el contrario, todas las prebendas con las que el estado del bienestar te puede agasajar, una hipoteca en eterno crecimiento, un trabajo al que desearía renunciar y sobre todo las eternas ganas de mandarlo todo a freír espárragos.
Por una burla del destino, se encontraron en el mismo espacio y tiempo y como sea que el amor busca juntar a los pares y los contrarios, nació el amor entre ellas.
Ana Magnani, se entregó al amor como sólo las mujeres desprendidas saben hacerlo, como si en el amor mismo hallasen la cura y la sal de sus heridas, por lo que le dio a Catalina dos santos el único tesoro que poseía: su corazón.
Sin embargo, para la mujer que odiaba por encima de todo ser pobre, instruída en la ley del comercio, nada era suficiente. Además, aquella alma, desconfiada por naturaleza, no aceptaba ninguna ayuda que no fuera de su propio esfuerzo, detestando en su fuero interno ser ayudada por nadie, pues pensaba que todo lo que le fuere dado, algún día se lo pedirían o se lo echarían en cara, volviendo a caer de nuevo, en la misma pobreza.
Por lo que llegó el día, inevitable por otro lado, en el que la mujer que deseaba desprenderse de todo, harta de intentar comprender a la mujer que odiaba ser pobre y queriendo saber los verdaderos motivos que llevan a los seres a darle tanta importancia a la riquezas, caviló en que debía conocerlos in situ, y decidió embarcarse rumbo al nuevo continente.
Allí, por su puesto, halló las razones que andaba buscando, y no sólo eso sino que encontró lo que siempre había soñado, deshacerse de todas sus escasas propiedades inexistentes y dedicarse por completo al cuidado y la doma de caballos salvajes.
Mientras, en el viejo y destartalado mundo, frente a un televisor siempre encendido, continua la mujer que odia por encima de todo ser pobre, y en su empeño de dejar de serlo, acumula, unos tras otros toda clase de objetos.
viernes, 1 de abril de 2011
hombre normal de cada día
Cada mañana al despertar sentía su mano entre mis piernas ascendiendo como un reptil pegajoso y caliente hacia mi sexo dormido. Entonces me levantaba sobresaltada como si fuese una pesadilla. Pero no era lo era. La mano del hombre seguía ahí, mientras yo me revolcaba, intentando zafarme de aquellos dedos largos, de aquella mano blanda y húmeda que me horadaba.
Recuerdo, aún hoy, esa mano, su textura, su forma, como la un animal asqueroso y baboso viniendo hacia mí. No recuerdo qué edad tenía. En el deseo de olvidar todo lo vivido, olvidé muchas cosas, que era una niña, que no podía gritar porque él me tapaba la boca, que mi madre me no me oía.
Cada mañana sus labios húmedos y finos sobre los míos me despertaban. Su lengua ansiaba traspasar una y otra vez la muralla de mis labios cerrados. Yo me revolvía, me quejaba, intentando apartarlo de mi lado. Pero él siempre estaba ahí, acechante, hombre normal de cada día, esperando encontrarme a solas, para acorralarme detrás de las puertas o en las habitaciones vacías.
Cuánto tiempo duro aquello. No lo sé. He olvidado casi todo, salvo la sensación de un despertar tormentoso, de unos labios que se acercan empujándome, acorralándome, de unos dedos que se cuelan entre mis piernas, hacia mi sexo y me invaden.
Lo peor era el silencio, la soledad, el secreto.
Él manipuló todo idea de rebelión en mí, haciéndome sentir culpable de sus sentimientos. Él justificaba sus actos diciéndome que me quería, que estaba enamorado de mí, que nadie me querría como él y que por eso, no podía evitarlo. Solo más tarde, mucho tiempo después comprendí que aquello no era amor. Pero tuve que salir de él y huir de mí para comprender que el verdadero amor no manipula, no fuerza, no obliga.
Él me obligó a callar, nadie me creería, no podía escapar, no podía hablar; y así poco a poco y en silencio fue fraguando lentamente el menoscabo a mi cuerpo. El odio al amor y a mí misma. Sí, he de ser sincera, él ganó la batalla, fueron muchos años de esconderme, de aislarme en mi mundo, de luchar contra el enemigo. Tuve que vivir mil vidas, envilecerme, degradarme y olvidarme para saber reconocer en él a un enfermo y a mí una víctima.
