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lunes, 12 de enero de 2015

La calima


El aire se ha vuelto denso, como si pesara y una capa de arena amarilla puebla la ciudad. Sara piensa en  una ciudad fantasma. Los contornos de las montañas, de las casas parecen diluidos e imprecisos. Desde lo alto de la colina, observa la ciudad sumergida en una niebla fantasmagórica que la aísla de todos. El mar ha desaparecido baja la nube inmensa de arena que ha cruzado el el desierto y se confunde con la tierra, con un campo sin labrar, abandonado en medio de la nada.
 El cielo ha tomado la forma de un hongo canelo y sucio que envuelve de presagios inciertos a la ciudad y convierte a sus habitantes en personajes de las mil y una noches. 
Su abuelo, un viejo marinero le había contado que en un día como aquel había divisado por primera y última vez la isla de San Borondón. El Cruz del Mar, como se llamaba aquel viejo barco de pesca había dirigido su marcha rumbo a la isla desconocida en medio de una fuerte tormenta.Tras la espesa neblina avistaron una playa de arenas amarillas, rodeada de una frondosa vegetación que se extendía por todos los contornos de la isla. Esta no parecía de gran tamaño y su forma era redondeada, encontrándose  deshabitada, al menos, en aquella parte donde desembarcaron lo marineros. Esa noche descansaron en medio de una arboleda poblada de magníficos árboles frutales y de cristalinos manantiales. Por la mañana, embarcaron de nuevo rumbo a Lanzarote, prometiéndose volver y conocerla  a fondo. 
Pero nunca regresarían,  ni él ni todos los tripulantes del Cruz del mar. Aunque lo intentaron más de una vez. Pero cada vez que atravesaban el lugar donde él juraba y perjuraba que habían divisado la isla, sólo hallaban la inmensidad del mar. Entonces, los marineros  oyeron hablar de una isla que aparecía y desaparecía a los navegantes, San Borondón, la isla invisible, la desconocida, la non trubada y supieron que habían estado en ella.

Mientras vivió, el viejo marinero cuenta a quien quiera oírlo que los tripulantes del Cruz del Mar estuvieron allí, bebieron de sus manantiales y comieron de sus frutos. Cuando Sara mira hacia el horizonte ve lejana una isla que no conoce, que aparece y desaparece. Y piensa si no será la misma donde su abuelo estuvo un día. Recuerda sus palabras repetidas que ahora entiende:  San Borondon, existe, aunque no la veas, existe porque yo la ví, y otros, antes que yo la vieron también.

miércoles, 7 de enero de 2015

De cómo me convertí en la mujer perro




Si usted quiere saber cómo llegué a convertirme en la mujer perro anda tan perdido como yo misma.  Una nunca sabe en qué momento dice adiós a todo y deja de pertenecer a esta raza desleal y fiera. Así que no le puedo decir exactamente en qué momento dejé de ser mujer y pasé a ser perro.
Fue sólo que un día abandoné la condición humana y preferí dormir en el suelo con los perros, comer cuando tenía hambre y no hacer nada.  Sólo dormía, mucho, me atiborraba a las pastillas que me había dado el psiquiatra y podía estar horas durmiendo. Me levantaba apenas para ir al baño o comer, no quería más. Así fue cómo supe que yo era la jefa de una manada de cinco perros salvajes que  había ido recogiendo de la calle o de las perreras y  eran mi única compañía.
No siempre fue así. Pertenezco a una familia de clase media, pero muy instruida. Mi  abuelo había llegado a ser alcalde de este pueblo por el que dio la vida, al negarse a entregar a gente buena del pueblo cuando Franco tomó el poder y decidió acabar con todos los rojos del mapa. Mis padres me inculcaron principios nobles como modelo de vida y el amor a los estudios. Desde pequeña destaqué del resto de mis seis hermanos por mi inteligencia y mi curiosidad. No era una niña alegre, ni amiga de fiestas, toda mi curiosidad se centrada en aquellos gruesos volúmenes que habían en la biblioteca de casa. Desde joven leí a los clásicos de la literatura, pero, me gustaba sobre todo la historia.
Cuando mi madre enfermó repentinamente de un cáncer, dejé mis estudios de leyes para ocuparme de ella. Tuve entonces que cuidar de los tres hermanos pequeños y trabajar para que los mayores pudieran seguir estudiando. No me importó sacrificar mis aspiraciones para ayudar a mi padre con la contabilidad, era mi deber. No era desgraciada, me sentía útil y mejor preparada que nadie. Mi padre falleció poco después que mi madre. De esta forma fui, durante mucho tiempo, el pilar y el sustento de mi familia, tanto moral como económicamente. Mis hermanos acabaron sus estudios y fueron formando sus propias familias y yo me fui quedando sola.

Ocurrió entonces que me enamoré terriblemente de una mujer. En aquel pueblo y para su estrecha moralidad aquello era inconcebible, también  para mis hermanos, Algunos me quitaron la palabra otros me acusaron de enferma. Una serie de incidentes funestos y mi negativa a romper mi relación con la mujer que amaba acabó con la relación con mi familia. No querían saber nada de mí. Al poco tiempo también aquella  historia de amor se acabó. El mundo entero desaparecía bajo mis pies. Nada tenía sentido. Todo en lo que había sido educada, todo en lo que creía había desaparecido para siempre. El ser humano era egoísta, cruel, dañino, no quería pertenecer a esta raza. Entonces dejé de salir, de hablar, de asearme. Mis perros eran mis única compañía, mis únicos aliados. A veces cuando me veían tristes me reanimaban lanzándome zarpazos o grandes lametones para que me levantase y me pusiera en pie. Ellos nunca me abandonaban. Ahí están aún, atentos a los movimientos de la jefa de la camada, fieles a mis movimiento y  hasta las últimas consecuencias.

