domingo, 5 de mayo de 2019



Los ojos de mi madre

Vuelvo a casa, madre,
busco en tu mirada
intentando saber quién soy.
Pero tú ya olvidaste quién eras,
y me miras como si no me conocieras.
Perdida en una isla desierta
a donde no puedo llegar.
Aún no.
Los  ojos fieros de mi madre
se han perdido para siempre.
Se ha hecho amiga de la muerte.
Ahora eres tú, madre,
la niña rebelde
jugando con las olas de la muerte.
Los ojos de mi madre
son dos cuencas vacías
donde  caben  todos los infiernos,
todas las batallas perdidas,
todas  las derrotas,  
lágrimas secas.
Y al fondo la niña ahogada,
y la tierra que se abre ante ella
como cráter negro.
Me pide, me suplica, que la lleve al otro lado,
como si yo fuera valiente,
y no viese  los ojos, el  animal fiero,
la luz que se va apagando,
el desvarío de la razón.
Entonces, la vida era esto:
volver a ser niños locos,
desgastados de todo,
el cuerpo agrietado,
las carnes abiertas
la piel  tan fina como cebolla.
Mi madre nunca me vio,
tal vez un instante,
con sus ojos desvaídos y locos.
¿En qué barco zarpó que no puedo alcanzarla?
¿A qué isla remota?
¿A dónde navegó ya olvidada de todo?
Acaso cabalga libre
en los campos de  la infancia

2 comentarios:

Fackel dijo...

La vida, en efecto, era, es, eso. Y más: un engaño donde todos y cada uno somos hacedores del mismo y a la vez víctimas propiciatorias. Pero una manera de conjurar pérdidas, fortunas adversas, confusiones y errores es precisamente escribir. Ese poema generoso -memoria, ajuste de cuentas, evocación, invocación, justicia poética- que tú practicas. Gracias.

على جمال dijo...


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