Constance



Me enamoré de Constance en una tarde triste. Me embargaba por aquél entonces el recuerdo de un atormentado amor al que no había podido olvidar. Ese día paseaba con un amigo quien se había ofrecido a acompañarme a airear mi melancolía cuando la ví, atenta a mis movimientos. Desvié mis ojos de ella, no sin antes asombrarme de haber suscitado tanta curiosidad sobre mi tan atenta estaba a mi tristeza

Quizás sea la vanidad la que nos hace ser arrojadas a las tímidas, porque pasamos el resto de la tarde cruzándonos miradas, olvidándome de mi amigo que pasó la tarde acodado en la barra porque resultó que ella trabajaba allí de camarera. Ese mismo día, llevada por el exceso de alcohol o por mi afán de olvidar ese antiguo amor le pedí una cita. La principal dificultad, pero no insalvable, era que ella hablaba alemán y muy mal el español. Así que tuvimos que ingeniárnosla con un somero inglés que fue mejorando a base de un nuevo diccionario y algunos desencuentros.

Constance era alemana, y tenía poco más de veinte años. Su pelo era de color rubio cenizo y su piel tan blanca que parecía cristal, enmarcado en unos ojos azules y luminosos. Sin embargo, sus manos eran duras al tacto, secas y arrugadas como las de una anciana. Esa ambigüedad entre la suavidad cristalina de su mirada, sus labios carnosos y su tez finísima, contrastaba extrañamente con sus manos avejentadas, las cuales a veces me detenía a mirar y que ella escondía frecuentemente. Constance me contó que pasaba la mitad del año en la isla y la otra mitad en Alemania. Por mi parte, le conté que era oriunda de la isla pero que vivía en Paris.

- Cuando acabe el verano- le dije, esperando que la cercanía de la fecha me diera suerte- volveré allí.

- ¿a Paris?

La miré, habíamos detenido el coche junto al mar, yo miraba la transformación del atardecer de los colores en un cielo azul que se convertía en malva. Su rostro mostró de repente una hostilidad inusitada, tal que si le hubiese contado que me iba a pasar unas semanas en la cárcel. Miré sus manos que parecían, bajo la luz, más arrugadas y blancas. No supe qué decir. En realidad explicar porqué vivía en Paris y no en cualquier otro lugar del mundo me hubiese llevado muchas horas de día, así que pensé sólo en decirle que Paris era un lugar como cualquier otro, o simplemente que la belleza de su ciudad valía tanto como para aguantar a los franceses; finalmente, le respondí lo que creí que ella quería oír.

- Tengo allí a una amiga.

- Ah...ok. - Entonces supe por su mirada que había creído que era una amiga íntima.

Por lo que me volqué rauda a explicarle que mi amiga era sólo eso. Alguien con quien compartía piso y gastos. la había conocido una noche en un bar de mujeres, era hija de inmigrantes españoles y convinimos en que compartir piso era la mejor forma de ahorrar gastos y llevábamos dos años viviendo en su estrecho apartamento en Montmartre. A Constance pareció convencerle la explicación. Esa noche no nos dimos ni un beso. Ni aún los días restantes, una semana antes de irme de la isla me atreví a robarle uno. Constance reaccionó de forma inusitada, quedándose tan sorprendida y tensa que no pude más que precipitarme en encontrar una disculpa.

- “I’m not lesbian”- me dijo a modo de respuesta.

Entonces fui yo la que me quedé tan inmóvil como una estatua de cera. Sin embargo mis ojos debieron mostrar tal grado de desconcierto que no pudo más que replicar.

- “Ich weis es nich”

Fue la primera frase que aprendí en alemán. Ich weis es Nich. (No lo sé). A partir de ese momento lo oiría constantemente de boca de Constance.

El verano en la isla acabó con muchas tardes en el coche mirando el mar y algún que otro beso casto de aquella intrigante mujer que me repetía como el vaivén de las olas: Ich weis es nich, Ich weis es nich.

Pero las vacaciones llegaron a su fin y yo me tuve que ir a mi lugar de residencia. No obstante, Paris ardió de cartas de amor entre Constance y yo. Algunos días nos llamábamos por teléfono para decirnos que nos echábamos de menos y nos queríamos, bueno, a veces sí y a veces no, dependiendo del viento y de su alma dubitativa.

Por fin parecía haber olvidado el viejo amor y ahora estaba atrapada por la frialdad e indecisión de aquella muchacha triste. Estaba dispuesta a que viniese a conocer mi ciudad. Así que, con esfuerzo y algún trabajo extra, ahorré algo de dinero para poder instarme sola en un pequeño estudio cerca de la Plaza de Clichy.