jueves, 8 de mayo de 2014

Vidas truncadas

De qué escribes cuando escribes, me pregunta él. Y no sé bien qué responderle ni por qué lo hago. Acaso para curarme o para sacar fuera los fantasma que rondan por mi casa. Es inútil. Siempre están aquí, conmigo, acompañándome. No sé cuando empezó. Mis recuerdos son dispersos y torpes, como los de un naufrago en medio de una isla. Quizás, fue cuando empecé a  trabajar para el gobierno como técnico de medidas judiciales. Mi trabajo consistía en visitar y tutorizar a jóvenes descarriados que habían comenzado a delinquir. Tenía que ir de un lado a otro de la isla, acudir a sus casas y comprobar que cumplían la medida de libertad vigilada que le había impuesto el juez. La mayoría de las veces, mi labor era meramente disuasoria, convercerlos de que, un error más, sólo uno, y acabarían con sus huesos en una cárcel. La mayoría de ellos, aceptaban sin problemas matricularse en algún ciclo formativo o en las listas del desempleo, aunque sólo fuera para cubrir el expediente.
Era, a fin de cuentas, un trabajo tan inútil como cualquier otro, Y yo, era apenas el eslabón  de una cadena de lo que vendría, inevitablemente, después. La mayoría de ellos no hacía más que seguir la tradición familiar: delinquir era sólo una alternativa para ayudar en la maltrecha economía familiar. ¿Quién los podía juzgar?  Yo, no. En su gran mayoría eran chicos que procedían de los polígonos y barrios marginales de la ciudad, o de los últimos rincones olvidados de la isla. No era un mal trabajo, si se miraba bien, me permitía organizarme como quería y pasar muchas horas en la carretera conduciendo, de una casa a otra, de un  lugar a otro de la isla.
No era un mal trabajo para cualquiera, excepto para mí, que había llegado a la peligrosa convicción de que yo hubiese podido ser cualquiera de ellos. Cuestión de suerte. Y no es porque yo fuese más amiga de lo ajeno que ninguno, no, sino porque, como ellos mismos, sé que habría hecho lo que fuera para sobrevivir o alimentar a los míos. 
De eso ha pasado ya muchos años, pero a veces vuelven a mi memoria esos chicos perdidos como el dolor de un brazo amputado, que sigue ahí, doliéndote, aunque no ya no esté. Duélele tu a él, me decía mi padre cuando le iba con un golpe. Pero cómo podía dolerle a esto. Ese era mi problema. Me dolía demasiado la vida.
Poco después, entré a trabajar en un centro de menores y fue aún peor. Allí estaban de nuevo los mismos, y otros, y muchos más. Y todos, y cada uno de ellos, me dolían. Me acuerdo de Marian, pecosa, menuda, pelirroja como el fuego. Tenía casi nueve meses de embarazo y no llegaba aún a los catorce. Siempre me pedía que la acompáñese un poco más en su celda hasta que se quedara dormida. Como podía negarme sin saltarme las normas. Agarraba su manita mientra se iba quedando dormida, la veía respirar y su vientre abultado subía y bajaba. Me preguntaba que sería de aquel niño, si acabaría igual que su madre durmiendo en una celda anónima. Algunos meses después supe que el bebé había muerto al poco de nacer. Marian, seguramente adormecida por el exceso de porros, se había quedado dormida sobre él  y el bebé  había muerto asfixiado.
Darío sigue acudiendo a mí en algunas noche de insomnio. Se que nunca podré olvidarlo. Era diabético, pequeño, feo, listo y astuto como él solo. Un superviviente. Su historia de abandono y fracaso ocupaba un grueso volumen que ya nadie leía. Recuerdo la noche que lo acompañé en su celda de aislamiento en el duro trance que es estar sin más compañía que un colchón frío y cuatros paredes pintadas con sangre. Me saltaba de nuevos las normas. Darío, era duro el cabrón, había aprendido a escurrirse como una anguila. Si estaba en el centro era sólo porque él quería estarlo y porque aquellos muros y sus colegas de oficio era lo más parecido que había conocido a un hogar. Me caía bien aquel chico. Me senté en el borde de la cama de hierro y le hice compañía mientras cenaba en una bandeja de plástico, en un plato de plástico, con cubiertos de plástico. Por su enfermedad, debía pincharse cada día dos y tres veces, tal vez, por eso, resultaba más pequeño aún. Allí, encogido sobre la cama en cuclillas, abrazándose las piernas y rodeándola, me contaba. El segurita nos había cerrado la celda detrás de él. Yo estaba sentada en la cama, pues no había otro sitio en la celda donde apoyarse, y con la espalda pegada a aquella sucia pared escrita por cientos de chicos anteriores, lo escuchaba. Allí  me contó, de la forma más natural de mundo, cómo había matado a un hombre

