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El hombre perro de la
Habana
Querida amiga:
Después de recorrer
tanto, de llegar hasta playa Girón, de dormir en Playa Larga o en la Costa de
los Mosquitos, de atravesar Cienfuegos y la bella Trinidad, regresamos a la
Habana para encontrarnos de nuevo con el “hombre perro”.
Allí estaba, se
lo aseguro, entre la calle L y la Veintiuno, rodeado de perros (treinta y cinco
para ser exactos) y una montaña de libros que llegaba al
techo, en medio de aquel almacén oscuro y trancado con una cancela de
madera baja para que no se escapasen los perros pequeños. Y heme aquí con
este Quijote revivido y mortal, que me hizo recordar a
usted.
Se lo aseguro, que no
miento ni exagero. Fue tal la fascinación que ejerció sobre nosotras aquel
hombre humilde y sabio que volvíamos a aquella librería, albergue de
perros abandonados, rastrillo de libros imposibles y almacén de las maravillas,
todos los días restantes que permanecimos en La Habana. No sólo porque en aquel
lugar podíamos encontrar todos los libros que quisiéramos– el hombre
perro podía encontrar debajo de aquella montaña de ejemplares cualquier autor
que nombraras–, sino porque en medio de ese perfecto caos, en
aquella biblioteca soñada, entre canes expectantes de toda clase y cachorrillos
recién nacidos, estaba él, el hombre perro, mirándote, como si te preguntase
con aquellos ojos, los más dulces que jamás vi. ¡Con qué delicado amor
agasajaba a sus amigos perros! ¡Con qué cariño les hablaba a las
abandonadas criaturas! Todos tenían su hogar allí, todos tenían una historia:
el perrito cojo, el sarnoso albino, el viejito ciego, la celosa perra madre de
cachorros ajenos... Todos viven y moran en aquel almacén de otro mundo.
No deje de visitarlo si
se decide finalmente a pasar por aquí. No se arrepentirá, no sólo porque este
Quijote viviente es capaz de encontrar entre esa torre de Babel cualquier
ejemplar, inédito, firmado, descatalogado, que usted desee
encontrar, sino porque es el más hermoso, disparatado, lúcido y
encantador ser humano que pueda usted llegar a conocer. Él fue el culpable de
que dejase la mitad de la ropa en ese almacén de libros para hacerle espacio a
los libros en la maleta. No me arrepiento, me llevo a Pedro Juan
Gutiérrez, el autor de la trilogía sucia de la Habana, unas cuantas
novelas de Padura, cuentos completos y poesía de Virgilio Piñera,
cuentos eróticos de autoras cubanas, y otros tantos escritores cubanos
desconocidos para mí y recomendados por el hombre perro.
Porque, amiga mía, Cuba, como todos estos libros que esperan en mi
mesilla para ser leídos, es un país que nunca se acaba de
descubrir.


