Ave fenix




Conocí al tuno en una celda de castigo hace ya algunos años. Yo había comenzado a trabajar hacía unos pocos meses en aquella tétrica institución de desechos como educadora. Ja. Educadora, curioso apelativo para alguien que solo llevaba comidas y acompañaba a la enfermería a muchachos heridos, pequeños delincuentes, demasiado jóvenes aún para estar en prisión pero demasiado peligrosos para estar en la calle.

Era mi primer servicio de la tarde. El guardián abrió la puerta de aquél cubículo sucio y minúsculo y me cedió el paso. Entonces lo vi, sentado en la cama, mirándome fijamente, sin mostrar un atisbo de arrepentimiento ni una sola señal de derrumbamiento, como si estar allí encerrado rodeado de la más absoluta nada fuese su estado normal. Le saludé desde mi altura y acerqué la bandeja a la cama pues no había ni una simple mesa ni una sola silla donde poder apoyarla.

Nunca podré olvidar su cara, el rostro menudo, la mirada avispada, huidiza, los pómulos anchos, la boca pequeña. Había algo de escurridizo en su cuerpo, demasiado pequeño, quizá para su edad. Era muy delgado, sin embargo, no aparentaba de ninguna manera fragilidad, si es que un púgil mosca a punto de atacar en el ring puede aparentarla. No obstante, había algo en sus ojos que me llamó la atención. Indagué en ellos y vi inteligencia, astucia, pero también una honda tristeza que aún hoy me persigue. Entonces me pidió si podía quedarme para hablar. Cuando pasan tantas horas a solas con sus pensamientos como única compañía la mayoría de ellos te piden solo eso: hablar.

Miré aquellas paredes garabateadas en sangre y frases carcelarias de quienes allí estuvieron, el cuarto vacío, sin un solo objeto personal, solo la cama y el preso mirándome fijamente. No lo dudé. Le dije al guardián que me dejara sola que ya le avisaría por el interfono cuando quisiera salir. Quiso decirme algo pero se retuvo en el último momento, quizá detenido por la mirada del preso. Cerró la puerta tras de sí y me quedé allí, sola, el tuno y yo frente a la nada y la podredumbre de aquél minúsculo cuarto vacío. Le pregunté si quería que le trajese algo para leer o para escribir. Él me recordó las normas, nada de papel ni bolígrafo en las celdas de castigo. Estaba prohibido.

No recuerdo aún si le pregunté la causa de que estuviera allí en aquella celda de castigo aislado del resto, a fin de cuentas tarde o temprano, todos acaban pasando por allí por las mismas razones, una pelea entre ellos, un arrebato de rabia, un insulto a un educador. Causas comunes en centros como estos.

El tuno mordisqueó un trozo de pan con desgana de la bandeja y me ofreció de su comida, agradecí el gesto. Pero mi estómago, al igual que mi corazón se cerraba cada tarde al traspasar las verjas del centro. Me senté en borde de la cama y le pedí que me contara algo. Quizá motivado por mi cercanía o porque llevaba mucho tiempo encerrado comenzó a coquetear conmigo. Todos lo hacen, a fin de cuenta son solo chicos, impulsivos y con las hormonas alteradas, que quieren saber si gustan, si en caso, harto improbable, de que estuviesen fuera, tendrían alguna posibilidad. No pude dejar de sonreírme. Todo consiste en decir la verdad sin dañar. Aquí la verdad es una moneda valiosa, intercambiable, además ellos siempre saben cuando mientes. Le dije que no estaba mal pero que era muy joven para mí, que si quería que me quedara me tenía que contar su historia.

Entonces me contó una de las historia más tristes que he oído nunca. Al cabo del tiempo, después de trabajar en cárceles de adolescentes, te acabas dando cuenta de que casi todos tienen una historia parecida. Quizá nuestras vidas en algún punto se vuelven también tristes o injustas, sin embargo, podemos pasar toda la vida pensando que no es así o solo tomar conciencia muy tarde. Ese olvido motivado nos ayuda a seguir adelante,. Sn embargo, el tuno lo supo desde siempre.

Su carrera comenzó nada más nacer: alcoholismo de los padres, abandono, drogadicción, chabolismo, hurtos, desde los ocho, robos desde los diez, centros, fugas, más centros, y más fugas. Miré las paredes que habían perdido el color, la minúscula ventana enrejada y recuerdo que me pregunté cuánto capacidad de aguante tiene el ser humano, y si aquél muchacho no había pasado ya lo suficiente para seguir allí encerrado.

A apunto de caer en un estado de conmiseración tal que me llevaría al borde de las lágrimas, el Tuno, quizás intuyendo mis sentimiento, me contó una historia terrible y cruel. Una noche habían entrado, un amigo y él, a un apartamento del sur con la intención de robar. Cuando ya estaban dentro oyeron un ruido. El hombre, un extranjero adormilado o borracho los miró atónito desde el pasillo. El amigo se abalanzó sobre el hombre derribándolo al suelo. Todavía en el suelo y sin poder reaccionar el tuno le pateó la cabeza.