viernes, 3 de enero de 2014

La despedida





Para llegar al barrio de los olvidados hay que atravesar la ciudad y serpentear dentro de sus arterias desgastada. A esas horas, y a solo dos días de Navidad, las  calles permanecen calladas y solitarias. Casi nadie a estas hora pasa por ellas, como si sus moradores se refugiasen de un viento frío y húmedo al que no están acostumbrados.
Una mujer de mediana edad camina esa mañana con paso decidido por entre sus calles. A cada trecho, se detiene y contempla lo alto de las casas para buscar los nombres en ellas escrito. Interrumpe su paso frente a un edificio nuevo de tres partes que no ha acabado aún de construirse ni probablemente lo hará nunca. Han arrancado las puertas y las ventanas  y desde el exterior se ve sólo los pisos vacíos y desmantelados. El aspecto de abandono, de ciudad en guerra le parece extrañamente desolador y atrayente. Un hombre se detiene a contemplarlo como ella.
-       Ha visto lo que han hecho- se dirige hacia ella-  Han arrancado hasta los cables, se lo llevan todo.
 La mujer asiente, desconfiada, pues el hombre tiene una aspecto tan  descuidado que podría ser mismo el autor de todo aquello.
-       Se lo llevan todo, eso son los moros- dice reanudando  su paso.
Si el mundo se acabará un día seria como este barrio , piensa. A lo lejos, en un descampado, los chicos juegan al balón. Misia que así se llama, contempla el horizonte,  el cielo se ha coloreado de rosa y  violeta. De pronto se encuentra con la calle y la casa que busca. La puerta de hierro verde del portal está cerrada y el telefonillo hace tiempo que dejó de funcionar. A pie de calle, hay una ventana con rejas  y cortinas sucias por donde se oye una a televisión encendida.
-       Nicolai- susurra la mujer hacia la ventana- Nikolai.
Nadie responde, pero está segura de que es ahí, así que decide esperar a que algún vecino le abra la puerta. Misia se sienta en el borde de la acera, entre dos coches, y espera.  Desde allí puede ver el final de la calle si mira a la derecha o el cambiante malva del cielo si lo hace a la izquierda.
No espera demasiado porque después de unos minutos un hombre se acerca desde el final de la calle con paso vacilante. La mujer se levanta decidida y camina hacia él. Tiene el mismo aire desgarbado y perdido de siempre, se dice con ternura. Cuando piensa esto se da cuenta de que el hombre ha desaparecido en el cruce de la calle. Era él, estaba segura, no podía haber sido otro. Camina angustiada uso paso y luego,  se tranquiliza, pues se da cuenta de que  en la esquina hay un bar y se debe haber metido en él. 
Allí está Nikolai, desde la puerta lo observa, reclina la cabeza en señal de reconocimiento, en un gesto dulce, como si fuese la última vez que lo contempla. Pero Nikolai permanece absorto frente a la máquina de cigarrillos. De pronto, se da la vuelta y le sonríe sorprendido mostrando  una amplia sonrisa.
Nikolai camina hacia la mujer tendiéndole los brazos,  le ofrece sus mejillas pero ella  lo estrecha contra su pecho.
-       Nicolai, Nicolai. . – qué has hecho – le dice en tono lastimero.
-       ¿ Qué haces aquí? ¿Cuándo has llegado? Vamos Invítame a una cerveza. – le dice  contento de verla.
Misia se sienta junto a él, en una  de las mesas del bar vacío. Sólo hay un anciano, sentado en una banqueta junto a la puerta y la camarera, que sostiene a una niña pequeña encima de la barra.
-       Cómo estás Nikolai- le dice mirándole a los ojos la tía Misia. 
Nikolai guarda aún la belleza de su juventud, tiene un rostro de flecha, de ángulos simétricos y equilibrados, y una sonrisa infantil siempre dispuesta. Tiene aún la  mirada abierta  y perdida de un niño, se dice.
-       Cómo estás tú, qué delgado estás, querías adelgazar ¿no? –le dice finalmente.
-       Sí, un poco, invítame a una cerveza, anda.
-       Pero, no puedes, Nikolai.
-       Sólo a una.
La mujer se resigna y pide a la muchacha frente a la barra dos cervezas. Busca los ojos de su sobrino, ahonda en ellos. Se da cuenta de que tiene la mirada encendida y perdida de un loco. Las manos le tiemblan, levemente, como un cuervo aterido de frío sobre un cable eléctrico.
-       ¿ Cómo has llegado a esto?
El hombre alza los hombros y deja de sonreír. Los ojos pardos y vacíos  se hunden en un vacío lejano, eléctrico y desolado,  dos órbitas perdidas en el firmamento de sus ideas.  
-       No sé..  Fueron sólo tres días, me volví loco, la  puta coca, pero ya estoy mejor.
 Tiene los hombros caídos hacia delante, parece a punto de quebrarse. Con una mano pequeñas de dedos infantiles bebe un largo trago y sonríe a la mujer que lo mira con ojos tristes.
-       Ahora voy a hacerme una cura de sueño, una semana o diez días durmiendo y luego me levanto nuevo, te lo juro, ya pasó. Sólo estoy esperando a que pasen estas fiestas y abran  el centro, luego cobraré el paro y me iré lejos de aquí,  al Perú…
-       Al Dorado…- responde con sarcasmo Misia- Lo tenías todo, trabajo, novia..por qué..
-       la gente aquí es basura- responde con rabia y altivez.
-       nunca lo dejaste. Nikolai
-       La gente del trabajo me rechazaba,  las tías si no te costaban con ellas te apartaban. Son un asco., no lo soporto a la gente de aquí. Tengo que largarme.
-       En cualquier sitio vas a ser tú.- le dice Misia
-       No, pero allí será diferente. Te lo prometo, me voy a ir, sólo quiero entrar y limpiarme, ella me está esperando,  pero tengo que hacer la despedida hoy y luego,  ya me quedo tranquilo en mi cuarto, te lo prometo… -
 Nikolai dice esto de un tirón como si se lo hubiese aprendido de memoria, como si en realidad, los demás fuesen a creerse sus propias historias
-       Dejame treinta euritos para la despedia , y luego ya me quedo tranquilo.
Tía Misia lo mi consternada, advirtiendo  que esta vez ha tardado menos de lo habitual  en pedirle dinero.  Parecía tan cambiado hacia tan solo unos meses estaba tan bien. Cuándo había vuelto a recaer de esa manera. Y cada vez de forma más atroz, más agresiva y dura la caída. Hasta cuánto,  hasta dónde.
-       No, no he traído dinero porque sabía que ibas a hacer esto.
Nikolai la mira con pánico  intentando buscar en su mente aturdida un ardid con el que convencer a la mujer que ha venido como una luz salvadora hasta su puerta.
-        ¿Quieres venir a mi casa? Está aquí, no es mucho, está hecho una mierda el apartamento, pero  me van a cambiar pronto a otro. Pero para que veas que me voy a quedar aquí tranquilo, sin salir, con mis libritos. De verdad, sólo que hoy  necesito la despedida, en serio, esta última vez, y ya me quedo en mi casa tranquilo, pero necesito despedirme.
Misia quiere creer pero ya no puede. Por eso a veces le dice frases lapidarias o mordaces,  a veces asiente antes sus propias mentiras como si fuese la última concesión. Acaban la cerveza y caminan en silencio hasta la vivienda. El bloque de apartamentos esta compuesto por varias pequeñas viviendas compartidas en dos pisos. Casi todas tienen las puertas  de entrada abiertas a los demás vecinos. Hay gente en los pasillos de entand o a las otras casas.. Misia piensa en una cárcel sudamericana donde los guardianes se mezclan con los presos.
-       Este es el apartamento- le dice Nikolai abriéndole la puerta.
Misia debe ahogar el gesto de asco que le provoca lo que contempla. En el salón cocina hay unos sillones viejos ya sin color y roídos por la mugre, sobre este y sobre  los estante se agrupan sin orden ni concierto la ropa esparcida. La tia  Misia se detiene frente a unas botas que hay sobre la mesa, piensa inmediatamente en quitarla porque es supersticiosa y sabe que eso da mala suerte, pero se refrena ante la inutilidad de un gesto.
-       Mira tengo comida, lo ves-  y  le señala una bolsa repleta de  alimentos.
-       Si. .. pero está todo …asqueroso- dice observando unas cucarachas muertas en el frigorífico abierto.
-       Sí me lo dieron así, pero mañana me cambian a otro mejor.  
-       Ya- dice desolada
-       Venga, Zaza dame treinta euritos, de verdad que sólo quiero darme la despedida, ahora estoy tranquilo, mira voy a quedarme aquí, tranquilo, hasta que abran el centro.
-       Como te puedes engañar tanto. En serio piensas seguir destruyendo la vida de todo el que te rodea- le dice con la voz quebrada- Tu madre, no te da pena de tu madre, mírala. Sólo piensas en ti, en tu puta droga,  como has hecho esto de tu vida. ¿Vas a hacerle daño también a esa chica?
-        No. En serio, estoy enamorado, nunca lo había estado, pero lo estoy, te lo juro, voy a ir a Perú a vivir con ella, allí todo será diferente, aquí no puedo  vivir la gente, todo el mundo me juzga.
La tia Misa o Zaza como la llamaba él de pequeño apenas acierta a pensar que aquel temblor de sus manos pequeñas, el brillo encendido de sus ojos sin vida, sólo delatan que su única pasión desenfrenada es la muerte. Cómo podía mentirse así. Acaso todos nos mentimos, piensa, mirando tras las cristaleras del ventanal sucio.
-       Mira mi analítica-  Nikolai mantiene un documento médico entre las manos.
-        Fracaso renal agudo...¡ fracaso¡ como yo mismo.
Misia no responde No sabe qué decir ante tanta destrucción y dolor. Sus ojos se posan en los muebles mugrientos de la casa, en los objetos esparcidos por todas partes, en la cama de mantas asquerosas y tiesas de tanta suciedad, en  la cocina cubierta de polvo y telaraña.
-       ¿ me vas a dejar esos treinta euritos para la despedida?
Cuánto tiempo lleva despidiéndose de la vida, cuántas veces, mientras se clavaba la aguja en el brazo se diría a sí mismo  que esta vez sería la ultima. Misia permanece en silencio intentado buscar respuestas a algo que no entiende, cómo puede llevar esa vida de aniquilamiento. Sabe que no puede hacer nada por él, nadie puede hacer ya nada por él.
-       Cuándo vas a madurar y a dejar de echarle la culpa a los otros…- le dice después de abandonar el apartamento.
Nikolai la acompañará un trecho de vuelta a casa, ya ha empezado a oscurecer y el aire ha refrescado.
-       Te acompaño hasta el cajero, entonces.
-       No. No te voy a dar dinero- le dice tajante.
-       Por fa, es sólo hoy, de verdad para la despedida, si no lo voy a conseguir por ahí, como sea- le suplica.
-       Nikolai, es que no quieres vivir, es que quieres morirte.
-       A veces sí- responde

