Baño relajante de espuma. Lo necesitaba, ha sido un día agotador. Aún así, hoy ha estado mejor, aunque me tocó con 1 D a última hora. Me esperaban en la puerta. Últimamente pierdo llaves, me hago un lío con las llaves, desaparecen en un bolso demasiado grande o demasiado lleno de cosas.
Entré en la clase con las evaluaciones iniciales en la mano. A aquella hora infame era una especie de venganza por el día de ayer, entrar con aquellos cuatro folios grapados, lectura de un simple texto, “el elefantillo” una lectura comprensiva, sustantivos, géneros y números. Ni siquiera lo miré. Las cosas del departamento. Hoy entró el jefe cuando comenzaba la clase de 1B, vas muy deprisa, qué le estás dando, para qué le pones el power point, me expetó con los ojos muy abierto.
Había una mirada de pánico en sus ojos. Francisco es un hombre encadenado a sus preceptos, a su método, no es mal tío, sólo que les asusta todo lo que sea innovar.
- Para qué usas tanto ordenador – me preguntó dirigiéndose a mi mesa mientras se sentaban los chicos.
- Para que no se aburran tanto.
- Pero es que aquí se viene a aburrirse.
Debí mirarlo con mi mayor cara de espanto. Se viene a trabajar, intentó rectificar, tienen que aburrirse. Ahora pienso que es él quién se aburre. Es un maestro a la antigua usanza. Le importa la buena letra, las sangrías, que aprendan a conjugar y a estar callados. Debe estar cerca de los sesenta. El año pasado sufrió otro amago de infarto. Estaba tirado en el despacho del director en el suelo. Mi compañera de departamento lo cogía de la mano. Yo me quedé con la clase y con sus alumnos, algunos de los que tengo de nuevo este año en primero.
Aaron, Azael, Aitor, ¡cuántas a¡. Me asombró la capacidad de trabajar del resto, salvo de ellos. Querían rapear, hablar, hacer lo que no habían hecho en otras clases. Finalmente tuve compasión, les dije que si acababan al menos tres ejercicios hacíamos otra cosa. Azael acabó cinco ejercicios en cero coma dos segundos. Mi insatisfacción venía de la hora del recreo, los había dejado castigado sin recreo por la clase de ayer y no había nadie en la sala de penados. Les dije que el lunes lo cumplirían. Me he enterado de que Aaron no vive con sus padres sino con sus abuelos y que su madre anda desaparecida. Le dije;
- voy a llamar a tu madre como sigas sin hacer nada.
- Si usted la consigue localizar le doy cinco euros. – me respondió impasible.
- ¿Por qué? ¿no está en tu casa?- le pregunté.
- No, y nunca me coge el móvil, no me quiere.
Mire su cara morena, de cabrero, de pastor de cabras, me pareció más niño aún.
- ¿Y tú padre? Le pregunté.
Entonces se llevó la mano al pecho y la otra señalando el techo del aula alzó los ojos al cielo. Tiene unos ojos avellanados muy bonitos, de talle alto y elegante.
La última media hora inventamos historias en común, a esas horas del mediodía, al final de toda la jornada laboral, era todo una hazaña. Azael inventó una historia gore en su línea pero con mucho estilo. No tiene buena relación con su padre. Lo descubrí el primer día cuando frenética le anuncié que iba a hablar con él.
- llámelo pero mi padre es un hijo de puta, no le da la manutención a mi madre, cuando yo voy a su casa los fines de semana le robo dinero, abro la gaveta, veo cinco euros me los llevo, veo cincuenta, lo cojo y se lo doy a mi madre.
Suspiro. A fin de cuenta, ellos también son pequeños héroes cotidianos.
Pintura: Gustav Klint "detalle de las edades de la mujer"