La extranjera IV



Cada día me alejo más de esta ciudad muerta. Todo me parece igual, frío, inmóvil. Recorro cada día Kilómetros y más kilómetros. A un lado y otro de la autovía el verde, siempre el verde, los tejados a dos aguas, las casas similares, de puertas iguales, cerradas. Conduzco sin rumbo y sin llegar a ninguna parte ¡Qué opresivo puede ser el verde¡

¡Qué extraña soy a este paisaje¡

He llegado, sin pensarlo, a la estación de trenes y he merodeado por sus andenes, mirando a los viajeros, como si esperara la hora de salir o de encontrarme con alguien. He estado así un buen rato, rodeada de gente que va y viene, en medio del ruido sordo de los trenes. Me he detenido a mirar a un muchacho delgado, camina al igual que yo, por la estación sin rumbo fijo, perdiéndose en los pasillos, vagando entre los andenes.

Sin saber cómo me encontré siguiendo atentamente a aquel muchacho que deambula con aire ensimismado, extraño entre la gente que marcha con un propósito determinado. Le seguí durante un trecho, vigilándolo, observando su paso ágil, su rostro afilado, pálido, de una pulcritud inmaculada.

Lleva puesto un pantalón vaquero y una camisa blanca de botones y por todo equipaje, una mochila negra al hombro. Me detengo en su mirada que refleja un halo nostálgico o quizás de ensoñación permanente. Cuando me descubre siguiéndolo, alza los ojos y me reconoce. Entonces, me saluda con un fuerte acento extranjero. Le pregunto de dónde es, de Portugal, responde; le digo que soy española y su alegría parece verdadera, pues su rostro se demuda, gesticula, me abraza.¡ De qué pequeñas alegrías se nutren nuestras penas¡

Se llamaba Paolo. Me cuenta que lleva pocas semanas en Alemania, pero que apenas conoce nada. Creo que miente, siento que Paolo no ha salido nunca de la estación. Puede pasar que uno se queda atrapado en los andenes para siempre, como se queda apresado a un día especial de lluvia o a un recuerdo imborrable.

Nos tomamos una cerveza en la cafetería de la estación y hablamos de nosotros; tenía la sensación de que lo conocía desde hace mucho tiempo, aunque nunca supe discernir qué había de verdad y qué de inventado en todo lo que me contaba, pero qué importaba aquello, cada uno cuenta la vida como la imagina que la vivió. Ahora éramos dos, hablando en aquella lengua hermana, en ese dialecto luso-español que inventamos. Le dije que también había estado viviendo en Setúbal, muy cerca de Lisboa y la estación fue desapareciendo de pronto, mientras corríamos las calles de Setúbal, el puerto de Lisboa, de la mano de Amalia Rodríguez y corría el salitre por mis venas.

Entonces ví algo, fue apenas una señal.

Cuando pasas tantas horas en la estación, acabas distinguiendo a la gente, a los que van de los que vienen, a la gente que pasa sin más, pero también a los que se quedan. Son, sobre todo, hombres, desocupados, aburridos, vagabundos que buscan el calor de la estación, pero también carterista que aprovechan el despiste de los viajeros, y jóvenes que se prostituyen en los lavabos.

Comprendí que mi nuevo amigo era uno de éstos, por la manera en que lo miraban algunos hombres, pero también, por la manera en que él respondía. Todo sucedía muy rápido, apenas una señal imperceptible a lo lejos, un mirada rápida y mi amigo salía, decidido, pidiéndome que por favor lo esperara, para seguir hablando de Lisboa, del fado y de las calles que no iban a ninguna parte.

Entonces Paolo se perdía en los lavabos; y yo me quedaba pensando en la Lisboa acogedora y antigua que siempre llevaría dentro, en Lucilia, en Alex, en Ana, en tanta gente que se había quedado allí y que venían ahora de pronto a saludarme, quien lo iba a decir, después de tanto tiempo.

Y sin saberlo, voy regresando a la estación de trenes de Lisboa, en esos subterfugios que busca el cerebro para no ver lo triste, para no pensar en Paolo que se mancilla, que se degrada, que destruye su pureza de ángel negro en los baños de lozas blancas. Regreso a esa mañana fría en donde Alex me despide, con sus ojos desesperados de niño grande, con su abrigo largo y sus zapatos de punta cuadrada y me veo con esa pamela marrón que Lucia tejió para mi, diciéndole que me voy a Paris porque aún no olvido a Olvido; Mientras él mira alejarse a la mujer que quiso y que no lo quiere, con esa boca grande y roja, con esos ojos grandes de tragedia, y esa frente de actor de películas en blanco y negro, y yo me voy ya desprendiendo de su mano blanca, que me grita que le escriba, que no lo olvide, sin saber que nunca más volveremos a vernos.

Paolo vuelve del baño, serio, la mirada baja, con ese aire de Jean Dean de pelo negro, con la mano sujetando la mochila como sólo la agarra quien lleva toda su vida dentro, con ese aire al andar, como si flotara o andara de puntillas, esquivo; y yo ya estoy temiendo esa mirada rauda, de partida inminente, de estar a punto de salir corriendo y desaparecer de mi vida para siempre.

Comentarios

emejota ha dicho que…
Precioso. A diferencia de la extranjera tanto verde = + oxigeno = + vitalidad. Ahora estoy aqui cerca de Frankfurt, otro de mis hogares. Un abrazo.
Victoria ha dicho que…
Después de leerte, no me imagino a Paolo, el ángel negro, con el alma en otro sitio. Está atrapado como tu extranjera en la estación. Tu relato está lleno de memoria y tu extranjera de sazón y de desazón. Me gusta la idea de seguir a Paolo. La extranjera sigue sus pasos en los pasos ajenos. Es un relato lleno de recurrencias, atemporal pero enganchando en el tiempo. En fin, a mí me gustan las estaciones porque hay bancos que son islas y trenes que son caminos.
morgana ha dicho que…
... y que yo no conozca aún Lisboa... uffff, a cuántos sitios me quedan aún!

Sigue, a ver a dónde nos llevas.

Besos!
María ha dicho que…
Te conocí de casualidad, y me quedo viendo tu blog.

Encantada de descubrirte.

Un beso.
TARA ha dicho que…
Cada vez más absorta en ese viaje que estoy realizando contigo, sintiéndome yo también la extranjera....

Me encanta Ico, sabes que yo soy poco lectora, pero a ti jamás dejo de leerte, por algo será...

Besos
alejandra ha dicho que…
ICO, cuando uno cree que has dado ya lo mejor, nos sorprendes... logras transmitir cada instante, cada palabra, cada mirada... tengo algo roto... pero es tan dulce...
Hermoso! me encantó...
Glora ha dicho que…
"con la mano sujetando la mochila como sólo la agarra quien lleva toda su vida dentro"... cuánta verdad...
Eres estupenda, ¿qué esperas para publicar?
Un beso