Desde la ventana de mi nuevo y moderno estudio de dos piezas podía contemplar las ventanas de los edificios de enfrente. En una de ellas una mujer escribía en un ordenador. Constance, después de todas mis peticiones, había decidido, finalmente, pasar por París antes de volver a Alemania. Así que bien valía que el sesenta por cierto de mi sueldo se fuera en ese espacio frío y moderno en el que ahora esperaba.

Sin embargo, nunca conté con que a Constance no le gustara Paris y no disfrutara con la belleza del arte de sus calles y edificios. Desde el primer momento mostró rechazo a la ciudad. No quiso pasear por el Sena, ni mostró el más mínimo interés por todo lo que yo le mostraba orgullosa. Era como enseñarle un cuadro a un ciego, donde yo veía un mundo de posibilidades y beldades ella sólo veía calles atestadas de gentes y coches. En realidad, Constance era una campesina que añoraba los verdes pastos de su tierra.

Esa noche fue la primera vez que dormimos juntas. Pero nada sucedió entonces. Constance continuaba en su eterna duda, rehuyendo cualquier tipo de contacto íntimo. Esto, como era de suponer, me enardecía aún más y me llenaba de una pasión incontrolada. Creo que fue sólo esto, y no otra cosa, lo que hizo que me enamorara locamente de ella.

Porque antes de acabar el otoño abandoné mi amado Paris para seguirla hasta un pueblo frío y pequeño al sur de Alemania, a un lugar tan frió y pequeño como sólo lo pueden ser los pueblos de Alemania, con su plaza en medio, su iglesia, su supermercado y una taberna donde una joven extranjera que dominaba apenas el idioma pero tenía una sonrisa amplia, era casi la única atracción del pueblo. Cada noche, al finalizar mi trabajo regresaba por el mismo camino hacia la casa que compartía con una muchacha extraña y trágica, anhelando encontrar un abrazo apasionado y tierno y sólo me encontraba con una mujer de manos arrugadas y el gesto tenso por mi deseo.

El invierno llegó y con él la espesa y blanca nieve en los jardines de aquel pequeño pueblo. Constance seguía tan fría e inamovible como el último verano. Aprendí a quererla en sus silencios, pero no podía dejar de entristecerme y sentía que me desvanecía en la niebla ante aquella inhibición de una parte de mis sentimientos. Dormir con ella era a todo lo que podía llegar a aspirar. Oler su pelo, abrazar su cuerpo. Nada más allá de su ombligo me era permitido tocar.

Mis requiebros no eran por ello menos, pero ante estos, la respuesta era siempre la misma: Ich weis es nich. Y así me fui, poco a poco cnsumiendo, bajo el frío polar de los abetos pintados de blanco, en un deseo cercenado, reprimido; preguntándome si era acaso que en realidad no le gustaba o si su era quizás su represión la que la llevaba aquél grado de crueldad. Por lo que en un impulso de la voluntad que sólo me asiste cuando sé que estoy a punto de perder la dignidad, me mudé a vivir sola a un apartamento a sólo unas calles de su casa.

No podía seguir así. Sin embargo, seguía. Me armaba de paciencia. A fin de cuentas, qué otra cosa podía hacer en aquél pueblo donde la máxima diversión para los jóvenes era salir al bar a beber grandes jarras de cervezas hasta caer rendidos sobre la barra donde yo servía copas. Cada noche al echar el cierre volvía a casa por el mismo camino, atravesando la plaza desierta. Un frío gélido me atravesaba el corazón.

Un día Constanze me contó en un extraño amago de confianza lo que creí el origen de aquél miedo o rechazo al sexo, siendo niña, me dijo, el novio de su madre había abusado de ella. Su madre nunca lo supo, sin saber lo que iba a suponer para el resto de su vida, le ahorraba así la vergüenza que ella cargaría bajo el peso de la culpabilidad y un miedo visceral hacia todo lo que suponía contacto carnal. Después de contarme todo aquello, la quise aún más, comprendiendo de pronto aquellas extrañas manías suyas, como lavarse constantemente las manos, de forma impulsiva y sin cesar, como si quisiera arrancarse la piel.

Una madrugada una bola de acera atravesó los cristales de mi apartamento, rebotando en el cuarto donde dormía. Me despertó el ruido del estruendo y unos pasos corriendo en la noche, luego un coche que arrancaba a toda velocidad. Constance me había contado que el ser morena y trabajar en el único bar del pueblo me hacía candidata de ser una turca, el peor y más despreciable inmigrante para los alemanes. Cuando Constance llegó a la casa me encontró llorando.

Fue en ese momento, cuando, quizás viendo a alguien todavía más frágil y perdido que ella misma, me dio un largo abrazo. Esa noche entre lágrimas y el ruido de las ruedas del vehículo restallando en asfalto, acabamos haciendo el amor. Sin embargo, ese momento íntimo, se sucedió muy infrecuentemente.

