La extranjera (I)


Mülhweg, callejón del molino, es el callejón donde vivo, me gusta este nombre como suena y lo que significa. Donde yo nací también hay un viejo molino. Volviendo desde el centro de la ciudad y sin abandonar el mar, si subes por la calle real al final de la calle donde se acaba el asfalto, encontrarás el molino, en un montículo árido, lleno de pedruscos. Mi perro será probablemente el primero en verme, luego vendrá corriendo hasta a mí. Pero ahora mi casa está muy lejos. Miles de kilómetros separan la casa de mis padres de éste, mi exilio.
Hoy es domingo, no sé exactamente de qué día de agosto, siete u ocho. Estoy enferma. He tenido que interrumpir la escritura, Constance y Tina han venido a verme pero se han ido enseguida, pensarían que me interrumpían pues cuando llegaron yo estaba tecleando y ahora me he quedado confusa, indefinida, como vacía. No sé, ya no sé qué más quería contar, porque ellas son también este callejón, ahora silencioso, donde sólo se oye el zumbido de las moscas y las teclas de mi máquina de escribir.
Contaba que estoy enferma, y ahora de repente pienso en mi madre, qué tendrá que ver una cosa con la otra. Asimilaciones. Es sólo una gripe pero me ha dejado postrada, el cuerpo débil y dolorido. Empezó hace cuatro días. De pronto me sentí abatida, me habían dicho que me había quedado sin coche que había fundido el motor, sin más. Lo había comprado hacía sólo dos semanas, de segunda mano, claro, con un tercio de todos mis ahorros de por vida. Ante mí tenía sólo facturas que pagar y estaba sin coche. Lloré desconsoladamente ante el tipo que me miraba y que me decía que él no podía hacer nada, que había sido culpa mía por no ponerle agua cuando el motor estaba caliente. Se la puse, pero demasiado tarde. Ese fue el veredicto. Demasiado tarde.
Llegué a casa y me desplomé, no sé si dormí o si sólo estuve tendida pensando en todo. Al rato sentí desde la ventana la voz de Constance que hablaba con Dafi y Petra, que limpiaban o arreglaba la música de su coche. Tina también estaba pintando un mueble de colores. Oí como le contaba que había entrado a verme y me había encontrado llorando.
Constance entró sin llamar, porque nunca cierro la puerta y se sentó en el borde de la cama donde yo estaba tendida. “Todo se mezcla” me dijo mientras me acariciaba el pelo, y lo decía por nosotras, por la imposibilidad de nuestro amor. No quería que me viera así, débil, giré la cabeza pero las lágrimas salían más espesas. Ahora sabía que también lloraba por nosotras. Pero ella me atrapa por los brazos y me obligó a mirarla de frente, hay tanta dulzura en sus ojos que no puedo más que abrazarla olvidándolo todo. Siento su boca en mi boca y la extraña acuidad que da el haber llorado se funde con sus besos cada vez más profundos. Solo sé que no quiero despegarme de su boca, de esta gruta deliciosa que toca a las puertas del deseo cada vez con más insistencia. Puedo sentir como ella también cede a este fuego que devora el centro de todas las cosas.
De repente, alguien tintinea en la ventana abierta. Nos miramos entre asombradas y divertidas. Es el vecino de enfrente que nos pregunta si necesito no sé qué de un portallaves, parece. Constance se levante y le dice que no, que ya no hay coche o algo así. Enfrente de la ventana hay un espejo desde donde seguramente nos ha visto abrazadas en la cama. Tú crees que nos ha visto, le pregunto. Claro, responde y se levanta a cambiar inmediatamente el espejo de posición mientras yo cierro la persiana. Volvemos a la cama, tengo los ojos hinchados. Le pregunto con voz entrecortada, hundiéndome en su cuello si quiere que hagamos el amor. Pero ella mueve la cabeza negando. No, sigo pensando lo mismo de ayer, responde, no podemos seguir así, siempre discutiendo, es mejor tomar distancia. Pero ella está allí tan cerca y nuestras bocas se gustan. ¿Nos queremos? Nos deseamos y esa negativa es un incentivo más para el deseo porque nuestras manos se hunden en la carne en busca de lo húmedo, desesperadas en un mar de fuego. Pero esto ya es viejo, ya han pasado tres días y nos hemos vuelto a enfadar de nuevo.


Foto "mujer con máquina de escribir "de Anton Senku

Comentarios

María ha dicho que…
El final me ha hecho sonreír.
emejota ha dicho que…
Precioso relato, tristemente real en muchas ocasiones. Un abrazo.
Victoria ha dicho que…
El cielo de agosto es así: desidioso entre las lágrimas y el deseo. En este relato yo no me siento extranjera. Me has dejado con una sonrisa. Sigue. Por favor.
Alson ha dicho que…
... espero.
musa ha dicho que…
Me sorprendes, me despejas, me gusta... gracias, has aliviado mi cansancio extremo, puede que yo también necesite ese beso. Sería bueno que llegara muy pronto.
pecado ha dicho que…
Intimo, cercano...te ví, extranjera .
Beelzenef ha dicho que…
Un beso a tiempo puede significar la salvación
alejandra ha dicho que…
ME HA PARECIDO VER EL MOLINO, Y SENTIR LOS BESOS, LA CERCANIA Y LA DISTANCIA QUE EXTRAÑA CONTRADICCION.
Anónimo ha dicho que…
Muy difícil tomar distancia, cuando todavía hay sentimiento y deseo.
alfaro ha dicho que…
Cuánto lirismo.
El Drac ha dicho que…
Uuuauuu a mí me has dejado totalmente intranquilo!!! Lindo relato.
Charm ha dicho que…
La experiencia dibuja el ámbito de las posibilidades recurrentes. Me ha gustado tu relato. De ser uno de los personajes, me habría sentado al borde de tu cama, para mirarte "larga y tendida". Quizá habría iniciado otro relato, para evitar el conjuro de un deseo que lleva implicito un impuesto de tristeza postrera.
Hermoso, con ecos de mi propia experiencia. No sé...
Anónimo ha dicho que…
Ico, no puedo acceder a tu nuevo post, alma mia... podrias comprobar si hay algun problema??? Gracias
Glora ha dicho que…
mmmmmmm que maravilla! qué bien escribes jodía...