
¿Crees que un niño no puede ser perverso? ¡Ja¡. Aún tienes suerte, no has tenido la ocasión de conocer a uno como yo. Mírame, te mentiría acaso. Sí, creo que hay niños malos, niños perversos. Quizá el mal está más cerca de quien más sufre, contrariamente a lo que dicen los cristianos. Sufre y de ellos será el reino de los cielos. Mentira. No, sufre y estarás más cerca de ser atrapado por instintos destructivos y dañinos. Algunos, escapan a ella como Jonatah pero otros no, como Héctor.
Hector sufrió nada más nacer, los hospitales fueron su segunda casa. Es un niño feo, pequeño, de cuerpo enclenque. Tardé en acostumbrarme a su cara. Tiene el rostro alargado, las cejas juntas, la nariz fina, la boca pequeña de labios delgados y contraídos. Solo tiene un ojo, en el lado donde debía estar el otro no había nada, sólo una cavidad que a veces me parecía oscura y a veces una bola blanca. Digo que me cuesta mirarlo, suprimir el asco que me produce y no exagero. Hago grandes esfuerzos por controlarme y no apartar la vista de él. Hasta ahora lo voy consiguiendo.
Cuando supe que tenía cáncer y que esto le había llevado a perder el ojo, sentí lástima de él, no podía dejar de reprocharme no tener el suficiente estómago para mirarlo de frente y no detenerme en esa cuenca vacía. Sin embargo, esta conmiseración duró lo que tardé en descubrir que me hallaba ante un niño perverso y dañino.
Hector, era listo pero no era aplicado, tenía sin embargo una gran competitividad con sus compañeros y un afán de notoriedad que le hacía querer estar en todos los tinglados antes que nada, a costa de lo que sea y de quien fuera; por lo que no dudaba en copiar ostensiblemente de Internet, falsificar las firmas de sus padres o coaccionar a algún compañero para que le pasara los tareas de clase.
Al cabo de unos día comencé a darme cuenta que yo no era la única a la que producía ese sentimiento encontrado de repulsión y lástima. Los compañeros, incluso los mayores que él, los mismos que eran humillados e insultados por Hector, no osaban decirle ni una palabra más alta que la otra. Hector era un intocable, una especie de líder en la desgracia o en la maldad. Sabía detectar las debilidades de los otros y aprovecharse de ellas en su favor.
Por todo eso, el estado de piedad que suscitó en mí en un principio se ha ido convirtiendo en miedo y espanto al descubrir la verdadera personalidad de mi alumno.
- Eres muy astuto- le dije un día- porque no aprovechas esa astucia para aplicarla en tus estudios.
Me sonrió ladinamente, mirándome retador y fijamente a los ojos. Calculaba milimétricamente mis estados emocionales buscando inútilmente exasperarme. Esa mañana estaba especialmente tranquila, decepcionada quizás, después de ver lo poco que se esforzaban en los exámenes.
- Pero yo estudié- concluyó como todo argumento.
Lo miré un instante, tratando de desviar mi atención hacia el ojo derecho, si caía en el izquierdo corría el riesgo de hundirme en aquél pozo de podredumbre y espanto.
Le enseño el examen emborronado, tan oscuro y menguado como su propio rostro. Los rayones rojos como heridas son las faltas de ortografía.
De pronto entra en cólera y me arranca el examen de la mano. Grita enérgico. En ese momento el director se asoma.
- Métase el examen por el culo, zorra.
- ¡Fuera¡. ¡Póngase fuera de la clase¡- le digo temblando por dentro y tratando de atemperar mi estado.
Antes de marcharse mira sonriente a los alumnos. Victorioso. Calmado, extrañamente calmado. Se incorpora despacio, estira la cabeza erguida, el cuerpo menudo como un gallo de pelea, se pasea desde su asiento pavoneándose y me mira sonriendo.
Afortunadamente, ese trimestre llegó Jonahtan procedente de Cali. Era el extremo de Hector, amable, risueño, simpático. Como llevaba tanto retraso escolar lo senté muy cerca de mi mesa. Jonathan me contó su vida en Cali, la muerte de su madre a manos de unos pistoleros, la miseria que había sufrido.
Esa misma mañana en el patio tuvo un altercado con Héctor y del que solo supe de oídas pero esta vez, y contrariamente a lo que siempre sucedía, Jonathan no se amedrentó. En la clase noté que Hector lo miraba con su ojo atento y mezquino, entrecerrando fuertemente los labios, rojo de ira. Sentí un escalofrío recorrerme la espina dorsal.
Al acabar la clase Hector vino a mi mesa sonriendo desde la cuenca del ojo vacío.
- ¿Seño, por matar a un negro hay la misma pena de cárcel?




