Me imagino que toda aquella contención afectó a mi sistema nervioso o digestivo porque un día enfermé de apendicitis. Esto lo descubrieron en el hospital una semana después, justo antes de dejarme perecer por peritonitis por no tener el seguro médico en regla. Cuando Constance me visitó, yo ya estaba decidida a irme. Detestaba aquél país. Cuando sentí que podía andar sin mucho esfuerzo cogí mi viejo Mercedes rosa aparcado en el parking del hospital desde hacía semanas y me fui sin darme de alta en el hospital. Bajé las dos ventanillas del coche. El aire me daba en la cara, comencé a detestar todo lo verde. De pronto añoraba mar, el rojo y el negro de la isla.



Pintura de Vicent Van Gogh

Comentarios

emejota ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
emejota ha dicho que…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
emejota ha dicho que…
Acaba resultando doloroso compartir emociones con una persona insegura. Un fuerte abrazo.
Filomena ha dicho que…
Coincido con "emejota": doloroso convivir y compartir con una persona tan insegura y que no sabe lo que quiere. Nuestras fuerzas y nuestras ilusiones acaban frustradas y mutilidas. Gracias a ese instinto de supervivencia que, tras el resultado infructuoso de haber dado todo de una misma, detecta una amenza y activa todas las alarmas posibles para que reaccionemos. Un abrazo enorme, Ico!
MAGAH ha dicho que…
A veces vamos hasta donde el cuerpo dice BASTA, demasiado puesto en juego, no?
Acuerdo con los coment anteriores, en la gravedad de amar a un ser inseguro y lleno de miedos.

Abrazo ICO!
frida ha dicho que…
La vida a veces nos aboca a los brazos de alguien de forma obsesiva, aún sabiendo que perdemos, en parte, nuestra voluntad.La desdicha es lo único que entonces nos acompaña.Pero cuando no se puede tener ambas cosas ¿qué es mejor:amar o ser amado/a? ...
Beelzenef ha dicho que…
Esa duda tan persistente es la peor tortura a la que pueden someter a un ser humano
Lola (pecado,docape) ha dicho que…
me transportas, no en el sentido maquinal sino en tu interna sugerencia...supongo que este espacio limita tu proyección porque me quedo con las ganas de profundizar en los perfiles de tus personajes, digamos que lo más relevante es tu observación del escenario, deliciosas descripciones.
Mayela Bou ha dicho que…
Una experiencia muy dura, hasta fría diría yo, pero puedo percibir en ella la grandeza y la nobleza de tu corazón.
Que te repongas pronto.
Besos.

(me gusta mucho tu forma de escribir)
felicitat ha dicho que…
Qué miedo, Ico!, qué sentimientos tan raros provocan al cuerpo aveces, verdad?

Saludos.
Belén ha dicho que…
Era un amor de verano, ¿no?

Besicos
Elena Lechuga ha dicho que…
Me gusta cómo describes. La historia engancha. Se sucede adjetivos.
Un saludo
40añera ha dicho que…
Que dificil es desengancharse de una obsesión, como nuestro cuerpo es capaz de confundir los sentimientos. No gustarle Paris era un aviso importante.
Enganchada hasta el ultimo punto me has tenido.
Besitos
oliva ha dicho que…
Me gusta leerte, todo lo haces fácil. Aferrarte a una ilusión y empeñarte en que salga adelante supone un esfuerzo, una constancia y una dedicación casi exclusiva, por tanto, entiendo que la protagonista abandonara su vida y ciudad por confiar y crear en aquella chica alemana, que tanto había sufrido...

También me ha gustado mucho.

Un abrazo.
Ex-lemaki.
Nefer ha dicho que…
Tremendamente "sinfantasioso", me ha gustado.
Besos
Pena Mexicana ha dicho que…
supongo que el comentario de emejota tiene la clave del porqué me ha desagradado tanto el contenido del relato... lo cual quiere decir también que está muy bien contado, de otra forma no me hubiera generado tanta reacción.
Muy bueno Ico, besos
aminuscula ha dicho que…
Los amores tortuosos... Siempre nos llevan a donde no queremos ir y la recompensa siempre es ridícula comparada con el coste.
Ricardo Miñana ha dicho que…
Una situación extraña en el amor,
hay que tener las ideas muy claras
y saber hasta donde se llega.
es un gusto pasar a leerte.
que tengas un feliz fin de semana.
un abrazo.
Victoria Dubrovnik ha dicho que…
Ays las dudas... el no saber... cuánto dolor... y con qué facilidad nos enganchamos a él...dicen que es por el propio aburrimiento de la vida, y así se hace más interesante... o por lo menos tener alguna que otra cosa que contar...

sea lo que sea... como siempre, como es habitual... un placer leerte :)
Anónimo ha dicho que…
Ya lo han dicho MJ y Aminuscula, La pasión nos conduce por caminos tortuosos que nos fascinan (o casi)