Misia no dice ya nada, sigue caminando dejando atrás las casas bajas, el barrio humilde y pobre. Nikolai seguirá insistiendo una cuadra más, luego desaparecerá ya para siempre. La figura de Misia, en la oscuridad, a lo lejos, ya saliendo del Barrio de los olvidados, parece aún más pequeña.

viernes, 26 de julio de 2013

El perdón



El hombre que aparentaba no menos de ochenta años giró su cuerpo hacia los altos edificios esquivando el rostro de la mujer. Esta por su parte, mostraba el gesto inquieto de alguien que quisiera a escapar de un momento a otro. Sentados, frente a frente en aquella terraza, formaban una extraña pareja. La mujer conversaba sin cesar sobre asuntos banales, como si temiese dejarse caer en una  grieta, en un hueco en su discurso donde pudiera introducirse algo de verdadera importancia.
El anciano, en cambio, llevaba rato sin decir nada,  apenas miraba a la mujer concentrado como estaba en la contemplación de aquel paisaje urbano. En realidad, trataba de buscar las palabras apropiadas con que comenzar lo que tenía que decirle.
Por fin habló.
-       Sólo quisiera, que antes de morir, si pudieses, me perdones.
La mujer observó la piel cetrina del cuello del anciano a la altura de sus ojos. Se dio cuenta de que si la miraba bien, parecía casi azul, con esas venitas rojas como surcos en una  tierra ajada y mortecina. Se concentró en esa tierra muerta y trató de no pensar nada, tampoco fue capaz de decir nada, al menos, no inmediatamente, permaneció en silencio, mirando el mismo paisaje urbano.
- No odio a nadie.- dijo de manera casi inaudible
El hombre asintió  y siguió hablando.
-       Era joven, el alcohol... me volví loco. Todos cometemos errores de juventud..
La mujer se removió incomoda en su sitio, torció el gesto en una sonrisa amarga.
-       Errores de juventud, seguramente tú también…- continuó.
Los pensamientos se agolpaban en su mente, hubiese querido decirle tantas cosas, pero apenas podía articular palabra.
-       Sólo siento que a tu hija le pasara lo mismo.
-       Oh, pero aquello no fue lo mismo. En realidad, yo sólo... era muy joven...
El hombre sostenía la taza de café mientras hablaba con energía renovada. Los labios amoratados por el frío se concentraban y articulaban palabras que la mujer ya no oía. Ella permanecía silenciosa, sin inmutarse, mirando ahora el paisaje desolado de edificios a punto de ser derruidos.
Nunca lo perdonaría. Lo supo tiempo después cuando estuvo a su lado, junto a su lecho mortuorio. Nadie podría convencerla de que debía hacerlo. Hay cosas que se no perdonan nunca, se olvidan, se fuerzan a desaparecer para seguir viviendo, pero no se perdonan.
La mujer había comprendido finalmente que él quería seguir formando parte de su vida, incluso, a través del perdón. Era su manera de poseerla. Si hubiese sentido de verdad deseos de ser perdonado, pensaba,  habría respetado su silencio.
Finalmente, el hombre se levantó satisfecho, ella lo había perdonado, precisamente porque nunca podría perdonarle.
La mujer se incorporó también, había venido a decirle que se iba, empezaba una nueva vida fuera de la ciudad. El moriría pronto, si embargo,  a ella le quedaba mucho camino por delante, exento del perdón, lleno de rabia y dolor para siempre, pero también de alegría  y superación. Esta vez no, no iba a caer en sus trampas, ya no era una niña.
Arrancó el coche y emprendió rumbo a su casa. Atardecía, por el movimiento de los árboles al borde de la carretera supo que era la hora en que la brisa de la tarde da vuelta a la esquina y cambia el tiempo.

