
Era un pueblo pequeño, demasiado pequeño quizás para la medida de su corazón. Porque ella estaba destina a ser alguien importante. Al menos eso es lo que pensaban todos los que la conocían en aquella época. Sin embargo, no podía recordar cuando empezó a desmoronarse las inmensas expectativas que todos tenían en ella. Incluso algún profesor se habían acercado hasta su casa para hablar con una madre esquiva y severa. No debe usted dejar que este talento de su hija se malogre le dijeron en una ocasión. Pero la madre agradeció tan sólo lo que creyó un cumplido educado, no en vano la niña estaba en la cama con anginas, pero se sintió aliviada cuando el profesor desapareció por la puerta. Cómo iba ella a hacerse cargo de los estudios de su hija. Era una pena, se dijo, pero probablemente no podría seguir estudiando, quién le iba a pagar la estancia fuera de la isla. Era imposible, imposible, se decía.
A pesar de ello, durante todo el día no pudo olvidar las palabras del profesor. Mientras cortaba las verduras que iba echando en la caldera no podía apartar esta idea de la cabeza. El desembolso económico era excesivo, pensaba, apenas llegaban a fin de mes. A estos pensamientos se unían el recuerdo de su propia frustración al no poder estudiar. Su madre más pobre de lo que era ella ahora, la había puesto a trabajar cuando apenas tenía ocho años, le reconcomía el estómago imaginar la repetición del mismo destino para su hija.
En un momento hizo el repaso de todo lo que había conseguido desde que salió del pueblo para casarse cuando apenas tenía tres vestido y un par de zapatos viejos. Miró los muebles de la cocina que había adquirido a base de préstamos y pensó que nada de lo que tenía valía la pena si su hija mayor no podía estudiar por falta de dinero.
La niña se levantó al tercer día, con el rostro más afilado a causa de la fiebre y la pérdida de peso. La miró pensativa mientras desayunaba sin dejar de pensar en todo aquello.
Por otro lado, Marita, había sabido que su profesor la había visitado mientras estaba enferma y estaba ansiosa por llegar al instituto. Le gustaba especialmente la asignatura de lengua y literatura y su manera de impartirla. Se bebió la leche caliente y salió dando pequeños saltos hacia casa la de su amiga, quien le contó por el camino lo que había dado en aquellos días de ausencia.
Ese día el profesor explicó con entusiasmo el papel de la Celestina en la obra de teatro, pidió voluntarios para hacer una interpretación en clase. Marita supo entonces que el profesor había esperado a que ella se recuperase para hacerlo, le encantaba ese personaje, descarado y salvaje que se deleitaba con el placer de los demás. Aunque aún no entendía el significado de aquellos sentimientos, la vieja alcahueta se le antojaba una mujer llena de experiencia y sabiduría, alguien a quien un día le gustaría parecerse.
Levantó la mano para prestarse voluntaria. Cuando leía sentía que el corazón se le encendía y que en el pecho se le abría un infinito de perspectivas futuras que la lanzaban a un vuelo cálido y ligero donde su cuerpo no pesaba. La clase le aplaudió con enardecimiento. Cuando salió del instituto no sabía nunca más volvería a sentirse así, pletórica y ligera, como si tuviese alas en los pies.
El viento de la ribera llevaba un leve olor marino que parecía descender desde las nubes a las casas y a sus gentes. Quizá, era la primavera que olía a sal o que el mundo, a esa edad, era perfecto y bien hecho.
La madre la escuchaba en silencio, auscultando el rostro de la niña que le decía exaltada que el profesor de literatura le había pedido que hiciera de canguro esa tarde porque iba a salir con su mujer. La madre la miró de frente y pensó en cuánto había crecido la niña, ya tenía cuerpo de mujer y era muy guapa, aunque ni ella misma lo sabía. Suspiró y consintió, recordaba su propia inocencia mancillada por las penalidades de la vida y el duro trabajo que había tenido que llevar para seguir adelante siendo viuda. En un instante temió por ella y por esa exhuberancia oculta que asomaba y que, como una sombra se cernía sobre ella. No es bueno para una niña. Ojala no sufra.
