El hombre y la noche



Don Casimiro metió las manos en el abrigo y observó la plaza. Detenido en la acera observaba como la gente deambulaba de un lugar a otro sabiendo exactamente a donde dirigir sus pasos. No así él, quien de pronto había olvidado por qué había salido del bar y a dónde podía ir a esas horas. Don Casimiro se había tomado una copa de vino en la taberna del gato, había hablado dos palabras con el camarero de siempre, que andaba más ocupado que de costumbre y había permanecido durante toda la hora mudo ante una copa de vino de Ribera. Luego, se había despidió del camarero con un saludo sonoro y había salido al gélido frío de la plaza.
En ese instante estaba ahora. En medio de la acera viendo a la gente marchar con un firme propósito. Salvo él. que lo miraba todo y nada, sin saber bien qué hacer a continuación. D. Casimiro andaba desde hacía ya seis meses como perdido, se le olvidaba con frecuencia lo que iba a hacer o el propósito del siguiente paso. Su mujer siempre había estado allí para saber con exactitud qué es lo que se tenía que hacer a cada momento.
Don Casimiro nunca pensó que la muerte de su mujer lo dejaría en aquél estado inimaginable de inconsistencia y vacuidad en que se desenvolvían las horas. Todo había sido tan de repente, de pronto aquella extraña enfermedad que siempre le tocaba a los otros menos a él y, en menos de nada, completamente solo.
Habían pasado ya seis meses de aquello pero nada había parecía mejorar. Aún había noches en que todavía podía sentirla después de la cena, cuando se sentaba delante del televisor y caía adormilado en los anuncios. Entonces, un sonido lo sobresaltaba y por un instante, creía pensar que su mujer andaba por allí, trasteando en la cocina, como hacía a aquellas horas. Se hundía en esos momentos en un estado de bienestar ligero y trémulo como un sueño de mediodía, luego, caía en la cuenta de que Doña Gema, mi gemita, como él la llamaba, nunca más volvería.
Ahora, delante del elegante bar del gato viendo la multitud pasear en un rumbo que se le antojaba apresurado se preguntaba qué es lo que sugeriría su señora estando en vida. Tomaría alguna cena ligera en el gallego o continuarían el paseo hasta la plaza Mayor. En este pensamiento vacilante estaba cuando se detuvo a observar a la mujer que miraba a las alturas en medio del torbellino de gente.
El hombre en un gesto de amabilidad y aburrimiento se acercó a la desconocida. Perdone, comenzó, la he visto a usted algo despistada, busca alguna dirección. La mujer lo miró sorprendida. Sí, respondió, no estoy segura de si esta es la plaza de Santa Ana.
- Ésta misma es- respondió el hombre saliendo por un instante del estado de apatía.
- ¿Y el café del gato?- dijo la voz cantarina de la mujer.
- Aquí delante lo tiene usted- sonrió el anciano. ¿Ha quedado usted con alguien?- Se atrevió a decir. El hombre quedó sorprendido de su propia audacia. De dónde salía aquella osadía, era acaso aburrimiento, los ojos pícaros y sonrientes de la mujer que lo miraba, o su propia desesperación. La mujer alzó los hombros.
- Si y no- respondió.
- Pues, si usted quisiera, sin compromiso, la puedo invitar a una copa. Sin ninguna intención, por supuesto.
Por qué decía aquello. Él era un hombre decente. Jamás había conocido a otra mujer que no fuera su difunta Gema. Y no es porque no le hubiesen faltado proposiciones, que un hombre, ingeniero de caminos como él, y no mal parecido más de una ocasión en la vida se le había presentado.
La mujer de abrigo negro le sonreía con aire divertido. Me llamo Teresa, se presentó la mujer. De pronto, el hombre sintió que era extraño y dulce el acento de aquella desconocida.
Entraron en el bar, el hombre retiró la silla donde ella se sentó. Don Casimiro ya era otro hombre, ufano y contento. Levantó la mano para pedir al camarero de siempre dos vinos. En el calor del bar el hombre y la mujer conversaron de todo un poco. Sobre todo, Don Casimiro, le habló de su mujer, de los hijos y los nietos, de la época pasada, de política, yluego, inevitablemente, de soledad, de la vida que se acaba y de la amistad que se va con la muerte, de los largos días de no hacer nada, o de no saber a donde ir, ni de qué sentido darle a todo.
La mujer reía y le animaba, alababa su gusto y su caballerosidad, ya no hay hombres como los de antes, le decía. Todavía si quiere puede dar mucho de sí, le dijo enigmática. Salieron a cenar a un restaurante cercano, el gallego, donde habitualmente iba a cenar con su mujer.
Don Casimiro estaba feliz, aquella mujer era maravillosa, sonreía como los ángeles, parecía tan interesada por su vida. Al anciano le parecía cada minuto más jovial y atractiva. Cuando la mujer se deshizo del abrigo en el restaurante, el hombre pensó que tenía un cuerpo de diosa, un pecho hecho para el amor. Sintió un irrefrenable impulso de decirle palabras hermosas y de besarla, pero sólo le dijo que era hermosa, en un osado atrevimiento que le hizo enrojecer. La mujer soltó una carcajada que flotó en el restaurante unos instante, luego apretó su mano dulcemente. Qué pensaría su señora esposa de aquello, le preguntó maliciosa la mujer. Don Casimiro sonrió satisfecho. Al finalizar la cena y en medio del licor se atrevió a decirle.
- Sólo con un beso de usted me conformaría.
- Y ¿Por qué sólo?
Don Casimiro abrió mucho los ojos. Cuanto más miraba a la desconocida más atractiva la encontraba. Definitivamente la vida era hermosa, la vida, ahora lo sabía valía la pena, aunque sólo fuera por esos momentos. Se sentía el hombre más feliz de la tierra. Acaso no lo miraba el camarero con envidia.
- Si le dijera- comenzó la mujer sonriendo- que su vida depende de la decisión que usted tome. esta noche. Si le preguntase si a cambio de pasar una noche conmigo usted me daría su vida ¿Lo haría?
- Sí, por supuesto. – Se apresuró a decir D. Casimiro, sin reflexionar.
- Piénselo, es una especie de trato. Su vida por una noche conmigo.
- Sí.- volvió a responder el hombre inflamado de amor y deseo por aquella desconocida.
La noche había caído de pronto en la gran ciudad. No nevaba pero iba a hacerlo de un momento a otro. Unos jóvenes ruidosos entraron en el restaurante cuando ellos salieron. La mujer se agarro al brazo del hombre. Ella era apenas un poco más alta que él. Los vendedores ambulantes exponían sus mercancías en la plaza. Todos iban y venían siguiendo una dirección fija. Nadie se fijó en aquella extraña pareja que atravesaba silenciosa la plaza y se introducía en la boca del metro.