jueves, 11 de julio de 2013

La cama


Quizás debió hacer caso a esos pequeños síntomas que comenzó a percibir de pronto. Ya en su primer mes de convivencia aparecieron los primeras señales de desacuerdos. La pareja de recién casados había encontrado una casa a gusto de los dos a la que había que hacer todavía algunos retoques. Era una bonita vivenda en una urbanización tranquila y no muy lejos de la ciudad.
 Una flamante cama regalo de los padres de ella entró por la puerta la primera  semana de estar instalados en ella.
Los operarios encontraron a una pareja atareada en las labores de mejoramiento de la casa. Él colocaba con maestría y precisión unas cenefas en la cocina y ella limpiaba con esmero los grifos del baño tal como a él le gustaban. María miró con avidez la enorme cama que transportaban hasta el dormitorio los fuertes brazos de los operarios.
 Cuando se marcharon, extendió con cuidado sus mejores sábanas y no pudo resistir la tentación de sentarse en ella para sentir su textura, apoyó la espalda sobre ella y dejó los pies colgando fuera de la cama. Era dura pero a la vez mullida y suave y su cuerpo se adaptaba perfectamente a ella. Abrió los brazos a lo largo como una mariposa y los agitó rítmicamente. En cualquier momento entraría Mario por la puerta. Lo llamó suavemente desde la cama. Pensó que no estaría mal que entrara ahora y comprobasen cuánto podía resistir aquel colchón.
Imaginó que su marido entraba, la veía allí tendida y se lanzaba a arrebatarle el vestido, y ambos acabarían rodando por el suelo revolcados entre risas. Después de cinco minutos de espera supo que eso no iba a pasar. Mario ni siquiera había entrado al dormitorio.
La mujer se incorporó decepcionada, él no era así, nunca lo sería. Su principal preocupación en aquel instante era que las cenefas que estaba pegando en la cocina quedasen perfectamente colocadas. María se acercó hasta la puerta de la cocina y lo miró hacer. Tenía un aire concentrado  y  serio.
-       la cama está muy bien, …
-       ¿Ah sí?-  dijo con aire distraído.
-       Sí… deberíamos probarla.
-       Lo haremos a la noche.-añadió con una leve sonrisa y siguió trabajando.
Pero al llegar la noche, el hombre se metió en la cama de espaldas a la mujer que esperaba sus caricias.
-       dame un beso.- le dijo reposando la cabeza  sobre su hombro.
-       Estoy reventado-añadió con gesto malhumorado.
La mujer enmudeció, paralizada, un deseo profundo de llorar le invadió de pronto. Quería entender el carácter de aquel hombre desconocido con el que compartía cama. Había empezado a comprender que a él no le gustaba cuando ella lo proponía. Prefería tomarla cuando estaba desganada o cansada. Entonces era él el que la buscaba. Esto le hacía sentirse totalmente vulnerable y sujeta a su deseo. Permaneció unos segundos con la cabeza apoyada en su espalda, sintiendo su respiración acompasada.
Su corazón, en cambio, latía aún de deseo, saltaba desbocado sobre la espalda de su marido.  Esperó unos segundos para salir despacio del cuarto. Supo que Mario no estaba dormido pero que tampoco vendría detrás de ella. En el sofá,  decidida a no dejarse llevar por aquellos nefastos indicios decidió terminar por sí misma lo que él había rechazado. 

sábado, 22 de junio de 2013

La escritora y yo



Me encontré con ese artículo a veinticinco metros de altura y después de haber desechado dar una cabezada en aquel incómodo asiento de vueling.  La escritora, decía el artículo,  había publicado recientemente un libro sobre la época de la transición. Era el tema y el contexto en el que llevaba tiempo interesada, incluso había garabateado algunas páginas de una eterna y futura gran novela basada ene algunos acontecimientos negros de aquella época.
La escritora, una mujer de mediana edad y no mal parecida, con cierto aire cándido miraba al lector tras una mirada de miope que escondía tras unas finas gafas y auguraban más de un secreto que le hubiese encantado contar.
 Esa misma semana fui a la biblioteca y buscó en los anaqueles de literatura española, el O60, la inicial de su apellido. Allí había un ejemplar de  Negro. Leí la contraportada, era una novela negra. No era la que buscaba, pero me serviría para saciar mi curiosidad. Seguí leyendo, la autora, anunciaba, rompía con el encasillamiento del género y cuestionaba la vacuidad en que había caído el mismo. Su sinceridad, en la entrevista recordé, no sin cierto matiz de soberbia que le daba probablemente el título de profesora en alguna conocida universidad, me gustó, aunque denotaba de una llana candidez.
 Antes de irme a la cama, abrí el libro. Comencé a leer los primeros párrafos. Me gustaba, tenía estilo y no carecía de cierto atrevimiento en las formas. Esa noche empecé a enamorarme de ella en esa especie de admiración y celos que siente un escritor por otro. La imaginé en su estudio, frente al ordenador, ensamblando un capítulo tras otro. Miré su foto en el interior de la solapa. Tenía cierto aire soñador, de maestra de pueblo. La imaginé frente a su taza de té, absorta, mirando la hora violeta tras los cristales, mientras buscaba o se demoraba en la búsqueda de palabras precisas y justas. La volví a mirar según iba leyendo, entre el arrobo y el desprecio que siente el que lee contra el que escribe. Era un amor odio.
Por eso la desprecié cuando comprobé que su estructura se repetía y dejaba de ser original en el segundo capítulo. Entonces comencé la búsqueda inconsciente de los chirridos, de los desengranajes. Como una experta observadora descubría las fallas y me regodeaba, con cierta vergüenza ajena, en la enumeración retórica. Estilo poético, bufaba, que forzado, se deja ir, no se contiene. Ahora la repudiaba por no estar a la altura, por aquella muestra de debilidad artística. Me enfadaba porque habría preferido, extrañamente, que no cometiera aquellos errores de neófito, que me mantuviese en vilo. En cierta manera, me estaba negando la posibilidad de tener con ella una entretenida charla en el salón, frente a la chimenea. Me la imaginaba apasionada y con cierta represión de mujer instruida y poco vivida. Reí maliciosamente, pero si le daba miedo hasta decir polla, lo decía de refilón y  con la boca pequeña, y ni un coño en todo el libro. Disfrutaba en mi cuarto de soltera de esos mezquinos hallazgos que me desvelaban la relación entre novela y vida.
A mitad del libro, la escritora cambió de registro y comenzó la narración en primera persona. Brillaba en el texto de nuevo con una fuerza vital, inusitada, de mujer  frustrada y triste.  Lo veía claro, el carácter del protagonista reflejaba el suyo propio, el de una mujer aislada y pura que no se atrevía a ser decepcionada en sus fantasías. Prefería las relaciones esporádicas y exclusivamente sexuales para poder seguir soñando.
En esta segunda parte la escritora se volvía, de pronto, oscura y asesina, dando significado al título de la obra. La protagonista, como una justiciera social mataba a los deleznables vecinos. Demasiado fácil como recurso. Engaño de idiotas. Capté fácilmente por su escritura que todo era falso. Desde el comienzo supe que sólo era la imaginación desbordada de una mujer frustrada,  pero  que ella no había sido la asesina. Estratagema de la escritora que trata de colárnosla, pero no cuela. Como si dijera: tú lo has captado, pero no otro. Guiño. Concesiones a mí. Empiezas a abandonarla. Por querer halagar tu inteligencia de lectora voraz, se ha vuelto para ti  mezquina, mediocre. No me gustan las mujeres, dice en un párrafo, como si eso interesase a alguien.  Se parapeta, de nuevo, se esconde detrás del halago en la última parte. Ha renunciado al diario negro con ciertos atisbos de ella misma.
La última parte me decepciona aún más, citas cultas, referencias cinéfilas, blow up, Cortázar. La desprecias ya tanto que apenas lees las últimas páginas, o lo haces de corrido, más bien, las ojeas, intentando saber quién es el asesino.  Finalmente, lo sabes, y reprimes la sonrisa sardónica por esa solución fácil,  absurda, sacada de la manga o tal vez, entretejida tan sutilmente que nadie más lo supo, salvo la escritora, lo cual es lo mismo. Desprecias el libro porque se acaba y se afila en un final exiguo y gris, ni siquiera negro. Apagas la luz y todo se ve negro. Negro. Y entonces, te duermes.