¿Lo mataste? Pregunté estupefacta.

El tuno se alzó de hombros. Había contado esa historia con la más absoluta frialdad. Sus ojos no mostraban alegría pero tampoco ningún atisbo de culpabilidad o de arrepentimiento. Pensé en el cuerpo de aquel hombre tal vez muerto, y pensé en que estaba frente a un asesino, alguien a quien no le importaba nada la vida de los demás. Trate de disimular mis sentimientos encontrados. Por un lado, veía a un pequeño monstruo sentado frente a mi, alguien cruel, que no tenía ningún respeto por la vida de los demás. Sin embargo, cuando ahondaba en sus ojos tristes, otro lado de mi cerebro me gritaba, pero míralo, es que acaso alguien le ha importado alguna vez la vida de este desgraciado.

Días más tardes, algunos acontecimientos confirmaron mis dudas. El tuno no tenía a nadie. Él junto con algunos pocos presos más, nunca recibía visita. No se le conocían padres ni familiares cercanos. El centro había sido lo más parecido a un hogar que había tenido nunca. Quien sabe si era por eso por lo que siempre volvía a la cárcel.

Afortunadamente, dejé de trabajar en instituciones penitenciarias a los pocos meses, nunca me acostumbre aquello ni yo servía para eso.

Hace unos años volví a ver al tuno sentado en un parque. Era la feria del libro y habían dispuesto unas casetas de libros en medio del parque. Lo encontré sentado en un banco de piedra mirando a la gente pasar con aire ausente. Parecía tan perdido y desvalido que tuve que acercarme a él. Me saludó con efusividad, le pregunté que hacía allí, nada me respondió, solo ver pasar a la gente. Me fumé un cigarrillo con él, me contó que estaba haciendo un curso para el paro. Nada más irme, mi lado más desconfiado pensó si en realidad no estaría haciendo su agosto entre tanta gente.

Hace unos pocos meses lo volví a ver de nuevo en la ciudad. Yo entraba en la biblioteca y él salía, nos cruzamos en la puerta. Me sorprendió tanto verlo allí que no supe qué decir. Lo saludé. Había venido a utilizar el servicio de Internet. Noté un cambio imperceptible en él, quizá la mirada más segura, los ojos menos perdidos. No fumaba ya, me dijo, de nada, y lo que era más importante, había encontrado un trabajo.

Lo felicité, me alegré sinceramente por él. Le creí, a fin de cuentas si alguien era capaz de una transformación así, era él. No obstante, una duda me asaltó, las dos única veces que lo había visto después de salir de la cárcel había sido en un entornos de libros.

Fantaseé con la idea de que quizá le gustase estar rodeado de ellos, aunque no los leyera, imaginando que otra realidad era posible. O tal vez, tan solo sospechaba un mundo del que había sido apartado, un mundo insondable y totalmente desconocido. O tal vez era la gente que podía leerlos lo que en realidad le atraía.

Quien sabe. A veces, pienso en él, y si alguna vez oigo un ruido en la noche, mi lado oscuro piensa que el está ahí, acechando, dispuesto a atacar y que quizá entre. Un escalofrío me recorre, pero no tengo miedo. Extrañamente no tengo miedo. Me levanto, el tuno me reconoce, me saluda y se vuelve.

Comentarios

Lena ha dicho que…
A mí me llamó la ateción lo mismo...los libros.

Quizá le guste leer.

Quizá encuentre refugio y respuestas en las letras.

Besos, Ico.
baldufa c'est moi ha dicho que…
Solo seremos felices si nos creemos que es realmente lo que deseamos
Los libros para apasiguar a la gent ? si lo creo
Transformacion del chico ? yo diria reaccion
adriana rey ha dicho que…
muy bueno, muy bueno. Me encanta como transmite la incertidumbre que siempre se nos presenta ante el otro. Qué piensa? por qué hace esto? ha cambiado? me haría daño?
me dieron ganas de escribir sobre este tema!
Besos
without ha dicho que…
Hola Ico,

Gracias, por el meme, pero no tengo costumbre de responderlos. Te espera un nuevo hauki en compensación a éste.

Besos
aminuscula ha dicho que…
Ufff! Cuantas cosas que resaltar en este texto. Creo que voy a dar una larga vuelta por tu blog, no sé cómo he llegado hasta aquí, pero me quedaré un rato.
Isabel ha dicho que…
Algunos, sólo algunos, consiguen salir de la mierda dónde la sociedad les ha metido. Ojalá él sea uno de los que lo consiguen. Un beso