Sin embargo, yo, que lo olvidé casi todo, no olvidé esa mano viniendo hacia mí esa boca acuosa apresándome y esa sensación de angustia al levantarme.
Entonces envejecí. Fui vieja siempre. Me entregué al sexo y al amor, como si nada importara, en realidad, nada me importaba, porque ya los términos estaban invertidos de una vez y para siempre.
Pintura de Edward Hoper "summer interior"
miércoles, 30 de marzo de 2011
Parábola de las incompatibilidades
Una mujer sin corazón encontró por un hecho casual y extraordinariamente natural a una mujer con exceso de corazón. Así, mientras la mujer sin corazón era incapaz de amar y temía, por este hecho, ser amada, la mujer con exceso de corazón temía no ser amada por nadie.
Como ocurre en no pocas ocasiones, la mujer sin corazón se sintió atraída por la mujer con exceso de corazón, por lo que conocedora de su mal le advirtió.
- No esperes que te quiera, no puedo quererte, no tengo corazón.
A lo que la mujer con exceso de corazón le respondió.
- No me importa, yo tengo demasiado.
Y de esta forma iniciaron una curiosa y atribulada relación. La mujer con exceso de corazón, no obstante, no perdía, llevada por el gran optimismo que la embargaba, la esperanza de que la mujer sin corazón pudiera quererla un día.
Por su parte, la mujer sin corazón adoraba en ella todas las cualidades que le son propias a la gente con exceso de corazón y, la admiraba como se deleita uno en el pelaje de un hermoso y exótico animal prehistórico ya extinguido.
Pero llegó el día en que la mujer con exceso de corazón se cansó de esperar por el amor de la mujer sin corazón y, arrastrada por el impulso de la pasión que consumen a estos seres, se arrancó el corazón entregándoselo en bandeja a su amada.
- Tómalo- le dijo entre lágrimas- No quiero amar más si tú no me amas. Aquí te entrego mi corazón, ahora soy como tú.
La mujer sin corazón, acostumbrada a aquellos excesos de dramatismo por parte de la mujer con exceso de corazón, no tomó en cuenta tales palabras.
Sin embargo, ya fuera por la ausencia de corazón, cada día se producía una transformación paulatina y contante en la mujer con exceso de corazón, pasando a convertirse en una mujer segura de sí misma, y poco dada a las cuestiones amorosas, por lo que, pronto se cansó de los continuos desplantes de la mujer sin corazón.
Cuando la mujer con exceso de corazón salió un día cerrando tras de sí la puerta de la vivienda que había compartido con la mujer sin corazón para no para no volver jamás, dicen que aquella derramó por primera vez una lágrima furtiva. Pues de igual forma y en sentido contrario se había producido la transformación inversa en la mujer sin corazón.
jueves, 6 de enero de 2011
De cómo se produjo la despoblación de Europa

Un día se decretó en toda Europa la prohibición de estar gordo. Se le llamó la ley anti-gordura para la defensa del ecosistema. Se emitió un edicto con el peso adecuado que se debía tener según el tamaño y constitución ósea de cada individuo. Si se sobrepasaba el límite permitido, se podía ser sancionado, la primera vez, multado la segunda y encarcelado la tercera.
Basándose en la inminente escasez de alimentos en todo el planeta, se promulgó esta ley para que se moderase el consumo. Se utilizó al pueblo nipón como ejemplo y la extrema delgadez de los países más pobres de África como modelo.
Sucedió entonces que los más pobres eran los más multados, algunos ya no se atrevían a salir de casa. Si te tropezabas con un conocido, era probable que cruzara rápidamente la calle, no fuera que te preguntasen algo y no pudieras hablar e introducir el estómago a la vez.
Las autoridades premiaban a quienes delatara al vecino o amigo que se saliera de la medida. La delación fue una corriente habitual, A fin de cuentas, no era más que una cuestión de urbanidad. Por lo que no resultó extraño ver cada vez más a las brigadas policiales anti-gordura irrumpiendo de noche en las viviendas.
Los centros penitenciarios comenzaron a estar cada vez más llenos, y pasaron a llamarse EMCP espacio de macro-dietas penitenciarias, siendo la mayoría de la población reclusa la constituida por pobres, puesto que eran esto los que se alimentaban de los alimentos más baratos, como el arroz o la papa, compuestos principalmente de excesos de hidratos.