sábado, 9 de marzo de 2013

la fantasía




Cuando se tendió boca arriba sobre la cama y cerró los ojos recordó de inmediato el sueño de la noche pasada. Una sensación de placer le sumió en la suave calidez de las sábanas. En el duermevela del mediodía recreó la imagen de la mujer de su sueño. Ahora la veía claramente, con su boina de punto violeta y sus botas altas viniendo hacia él.  Era Amanda. Cuánto hacía de aquello, demasiado, qué extraños eran los sueños, por qué volvería a acordarse de aquella mujer. Hacía tantos años ya,  qué edad tendría hora. Sin saber bien cómo, se encontró calculando mentalmente su edad.
La había conocido una noche en la plaza de Santa Ana, ella estaba de paso por Madrid y regresaría al día siguiente Por lo que aquel encuentro desde el principio fue lo que parecía;  una noche de copas y sexo en un hotel del centro.
Por aquel entonces era un joven ambicioso recién salido de la universidad y Amanda le había parecido una mujer atractiva y de ideas muy claras, tenía cierto aire bohemio que él mismo siempre había querido poseer y que nunca tuvo. Era demasiado serio para su edad, le había dicho ella nada más conocerlo, y su risa franca y esa manera natural de decirle las cosas más brutales con una sonrisa lo desarmaron aquella noche.  Después de ese encuentro se vieron unas  cuatro o cinco o veces más durante los dos años siguientes, siempre una noche o dos a lo sumo. Después ella dejó de venir a Madrid o él empezó a salir con alguien, no recordaba bien. Las fechas y sus relaciones con mujeres siempre  le había desorientado.
Todavía tengo su teléfono se dijo como un niño que sabe que va a cometer una travesura y lo anuncia. Sonrió ante lo absurdo de ese pensamiento, era una locura. Pero tampoco había nada de malo en saludar a una vieja amiga, se dijo. Se habían separado sin un adiós pero también sin ninguna promesa de volver a verse.  Eran dos personas adultas que se habían conocido, se habían alejado, y cuyas vidas habían seguido existiendo sin más. Sus encuentros no habían tenido ni la transcendencia ni la carga emocional de los encuentros  amorosos. Quedaban siempre cuando ella volvía a Madrid, Amanda lo avisaba sin previo aviso, le decía que estaría en Barajas al día siguiente y él iba como un loco a recogerla, primero en el coche de su padre, luego en el suyo propio y por último en la moto. Aquellas escapadas eran para ella simples encuentros sexuales, sin ningún objetivo más que el mero placer o quizás ahuyentar la rutina y la monotonía de su vida. Apenas sabía de su vida,  en sus encuentros no hablaban de sí mismo, ese era el acuerdo. Ella había insistido en esos términos. Cuando una sóla vez intento saber algo más de su vida, le había noqueado con un directo punzante y agudo, estoy casada y tengo un hijo, le dijo, terminando la conversación. Tú eres mi fantasía, un joven guapo e inteligente al que follaré y al que  luego olvidaré. Fue un gancho directo a la mandíbula. Se lo había dicho así, como decía las cosas más importantes, luego se había reído echando la cabeza hacia atrás de aquella forma tan sensual que lo volvía loco.
Al recordar todo aquello le invadió un extraño desasosiego, una mezcla nostálgica y lúcida al pensar que después de tanto tiempo, él seguía recordándola, mientras que, probablemente ella lo había olvidado ya. En aquel entonces, le habían asustado los casi diecisiete años que le llevaba de diferencia. Él era sólo un crío de veinte años acomplejado e inseguro en el terreno amoroso. Pero Amanda siempre había sabido mostrarse considerada y elegante en ese aspecto y nunca le demostró que le importase su impericia, sino todo lo contrario. Sí, había sido una tía especial. En más de una ocasión en todos aquellos años había estado a punto de volver a llamarla.
Pero ahora su vida había cambiado radicalmente. Mientras pensaba esto, apresó el móvil que tenía en la mesa de noche y revisó la agenda de su teléfono con una mano. Le podría mandar una mensaje, un saludo inicial para ver cómo estaba. Cuanto más pensaba en lo absurdo de la situación más seguro estaba de que lo iba a hacer. No era un hombre impulsivo sino todo lo contrario, pero ahora sentía una pulsión extraña que lo guiaba.
Buenas, tardes soy Raúl,  te acuerdas de mí,  escribió. El mensaje estaba enviado. El corazón se le aceleró durante unos instantes. Nada. Ninguna respuesta, deseó no haberlo mandado.Había sido una estupidez, quizás no recordase quién era. Escribió rápidamente. Soy el informático de Madrid.  No supo cuántos minutos pasaron antes de que la pantalla se iluminara con un: Hola, claro, Raúl, qué es de tu vida
Una alegría inusitada le embargó e imagino que estaba allí en Madrid, y que en unos instantes le iba a decir que fuera a recogerla al aeropuerto. No sabía qué decir, quizás algo interesante, pero era tan difícil condesar todo en una frase. Qué podía responder, había pasado tanto tiempo. Mi vida ha cambiado mucho. Escribió finalmente.
¿Y eso? Respondió la mujer.
Raúl se había incorporado, un nerviosismo febril que hizo que le temblasen los dedos le hizo escribir. ¿Por dónde andas tú? La respuesta no tardó en llegar.
Por las islas, como siempre, ¿no estarás aquí de vacaciones por aquí?
No, respondió. Con quién vives, se atrevió a preguntarle. Aquello había sido una metedura de pata. Podía sentir sus silencios, sus dudas por el tiempo en que tardó en responderle. Con mi hijo, respondió.
Mi vida ha cambiado mucho, escribió Raúl y la imaginó desnuda como la última vez, al borde de la cama .Voy a ser padre, le dijo finalmente. Luego el silencio fue mayor.
Pues sí, vaya, sí que te ha cambiado la vida. Ya has madurado, le respondió Amanda.
Se arrepintió de inmediato de haber llevado la conversación por aquellos derroteros. Entre ellos ese tipo de conversación estaban vedadas. Pero dentro de unos días sería padre, entraba, ahora lo comprendía el significado de su sueño, definitivamente en ese mundo al que ella pertenecía, y del que se escapaba, a través de él, de su fantasía. Amanda representaba lo que fue y lo que estaba a punto de perder. Pronto se acabaría la conversación y no habría nada más que decir.
Cómo te has acordado de mí después de tanto tiempo, apareció escrito en la pantalla. Siempre me acuerdo. Me caíste genial. Bueno, tú a mi también, si un día vienes por aquí avísame.
Raúl supo que aquello era un adiós. Tenía la sensación de haber rotos una extraña regla de un juego secreto y misterioso de la naturaleza.  Reclinado sobre el costado izquierdo de la cama observó la luz del mediodía que se filtraba por las persianas y suspiró. 
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Esta es mi aportación al blog de nasnoc cuyo tema de esta semana es la fantasía, quería haber escrito un cuento fantástico pero esto es lo que ha salido. Espero les guste.