Marita llegó a la casa de los profesores e hizo todo lo que le indicaron, jugó con los pequeños a perseguirse por toda la casa y luego los puso a ver un video, para así poder curiosear por toda la casa, cuántos libros en las estanterías y qué bonito lo tenía todo y qué grande nada que ver con su casa. Leyó cada uno de los lomo de los libros en las estanterías intentando retenerlos en su memoria para un día poder leerlos.
El profesor la encontró así de píe frente al estante de la biblioteca ladeando la cabeza hacia la izquierda. Marita se sobresaltó pero el sonrió acariciándose las barbas como recordó que hacía el Cid también cuando algo le agradaba. No sabía qué decir, debía haber estado con los niños. No los oyó entrar, debía haberse abstraído tanto. Pero su mirada la tranquilizó. Siéntate le dijo, y los dos ocuparon un lugar entre cojines en el suelo. Siempre recordaré estos momentos, esta atmósfera se decía, esta familia de niños tan inteligente, y a éste mi profesor de literatura en particular.
Eres una chica muy especial, le dijo el profesor. Marita se sonrojó, nunca nadie le había dicho aquello. En realidad, ella pensaba que eran ellos los especiales, con aquella casa tan grande con aquella belleza por todas partes. Pero no dijo nada, sonrió sin saber qué decir. El profesor tenía algo que decirle, conocía aquella forma de hacer esperar a la clase, antes de decir algo, nunca sabía si meditaba demasiado o era un recurso teatral para crear mayor expectación en el público.
Entonces Marita oyó aquello que nunca antes había oído, aquello que había tantas veces había soñado antes de dormirse en la penumbra de su habitación, o quizás aquello que soñaría un día cuando de verdad se enamorase. Pero que nunca esperó oír de la voz de su profesor, porque una niña nunca espera que un adulto le diga que está enamorado de ella.
Por esa razón no supo qué responder ni hacia donde mirar, ni qué sentir, tan sólo una embarazosa sensación de ahogo y de calor que le inundaba por todo el cuerpo. Y aunque el profesor le dijo que nunca la tocaría, que había formas de hacer el amor sin tocarse, que el taoísmo era así y otras sandeces, ella sintió que algo crujía en su interior que el mundo se había inevitablemente dividido en dos para siempre y que, de alguna manera brutal y simple, nunca más regresaría al lugar en donde había estado hacía unos segundos.
Sintió lástima del profesor que lloraba a su lado sin rozarla y una sensación oscura de culpa imprecisa la invadió de repente. Entonces el peso de la culpa, de una culpa inmensa, abisal, intangible y aún no definida, porque no sabía bien si era el culpable su cuerpo o su manera de ser la que había despertado esa pasión inusitada en el profesor, la devoró lentamente. Por eso se levantó, sin decir palabra sin mirarlo, deseando no herir al hombre que lloraba a sus pies. Temblando aún y siendo consciente de la pasión que despertaba odio poco a poco y de forma lacerante esa parte de sí que desconocía, y que había provocado ese sentimiento en él y que, de alguna forma, y sin saberlo ella había provocado.
Cuando llegó descompuesta y trastornada a la casa sólo deseo que su madre no advirtiese esa mancha oculta que la oprimía. Mientras le calentaba la leche para la cena pensó que el lunes podría ir al banco, tal vez le dieran un préstamo para que el próximo año pudiera ir a la universidad. La miró de reojo mientras bebía el tazón de leche caliente y, aunque percibió la mirada huidiza de la muchacha, suspiró y no dijo nada
FIN
Imagen "Therese revant" de Balthaus.
Construído a partir de la frase de Isabel
(http://cosasdeciudad.blogspot.com/) "adolescentes sin futuro"