De este modo, y sabido es, que son principalmente son los hidratos y las grasas los que producen la energía necesaria para llevar a cabo las funciones básicas, mermaron de forma alarmante los embarazos. De esta forma, se produjo la rápida desertización Europa, pues, de todos es conocid, la poca inclinación de los ricos a aparearse.Pintura de Yacec Yerka
sábado, 30 de enero de 2010
alguien allí

Ese día hacía un sol de domingo y había decidido hacer unas cuantas coladas. Subía en dirección al cuarto de baño en buscar del detergente cuando tropezó con ella.
Quien eres le preguntó al espejo.
Tu misma, respondió éste bostezando.
Mientes, gusano traidor,
Te atreves a llamarme mentiroso, yo soy quien te ha llevado siempre. La mujer en un arrebato de ira corrió a visitar cada uno de los espejos de la casa, pero en todos veía la misma cara.
Habrase visto. Semejante sinvergüenza.
En ese momento llamaron a la puerta. Era el cartero.
Buenos días. ¿Es usted Eufrasia Bueno López?
¿Tengo yo cara de llamarme Eufrasia?
El cartero la mira impávido.
Entonces lo devuelvo - responde el hombre sin inmutarse.
Haga usted lo que quiera. Le he dicho que no soy ésa.
La mujer malhumorada continúa con la faena que había comenzado durante toda la mañana. A mediodía suenó el teléfono.
¿Qué haces?
¿Por quien pregunta?
Estas de guasa.
No.
Vale, lo que tú digas.
No me ha dicho quien es.
Venga ya, Eu.
No sé por quien pregunta.
La mujer cuelga. Respira profundamente, el pecho agitado. Se levanta. Se sienta de nuevo, marca un número.
Oye….
Qué te pasa.
No sé. La gente se ha empeñado en preguntar por una tal Eufrasia.
Se habrán equivocado.
Luego está el espejo.
¿Qué le pasa al espejo?
La mujer camina hacíaa el baño mientras habla.
Hay una mujer que me mira furiosa.
¿Te has tomado las pastillas?
No sé quien es.
Bueno, a mí a veces me pasa, nos pasa a todos en cierta forma.
¿Pero qué quiere en mi espejo?
Bueno, quizás seas tú, el tiempo pasa tan deprisa.
Me mira como desde el fondo de un pozo.
Ya.
El pozo está muy oscuro.
Tómate la pastilla. Luego voy.
Tengo miedo. Creo que hay alguien allí, en el pozo.
Imagen: mujer ante el espejo de Picasso.
martes, 12 de enero de 2010
Dispara al pianista

Encendió un cigarrillo. Podía llamar a su amigo Esteban, de él había sacado algunas buenas historias. Después de cinco timbrazos se dio por vencido.
Con gesto lánguido, observó el jardín a través de la ventana. El sol de media tarde cubría parte del césped y los pájaros piaban alegres. Eso es lo que necesito, salir al sol, qué hago en esta sombra con el sol que hace afuera. Acaso cualquier persona normal haría esto. Eso es lo que me hace falta, hacer lo mismo que la gente normal.
Sacó una cerveza de la nevera y encendió un nuevo cigarrillo, con ésta en una mano y el portátil salió al jardín. Un galgo de largas patas y costillas marcadas dormitaba en el sofá, lo apartó con cuidado y se dispuso a comenzar la gran obra. Ajustó la pantalla al sol y colocó los dedos en el teclado como lo haría un pianista. Pero la música no llegó.
Miró a su perro que dormitaba feliz en el sofá y sintió un terrible deseo de ser él. Tendería ahora mismo mi cuerpo al sol y dormiría como tú, le dijo en silencio. Pero un escritor debe escribir, escribrir, aunque no le salgan las ideas. Con rabia aporreo el teclado. Rfgfukasdmknmasmd kladskldklqweijioqwenklfncklasdjwekldm.
El teléfono sonó dos veces seguidas. Cogió el inalámbrico de su mesa de estudios. Qué haces le dijo la voz de su amigo. Nada, preparaba algo de comer. Cómo llevas la novela. Bien, bien. Y tú que te cuentas. Nada, lo normal, trabajando.
