Residencia Rojas

La clínica Rojas está situada en lo alto de una cima rodeada de verdes montañas. Antiguamente fue un hotel de reposo o balneario adonde acudían enfermos del pulmón procedentes, en su mayor parte de la península, en busca del calor curativo de la isla. A mediados de S. XX fue a dar a manos del doctor Rojas, quien lo compró después de recibir una importante herencia familiar, pasando a convertirse en lo que es ahora: una clínica de enfermos mentales.

Bien es cierto que, si en aquellos años escaseaban las clínicas de enfermos mentales y disminuidos psíquicos en la isla, peor parte la recibían las residencias de ancianos, casi inexistentes en aquella época, siendo la mayoría de éstos acogidos por alguna institución religiosa hasta el día de su muerte.

El Dr. Rojas, joven idealista de mirada franca y sonrisa abierta y psiquiatra de profesión, convencido de la utilidad de una clínica para enfermos mentales en aquél lugar, no dudó en invertir toda su herencia en la compra de dicho balneario. Sin embargo, lo que el doctor Rojas no imaginó nunca fue que la clínica de reposo se convirtiría por necesidad sus moradores y la conmiseración de su bondadosa persona en el paradero de enfermos y pobres sin sustento. En realidad, y para desquicie de la mujer del Dr. Rojas, clientes que de verdad pagaran su estancia habían pocos y, en su mayoría, eran procedentes de familias acomodadas de la península, por lo que su estancia era relativamente breve.

Así pues, la mayoría de los clientes eran recogidos por el mismo doctor Rojas de las calles o procedentes de algunas familias sin recursos.

Olguita era una de éstos. Llevaba tantos años en la residencia que había pasado a formar parte esencial de la misma. El doctor la había recogido siendo una niña y había permanecido en la clínica mucho tiempo después de morir sus padres y únicos familiares, quedándose ya a vivir en la residencia.

Fue ella quien vino a recibirme con su bata blanca de enfermera y su dilatada sonrisa el primer día que entré allí,y fue el doctor Rojas quien me puso al corriente de que, Olguita, como todos la llamaban, había sido una antigua paciente. Padece el síndrome de down, me dijo mientras paseaba por el jardín, pero no te preocupes porque no es una enfermedad como algunos creen, sino un simple trastorno genético. Es, a pesar de todo, la mejor de mis enfermeras, la más devota y eficiente. Y era cierto, durante las largas noches de insomne era a ella a quien veía en la sombra cogiendo mis manos con su manita rugosa y blanda.

Olguita, llevada por el amor que profesaba al doctor Rojas había aprendido el oficio para estar de esta forma al lado de su idolatrado. Junto con ella, Julio, era de los más veteranos en la residencia. Julio,vivía y compartía parte de la torre , en lo alto de la Residencia. Fue él mismo quien me explicó que, no teniendo ningún sitio adonde volver después de su recuperación, el propio Rojas le había ofrecido quedarse a trabajar allí. También estaba Pancho el sordomudo que había pasado a ser bedel a tiempo completo.

Ni que decir tiene, que ninguno de ellos cobraba más que su sustento y la estancia en la Residencia del doctor Rojas. Los demás, eran jóvenes eventuales que entraban y salían tan pronto se daban cuenta de que el sueldo era poco y los enfermos muchos.

A éstos se unía la familia del doctor Rojas, quien acudía de manera habitual a pasar el fin de semana en aquella apacible residencia. Eran los niños quienes más disfrutaban de las ya descarnadas pistas de tenis o de las eternas horas al sol en la piscina, bajo la mirada apacible y alegre de los enfermos.

Por mi parte, ingresé en la Residencia del doctor Rojas en la Navidad del 86. El hombre con el que me iba a casar había muerto dos meses atrás y había entrado una profunda depresión. Me negaba a hablar, dormía todo el tiempo que podía y pasaba el resto del día como un alma en pena, esperando que la muerte me llevara con ella. Fue mi madre quien, sin ninguna resistencia por mi parte, me llevó hasta aquella residencia de desahuciados. El doctor, un hombre de baja estatura, mirada franca y una abundante barba, me recetó lo siguiente: un cuaderno de tapas duras de color rojo y amarillentas hojas blancas al que le faltaban las primeras hojas, además de, la obligación de salir a tomar paseos por el jardín y los alrededores acompañada de mi enfermera.