lunes, 5 de noviembre de 2012

la tienda del viejo


Llueve, cae una lluvia tenue y constante que sólo trae más calor. Vista así con sus astas relucientes la ciudad parece un calidoscopio cambiante. El tiempo ha construido edificios de tres y cuatro plantas donde antes había pequeñas viviendas. En ocasiones descubres una pequeña casa con su postigo y su puerta verde como resistiéndose al olvido de lo que un día fue esta ciudad africana. Casandra pasea por la ciudad recordando cómo era entonces antes de que cayese en mano de los especuladores de la época de bonanza.

Desde un portal abierto una mano ennegrecida y sucia se asoma. Detrás de ella está un hombrecillo acechando con  unos ojos pequeños y tristes como ratones.

-  Un cigarro, un cigarro- repite con un quejido lastimero.

Casandra se vuelve y ve la boca torcida, el gesto suplicante de Rivaldo.

- ¡ Casandra¡-  ¡no te había reconocido¡-  exclama sorprendido.

¡Pobre  Rivaldo. cuánto ha cambiado¡ Si no lo conociera pensaría que es un vagabundo que ha pasado muchos  días en la calle. Tiene el aspecto avejentado de quien ya no espera nada.

- ¿ Cómo andas ? - le dice tendiéndole los cigarrillos.

- Bien, bien, …-estoy fumando coca, pero sigo con la metadona.

- vaya- le dice mirándolo- bueno…

Casandra se aleja moviendo la cabeza en un gesto de reproche y de lástima.

-  Pero voy a ir a la península a ver si me curan.- le grita desde la puerta.

Casandra alza la mano en señal  de saludo y continua su paso sin mirar al hombre menudo de gesto constreñido. La buena gente lo esquiva en las calles porque en su mirada hay siempre una petición, una pregunta. A la gente le incomoda las preguntas, sobre todo cuando no sabe las respuesta. Pero Rivaldo no se cansa y siempre tiende su mano y te pide unas monedas y te cuenta que está enganchado, que está feo pedir, pero que no puede hacer nada, y le das algo o pasas de largo y dices otro día.

 Casandra no recuerda cuántos años lleva Rivaldo pidiendo en las calles con esa mirada lastimera de perro abandonado que te obliga a mirarlo. Su padre era el viejo, como lo llamaban los niños, porque tenía el pelo blanco y andaba arrastrando una pierna.

En aquella aún no estaba asfaltada su calle y se formaban riachuelos donde los niños jugaban a ver correr las piedras que el barranco arrastraba. En aquella época Rivaldo era ya un chico apocado y parecía siempre asustado. Seguramente él sabía lo que se decía de su padre, el viejo de la tienda. Todos los niños temían al "viejo" porque contaban que en la trastienda tocaba a los niños que venían a comprar chucherías.

La tienda, la única dulcería del barrio era en aquella  época  un sitio de atracción y repulsión, un lugar tenebroso y delicioso donde el placer de las golosinas se convertía en el miedo de la manos que apresaban.

La tienda ya ha desaparecido, en su lugar se han construido nuevos edificios, pero Rivaldo sigue allí, en el portal, con la mano tendida. El viento ha abierto una ventana a aquel oscuro y polvoriento recuerdo y Casandra no sabe cómo cerrarla. Sólo sabe que tiene que marcharse, por eso acelera el paso  mientras repite en voz baja.

-  Ojalá viejo, ojalá no descanses ni en los infiernos. - y diciendo esto abre la puerta de su casa y se aleja del viento.