Comentarios

Candela ha dicho que…
Uno más de tus preciosos relatos, que me mantienen pegada a cada palabra. Qué fácil es visualizar las escenas y los personajes. El de hoy me habla de la soledad, del afecto, del deseo y del precio que podemos llegar a pagar para tener un punto de referencia. Quizás solamente por saber hacia dónde dirigir nuestros pasos a la salida de un bar. Muy bonito, Ico.
María ha dicho que…
¡Cuántos sentimientos juntos! Me ha gustado.
PECADO ha dicho que…
Buen paladar provoco este relato, por no derramarme en tu señalada maestría con la descripción.
Ay! la soledad...como nos transmuta.
TARA ha dicho que…
Que bonito relato Ico, de repente he podido identificar con tantas personas al personaje... Al final, nos hacemos tanto a la otra persona que cuando se va es tal el vacio que nos deja, que no sabemos ni a donde dirigir nuestros pasos, pero que bonito es tener la capacidad de recuperar el sentido, cuando otra persona nos aparece en nuestra vida para acompañarnos en otro tramo de nuestro particular viaje que es la vida...

Besos Ico, un placer poder leerte
Pena Mexicana ha dicho que…
Fantástico... me ha recordado una película mexicana muy vieja que no creo que hayas visto: La Dama del Alba. He sentido el mismo ambiente en tu relato y en esa peli.
Me ha encantado Ico :)