El hombre que
aparentaba no menos de ochenta años giró su cuerpo hacia los altos edificios
esquivando el rostro de la mujer. Esta por su parte, mostraba el gesto inquieto
de alguien que quisiera a escapar de un momento a otro. Sentados, frente a
frente en aquella terraza, formaban una extraña pareja. La mujer conversaba
sin cesar sobre asuntos banales, como si temiese dejarse caer en una grieta, en un hueco en su discurso
donde pudiera introducirse algo de verdadera importancia.
El anciano, en
cambio, llevaba rato sin decir nada,
apenas miraba a la mujer concentrado como estaba en la contemplación de
aquel paisaje urbano. En realidad, trataba de buscar las palabras apropiadas
con que comenzar lo que tenía que decirle.
Por fin habló.
-
Sólo quisiera, que antes de morir, si pudieses,
me perdones.
La mujer observó
la piel cetrina del cuello del anciano a la altura de sus ojos. Se dio cuenta
de que si la miraba bien, parecía casi azul, con esas venitas rojas como surcos
en una tierra ajada y mortecina.
Se concentró en esa tierra muerta y trató de no pensar nada, tampoco fue capaz
de decir nada, al menos, no inmediatamente, permaneció en silencio, mirando el
mismo paisaje urbano.
- No odio a
nadie.- dijo de manera casi inaudible
El hombre
asintió y siguió hablando.
-
Era joven, el alcohol... me volví loco. Todos
cometemos errores de juventud..
La mujer se
removió incomoda en su sitio, torció el gesto en una sonrisa amarga.
-
Errores de juventud, seguramente tú también…-
continuó.
Los pensamientos
se agolpaban en su mente, hubiese querido decirle tantas cosas, pero apenas podía
articular palabra.
-
Sólo siento que a tu hija le pasara lo mismo.
-
Oh, pero aquello no fue lo mismo. En realidad,
yo sólo... era muy joven...
El hombre
sostenía la taza de café mientras hablaba con energía renovada. Los labios
amoratados por el frío se concentraban y articulaban palabras que la mujer ya
no oía. Ella permanecía silenciosa, sin inmutarse, mirando ahora el paisaje
desolado de edificios a punto de ser derruidos.
Nunca lo
perdonaría. Lo supo tiempo después cuando estuvo a su lado, junto a su lecho
mortuorio. Nadie podría convencerla de que debía hacerlo. Hay cosas que se no
perdonan nunca, se olvidan, se fuerzan a desaparecer para seguir viviendo, pero
no se perdonan.
La mujer había
comprendido finalmente que él quería seguir formando parte de su vida, incluso,
a través del perdón. Era su manera de poseerla. Si hubiese sentido de verdad
deseos de ser perdonado, pensaba, habría respetado su silencio.
Finalmente, el
hombre se levantó satisfecho, ella lo había perdonado, precisamente porque
nunca podría perdonarle.
La mujer se
incorporó también, había venido a decirle que se iba, empezaba una nueva vida
fuera de la ciudad. El moriría pronto, si embargo, a ella le quedaba mucho camino por delante, exento del
perdón, lleno de rabia y dolor para siempre, pero también de alegría y superación. Esta vez no, no iba a
caer en sus trampas, ya no era una niña.
Arrancó el coche
y emprendió rumbo a su casa. Atardecía, por el movimiento de los árboles al
borde de la carretera supo que era la hora en que la brisa de la tarde da
vuelta a la esquina y cambia el tiempo.
7 comentarios:
No sé cuál es el fondo..pero de igual manera lo conozco..el final es perfecto. Un saludo.
Aunque es un relato podría haberlo escrito yo casi todo como parte de mis "memorias". Tremendo.
Y yo ni perdono, ni olvido y el de "80" años se murió, unos cuantos años después y solo como un perro.
De esto ya hace años y no he sentido remordimiento jamás. Pienso muy seriamente y es mi "consuelo" que el/la que la hace la tiene que pagar. Y en esta vida, que de la otra no ha vuelto nadie ha decirnos cómo es.
Aunque es un relato podría haberlo escrito yo casi todo como parte de mis "memorias". Tremendo.
Y yo ni perdono, ni olvido y el de "80" años se murió, unos cuantos años después y solo como un perro.
De esto ya hace años y no he sentido remordimiento jamás. Pienso muy seriamente y es mi "consuelo" que el/la que la hace la tiene que pagar. Y en esta vida, que de la otra no ha vuelto nadie ha decirnos cómo es.
¡¡¡A sus pies maestra!!!
Un besote
que bestia soy. Eso me pasa por escribir deprisa y corriendo (como lo hago todo, por otra parte):
A DECIRNOS CÓMO ES
(voy a flagelarme un rato)
Dejà vu.
Prefiero no pensar.
Besos.
Casi inconscientemente el perdón acaba reinando y prevaleciendo en los últimos momentos.
Siempre es un gusto leerte :))
un abrazo
Publicar un comentario