El amigo le contó un sueño extrañísimo que había tenido esa noche. Imaginó cada una de sus palabras y sin querer se encontró sonriendo. Nadie cómo él tenía tanta habilidad para dibujar con palabras todo tipo de detalle, contaba con tanto entusiasmo, hilvanando las historias unas detrás de otras que le resultaba siempre ameno oírlo.Su amigo era, a fin de cuentas, alguien por quien se cambiaría ahora mismo sin dudarlo. Porque, a ver, qué era él. Tan sólo un tipo oscuro, un ser solitario y callado y, ahora, sin una pizca de inspiración.
Bueno no tendrías la comida en el fuego, le dijo Estefan a modo de despedida. No, no te preocupes. Aún no había empezado.
Colgó. La habitación se quedó muda, el galgo levantó la cabeza y lo miró con los ojos muy pequeños.
Vámonos, le dijo. El animal alzó las orejas ladeando el hocico y de un salto se puso a su lado moviendo la cola enérgicamente. Antes de salir echó un último vistazo a la pantalla vacía del ordenador. En el espejó observó el reflejo difuso de un hombre sin ideas o lo que era lo mismo, de un escritor acabado.
viernes, 20 de noviembre de 2009
La búsqueda

El hombre entró en el bar y dijo. Una cerveza. Nadie dijo nada. Tan solo lo miraron los dos únicos clientes del bar. Uno era Perry Mason y el otro Sherlock Holmes.
Me llamó Ton, el gato con botas, dijo. Estoy de paso y busco a Blancanieves.
- Pregunta a ese hombre de la mesa- dijo el hombre de sombrero gris detrás del mostrador, mientras limpiaba un vaso con un paño sucio.
El hombre de la mesa no levantó la vista. Soy Juan sin miedo. Busco a Blancanieves. No la conozco, dijo aquél a quien llamaban Perry Mason. No la he visto nunca, soy abogado de uno de los enanos, él fue el que me habló de Blancanieves, nada más. Y qué le dijo, preguntó Juan sin miedo. Naderías. Le invito a un trago. Vengo de lejos. Hecho. El hombre, al que llamaban Perry Mason, de una barba ampulosa fumó de la pipa entrecerrando un ojo. Por qué la busca. Cosas. Qué cosas. Alguien que la quiere, me pagan para que la encuentre. No sé. Gruñón dijo que entró un día a trabajar en su casa pero que se hartó pronto, que era una mujer muy tiquismiquis, se negaba a limpiar los baños y decía que a ella nadie le tosía. Se fue por el camino de enfrente. Sherlock Holmes que estaba oyendo a los hombres interrumpió. Yo se dónde está. Juan sin miedo se le quedó mirando. Elemental, mi querido Watson. Tú eres Blancanieves, lo sé porque tienes las patitas blancas de cabra. A mi no me la pegas.
lunes, 7 de septiembre de 2009
Hojas muertas
La noche no tardaría en caer. Cuando vio llegar a la mujer renqueando vio la ocasión. Simuló hablar por el móvil, apretando contra su muslo el acero frío.
La mujer no se detuvo en el hombre de traje gris que hablaba acaloradamente y sonreía. Empujó la puerta de la entrada y arrastró las bolsas hasta el ascensor. El hombre, rápido, como un gato acorralado dejó su móvil en el quicio de la puerta, impidiendo, de esta forma, que la puerta se cerrase del todo.
Esperó unos segundos, sintiendo como su corazón bombeaba frenéticamente. Antes de subir se cercioró de que la calle estaba desierta y de que nadie lo miraba. Ascendió las escaleras sobre la punta de los zapatos sin hacer ruido.
Cuando llegó al tercero sonrió al certificar su sospecha. Sabía que estaba allí. Había luz debajo de su puerta. Sigiloso, sacó la llave que tenía guardada desde hacía mucho tiempo, tanto como su venganza.
La puerta apenas crujió. Agudizó el oído, sabía que estaba allí, la podía sentir. Siempre había sido así, esa especie de comunicación animal que ella nunca debió acabar. También sabía que ella lo había oído y que ahora temblaba de miedo refugiada en la cocina.
El hombre atravesó el salón vació en dirección a la cocina, la sentía respirar desde el pasillo. Abrió la puerta con cuidado dispuesto a acabar con el dolor. Pero ella se adelantó. Lo último que oyó fue como un crujir de hojas muertas que no pudo asociar con el sonido de de su cerebro resquebrajándose.






