Descubriéndote



Desde la cama oía a su mujer ir y venir ocupada en las tareas de la casa, recogiendo lo que los chicos tiraban, en un vaivén monótono del salón a la cocina. Había intentado leer pero las letras se le escapaban borrosas y sin sentido. Se fatiga a causa de la fiebre, así que, solo podía estar allí, acostado, avistando a su mujer, en un duermevela pesado. Se acordó de su madre, de cómo reposaba su mano en su frente cuando estaba enfermo para calcular la temperatura. Se dio la vuelta como si apartarse un dolor antiguo. Nunca le había perdonada que se casase con Isabel. No le dijo nada, pero no hacía falta, aquella mirada que sólo sabía poner con él, de mujer ofendida, de dama destronada, lo decía todo. Pobre mamá, hasta el último momento sostuvo su actitud hostil, defensiva, como si la hubiese traicionado en lo más profundo de sus convicciones.

Ya no oía a su mujer. Tosió. La llamó bajito. Qué hora seria. Se había quedado dormido y había soñado con su madre, que estaba aún viva y lo miraba fijamente mientras dormía. Quizá fuera así, y desde donde estuviese lo mirase ahora, débil, enfermo, triste. Llamó de nuevo a su mujer. Dónde se habrá ido.

Recordó la primera vez que la vio, ese instante había sido grabado a fuego en su memoria. Fue en un cruce de esquina, cómo olvidarlo. Él iba como siempre, cargado de libros, atolondrado, mirando al suelo, por eso tropezó con ella al doblar la esquina. Se le cayeron los libros. Entonces miró a la mujer de melena larga y negra cubriéndole la mitad del rostro. El corazón se le agitó, se disculpó, volvió la vista para verla alejarse, con aquella chaqueta de hombre demasiado larga para ella y aquella sonrisa enigmática, como si descubriese sus pensamientos. Fue como una aparición o una premonición que le desvelaba una certidumbre, la extraña sensación de que aquella mujer guardaba un secreto que debía descubrir.

Sin embargo, ella nunca recordó ese primer encuentro, por más que él insistía en los momentos de extrema intimidad, cuando el corazón se vuelve poroso y tierno como los primeros días. Ella negaba. No se acordaba de nada.

Sintió escalofríos, debía incorporarse, salir de aquella melancolía postrante. Sintió un cansancio terrible de años acumulados ahora en su cuerpo, como si ella, mantis religiosa, hubiese libado toda su energía, mientras que él se devanaba en un trágico e inútil empeño en descubrirla. Si al menos, recordase el momento en que tropezó con ella en aquel cruce de la esquina.

Pero ella no creía en el destino, en realidad, ella no creía en nada. Cómo podía haberse enamorado siendo tan diferentes. Se revolvió en la cama. Respiraba con dificultad, como si una loza pesada le oprimiese el pecho. Sentía galopar su cerebro a un ritmo enloquecido. Pero su cuerpo permanecía inerte, la voluntad y las fuerzas muertas sobre la cama. Pensó que deliraba, que todo era producto de las telarañas del delirio que lo acechaban, que lo mortificaban, porque se sentía débil, derrotado de un zarpazo. La quería, era la fiebre. La fiebre es un virus que ataca a la moral.

Se levantó despacio y se fue al baño. Abrió la tapa del water y orinó. Volvió a la cama tiritando, maldiciendo el frío. Pensó que el cuerpo enfermo se impone dominando todo lo demás. El cuerpo, que nos recuerda qué somos, y fue cayendo en un sueño profundo.

Cuando se despertó la oyó, camina sigilosa, como si temiese despertarlo y siente un sordo desprecio hacia ella. Se tapa la cabeza con el grueso edredón, como cuando era niño y permanecía inmóvil, haciéndose el dormido, imaginando otros mundos. Pensó en un instante qué hubiese sido de su vida si no la hubiese conocido, si pudiera volver al cruce de aquella esquina y decidiese no mirarla.

Divisó las viejas calles de su ciudad. El sol dominante del mediodía. La claridad blanca de las casas. La quietud de la isla. La misma sensación que le embargaba cuando volvía allí, que el tiempo no pasaba, que nada cambia nunca nada. Se vio andando por la calle, con los libros bajo el brazo, la cabeza baja. Sabe lo que va a pasar en ese instante. Un tropiezo leve y la verá. Pero esa mañana está aturdido, reconcentrado en sus pensamientos y esta vez no levanta la cabeza, no la mira. Musita un perdón escuálido y sigue adelante, sin mirarla de frente, sin mirar a la desconocida que sigue su camino.

Se ahoga en su respiración atormentada, por eso se destapa bañado en sudor. La puerta se abre, sigilosa. En la penumbra descubre la cara de su madre que lo mira.

Comentarios

Lena ha dicho que…
como siempre, me gusta lo que escribes!
Carina Felice ha dicho que…
que me he quedado sin aire, por favor mujer, que intensidad en el relato.
Ufff!!!!
un abrazote desde esta pampa.
muack!
Mayela Bou ha dicho que…
He venido a tomar el cafè a este otro blog tuyo y tambien me ha gustado! lo leere despacio
Besos!