sábado, 11 de febrero de 2012

Voces


En mitad de la noche oyó una voz débil, era como un susurro o tal vez el silbido del viento que provenía del apartamento de al lado. Leía con los pies doblados y el libro sobre el regazo. Agudizó el oído. Se oía ahora de manera más nítida. Se levantó del sofá y apoyó el oído sobre la pared fría. Su extrañeza no era por otra causa más que porque sabía que en el otro lado de su apartamento no vivía nadie. O al menos hasta ahora. Tampoco había tenido constancia de que nadie se hubiese mudado allí. Ni siquiera había oído ningún camión de mudanzas ni siquiera un rodar de muebles.
De nuevo oyó la voz, tenue delgada, era una especie de susurro o quejido, casi imperceptible. La voz provenía de alguien que parecía muy frágil o asustada como la de una niña. Sintió escalofrío cuando oyó claramente las palabras que decían “déjame, déjame” Sólo eso. Pensó que debía reaccionar, hacer algo, pero se detuvo. De pronto las voces cesaron.
Al día siguiente, después de regresar de su paseó diario llamó a la portera que vivía en el piso de bajo. Una señora mayor, con gesto curioso y aire ajetreado, le abrió la puerta. No sabía cómo empezar, por eso mintió sobre un sobre que esperaba urgentemente. Luego, cómo si no fuera nada importante le preguntó acerca de lo que le preocupaba, si por un casual se habían trasladado ya nuevos vecinos al apartamento de al lado. La mujer levantó una ceja extrañada y se estregó la mano en el delantal sucio. Nada de eso, mijita, ese piso está gafado. La mujer le contó la historia por encima, hacía años que allí había vivido una madre con su hija pequeña, luego la madre se volvió a casar con un tal Martín, un carpintero que vivía ahora en el barrio de Rentería. La madre murió a los meses, nadie supo bien de qué, un cáncer fulminante, parece, por lo que la niña se quedó a vivir con el marido de la mujer. La niña no volvió a ser la misma, empezó a adelgazar, se la veía triste y mira que siempre fue una niña muy alegre, de pronto apenas hablaba, pobrecita no me extraña, después de lo de su madre. Fue terrible, terrible, la mujer volvía a secar sus manos en el delantal blanco en un gesto nervioso. Un día se fue al hotel, este cómo se llama, el que está en el centro y es muy alto, bueno, no sé cómo se llama ahora, se subió a la última planta y se tiró desde el último, piso tenía sólo doce años.
La mujer permaneció callada, luego se disculpó alegando que tenía prisa, no le mencionó las voces de la noche anterior. No volvió a oír las en unos días, hasta casi llegó a persuadirse que había sido su imaginación o el ruido del viento que al entrar por alguna rendija de una ventana le había hecho concebir ese sonido. El viento a veces trae sonidos extraños y confusos.
Pero esa misma noche volvió de nuevo la voz, comenzó como un quejido, como un llanto convulso y agitado, pero más opaco aún, como si saliera ahora desde de el fondo un armario. Tuvo que afinar el oído para escucharla. Decidió armarse de valor y salir hasta el rellano. Se detuvo delante de la puerta del apartamento y toco dos veces. Nadie respondió. Se arrodilló en el suelo y pegó el oído en la ranura de la puerta. Escuchó la voz más claramente: déjame, déjame, repetía la voz angustiada.
No fue difícil dar con el carpintero, le había hecho algún arreglo en la casa de la portera y se acordaba perfectamente del nombre de la carpintería donde trabajaba. El local era una especie de serrería y carpintería de las que ya existen pocas en el viejo barrio de Rentería. Un anciano cubierto de serrín se acercó hasta la mujer haciéndole señas para que entraran en el despacho, una pecera cubierta de polvo, carpetas y un viejo ordenador. El ruido de las de las máquinas se aplacaba algo más allí adentro. La mujer no se sentó en el único asiento que había, se presentó y preguntó directamente por Martín; una amiga se lo habían recomendado y quería que le hiciese un arreglo en su casa. El anciano la escuchó mientras limpiaba el serrín de las gafas, la miró entrecerrando los ojos y salió en busca del empleado.
Cuando entró en la oficina con el mono azul y la mirada atravesada supo que era él. Como si intuyera su espanto el hombre le preguntó si la conocía de algo. Ella negó, Era un hombre alto, de hombros encorvados y mirada turbia y penetrante, la boca desflecada en una sonrisa nerviosa, vanidosa. Me han hablado muy bien de ti, comenzó, de que haces un trabajo muy fino con las cocinas y me apetece cambiar la mía, está muy vieja ya, quiero hacerla a mi gusto. Podrías. El hombre pareció dudar, la miró de lado como si la estudiase para decirle que sí lentamente y casi sin pensarlo. Pero tendría que ser sólo los fines de semana, no podía dejar su trabajo. Quedaron en que empezaría la próxima semana.
Martin se convirtió en una especie de obsesión para ella. Estudios sus hábitos, seguía sus movimientos, se sentaba en la cafetería en frente de su portal y lo veía salir, lo seguía a cierta distancia. Conocía ya su rutina, los bares que asistían, los parques infantiles donde se detenía durante horas. Supo que salía con una mujer de su misma edad, que ésta tenía una hija de unos cinco años. Una tarde le dio el un vuelco el corazón cuando comprobó cómo el hombre asía la mano de la niña al pasear.
Cuando el carpintero entró por primera vez en la casa no mostró ningún signo de turbación. Comenzó por medir las paredes de la cocina mientra escuchaba atento las instrucciones que la mujer le daba y que luego apuntaba en sus cuaderno arrugado con unos dedos finos y huesudos. Ella le ofreció una cerveza fría, el sol del mediodía daba a aquella hora justo en su rostro. Tenía una barba oscura y espesa, una nariz afilada, pudo percibir el sudor metalizado de su cuerpo. Ella le sonrió de forma cautivadora.
Cuando hubo acabado su jornada le invitó de nuevo a otra cerveza, se sentaron en la mesa de la cocina y charlaron de forma distendida, como si ambos supieran lo que querían. Después de una hora, como si el hombre se hubiese dado cuenta de para qué estaba allí se levantó de repente y se despidió con brusquedad.
Esa noche la voz fue más intensa que nunca, se tapó bajo las mantas para no seguir oyéndola, aunque hacía un calor atroz, no podía soportarlo. Ese llanto desconsolado la atormentaba.
El hombre volvía cada fin de semana, religiosamente, siempre se quedaba hablando con ella después de su trabajo. El lápiz detrás de la oreja era el signo de que había acabado su jornada. El último día lo invitó a comer, abrió una botella de vino, y fue ella quien lo arrastró hasta el dormitorio. Cuando acabó le dijo simplemente que se fuera. Luego se duchó, se sentó en sofá, visionó con una media sonrisa la cinta que le había grabado.
Al día siguiente apareció con un sobre bajo la mano en el supermercado donde trabajaba la novia del carpintero. Creo que le interesaría saber algo más de su novio, le dijo y salió sin esperar respuesta.
La portera reconoció la cara de Martín nada más verlo, no se sorprendió porque había soñado con él hacía unos días, venía hecho una furia, quería ver a la inquilina del 5ºD. La mujer carraspeó limpiándose las manos nerviosas en el delantal. Te has equivocado Martin, ahí no vive nadie. Cómo dice, gritó aireado el hombre de ojos turbios. La anciana que había vivido ya muchas vidas y muchas muertes le respondió mirándole tristemente a los ojos, si quieres subimos para que veas que está vacío, pero le aseguro que ahí no vive nadie Don Martín, para qué la iba a engañar yo a usted.
El hombre, sin comprender, convirtió su furia en desconcierto. Una mujer me fue a buscar a la serrería, me encargó que le arreglara la cocina. Se lo aseguro, era una mujer rubia, con unos pechos grandes, tenía un lunar debajo del labio, era muy guapa.
Por lo que me cuenta me hace pensar usted en la última inquilina, se llamaba Marta, no debía de andar bien esa chica, tan triste siempre, se suicidio allí mismo, creo hace justo ahora un año.