Poco a poco me fui acostumbrado a aquel extraño tratamiento; cortos paseos con Olguita de la mano y de vuelta a mi hotel a escribir, en ocasiones tan sólo una palabra o un color. Una tarde mi especial enferma y yo dimos un paseo más largo de lo habitual, desacostumbrada como estaba a caminar tanto, me senté al borde de un camino sobre un gran montículo.

Puedes escribir en el cuaderno si quieres, me dijo. Inconscientemente debí ir tocándome todo el tiempo el bolsillo donde guardaba el cuaderno. No sé porqué me lo había llevado conmigo. Habitualmente si escribía algo, lo hacía al volver a mi cuarto. La miré, no sabía que ella conociera la existencia de mi cuaderno. Miré sus ojos y supe que esperaba que lo sacara. Así lo hice. Abrí las primeras páginas y posé mis dedos por el interior del cuaderno. Allí estaba mi letra menuda e irregular como cruces o árboles quemados. Me detuve a mirar con interés aquellos restos de hojas,como migas de pan en el camino que alguien había escrito una vez y que luego, había arrancado para siempre. Alguien, antes que yo, a quien había pertenecido el cuaderno rojo. Me quedé pensando un momento en quién sería. Mientras, una fina brisa del mar me hizo recordar que el otoño se avecinaba.


Comentarios

Carina Felice ha dicho que…
Ico...un relato mágico, sabias? no se por que, me he dejado llevar por la atemporalidad y dulzura de tu narración, y sinceramente, ha sido un disfrute increible.
GRACIAS!
BELLEZA PURA.

Namaste.
Belén ha dicho que…
Escribir es terapeútico,asi que muy bien

Besicos
Pena Mexicana ha dicho que…
Supongo que las palabras que más he escrito en los comentarios que dejo en tu blog son: "Me ha encantado"... ¡y las tengo que repetir!
Agrego que me he quedado con ganas de saber más de esta historia, qué dulzura...
Beelzenef ha dicho que…
Encontramos tesoros donde nunca creímos. Ahí reside la importancia de observar con dedicación hasta el más mínimo detalle
PECADO ha dicho que…
Humano y tierno.
Ico,finalizar el año te esta provocando unas musas sensibles.
Por cierto lo de Rojas es casual no?...te has enterado que el famoso psiquiatra escritor Dr.Rojas es un impostor, no es psiquiatra.
SUSANA ha dicho que…
¿Cómo me siento después de leerte? Confortada, como si me hubieran consolado, o me hubieran abrazado en el momento justo. Es una historia muy para estos tiempos, para compartirla con la familia...

Muchas Gracias Profe!!!
Un ABRAZO INMENSO guapa!!! Y por supuesto, los mejores deseos para Vos en estas Festividades. Nos volvemos a encontrar el próximo año!
Mistral ha dicho que…
*FELICES FIESTAS * Mi deseo en estas fechas es, que todos tus deseos se cumplan.
Gracias por tus entradas que llenaron muchos vacios, durante este año que se aleja.

Un saludo muy especial.
Isabel ha dicho que…
Precioso el relato amiga. Tierno y humano. Un lujo leerte. Un beso
yo misma ha dicho que…
Me ha recordado al diario que Marga entrega a Malena, que es nombre de tango, claro..Esta Residencia Rojas me ha sonado a vals lento..como te lo diría yo..EXCELENTE
Ico ha dicho que…
Gracias a todos .. Pecado el nombre es casual, no había oído lo que comentas...Debe ser la Navidad que me pone tierna.. jaja.. felices fiestas a tod@s
maslama ha dicho que…
una vez más, tienes talento para esto.. supongo que algún día te decidirás a escribir profesionalmente (si no lo haces ya)

besos,