Dónde te has ido



Asciende el cerro inhóspito, frío. El invierno se ha adelantado y la nieve fundida entre el ramaje lagrimea sin cesar. Un viento iracundo serpentea y hace gemir las hojas de los árboles. Thomas Hackison galopa sin parar entre las sombras, sorteando los pantanos y las ánimas. La bruma desciende hasta cubrir las patas del caballo que relincha. Sabe que el animal está exhausto y no caminará más. No tiene más remedio que abandonarlo a su suerte y continuar la marcha, enfebrecido.

Tomas Hackison tiene los ojos enrojecidos y la mirada encendida como un animal enfurecido. Lleva dos noches y un día cabalgando sin parar. Va a su encuentro a través de las sombras, sin más guía que su incendiado corazón. No descansará hasta verla. Tropieza y cae sobre las piedras del camino. Sobre su frente se ha abierto una brecha por donde corre un hilillo de sangre roja y espesa.

A veces, se detiene para lanzar un grito que quiebra los montes y estremece al páramo a su paso. Ha dejado la hacienda atrás, al amparo de los criados descuidados; ha desertado de la contienda de los hombres y se interna en el mundo de las fieras. Asciende el monte escarpado, sin detenerse ante los espinos que rasgan su ropa ni ante la noche ni el viento frío. Resbala, una y otra vez, hundiendo las manos como garras en la tierra húmeda.

En la aldea, la gente dice que el viento de tramontana vuelve loco a los hombres y desata delirios. Será por eso que él ha vagado durante días en la hacienda como una fiera encerrada, junto al féretro de la amada; y ha perdido la cordura y reniega de dios y de todo lo divino.

- Espérame- le dice al aire- soy el que te ama; más allá de la vida, más allá de la muerte.

La niebla cubre de una espesura blanquecina lo alto del monte y Thomas Hackinson ya no distingue nada; pero no lo necesita, tiene una sola guía que es la que le alumbra. No se detiene, continúa ascendiendo, a cuatro patas, haciendo rodar musgo y piedras a su paso. Cuanto más asciende más olvida su condición de humano.

Espérame- le dice a las sombras- estoy llegando.

Pero solo aúllan las ramas en el fragor del viento. Ruge, el rostro ensangrentado, enfundado aún en su piel de hombre mientras se va deshaciendo de la vestimenta que le cubre.

Grita su nombre entre la niebla cuando llega a lo alto. Brama, desafiando las leyes del universo, y contempla con desdén el abismo que se abre a sus pies. Entonces siente que ella está ahí, detrás de él. Percibe su presencia con una certeza que no es de este mundo.

Una loba blanca lo mira con la luna nueva en los ojos. La bestia, con paso quedo, se acerca y lo mira a los ojos reconociéndolo.

-Mi amada – le dice aullando.

Entonces su espalda cruje, y se doblega; los pies y manos convertidos en patas sobre la tierra. La piel se transmuta en pelaje, y su rostro, de fiero hombre, adquiere, de pronto, la dulzura de la bestia.

En noches donde tramontana ruge, aún se puede distinguir entre los pedregales del cerro, cuando la niebla se ha ido, el aullido de los lobos y la sombra de sus almas corriendo en un mismo sentido.

Comentarios

Allicia ha dicho que…
Una bella historia de amor de un hombre lobo. Me gusta cómo lo has transmitido. Y de paso, felicidades por tu blog. Es muy interesante.
Un saludo
Nefer ha dicho que…
A veces un aullido dice mucho, más que mil palabras...