Tias a la fuerza



Lo menos que hubiese imaginado yo cuando me casé con Esther era esto. Alguien me lo tenía que haber advertido. Pero quién podía hacerlo, eso lo aprende una sola y para siempre, a saber, que uno no se casa con quien creía, sino que arrastra, como esa cola de novia que nunca llevé, una ristra de familiares adosados al paquete.
No sé como no me percaté de que la familia de Esther era como una extensión de ella misma multiplicada por diez. Siempre la consideré alguien más bien excéntrico y peculiar, eso era parte de su encanto, pero aquello desbordaba todos los límites.
Afortunadamente, la mayoría de ella no vivía en la isla, por lo que eran escasas las ocasiones en las que nos reuníamos. Navidad, bodas y bautizos era uno de esos momentos temidos e inevitables donde hubiese preferido no haber asistido o que la tierra me devorase por unas horas antes de tener que enfrentarme a la horda de hermanas ansiosas por saber de mi vida y vicisitudes. Yo era la extraña, la peninsular, la nueva, a la que había que diseccionar, estudiar, analizar y nada de esto se hacía de forma sutil. Esta palabra jamás existió para ellos. Yo era devorada ansiosamente y sin respiro por la curiosidad inminente de las hermanas, de las sobrinas…
Lo peor de todo era que en esas reuniones de familia siempre se bebía de más, se hablaba de más, se comía demás; y al final, alguien llorando. Era esos momentos, de descanso del ring, en los aprovechaba para escabullirme en retirada, deslizándome hacia la banda de los hombres.
Pronto encontré un refugio en ellos, pobres desalmados que al igual que yo huían al fumadero como podían. No había otra salida, los que no fumaban acababan fumando y los que ya lo hacían multiplicaban sus visitas al jardín o a donde se terciera el fumadero del evento para poder salir unos minutos de allí.
En realidad, eran ellas quienes llevaban los pantalones, no podía ser de otra forma; ellos habían aceptado desde el inicio su posición de flaqueza. En estas reuniones memorables eran ellos los que cocinaban, los que servían la mesa, los que permanecían callados, los que tenían derecho a voz pero no a voto. Era un verdadero matriarcado.
Pero, si aprendí a capear, como buenamente pude a las hermanas, me fue imposible hacerlo con las sobrinas. Cómo permanecer inalterable cuando venían a casa: pletóricas, salvajes, iguales a Esther, pero intensificadas por la energía y la vitalidad de sus pocos años. A todo esto, añáe el efecto que hace su presencia, por alguna extraña razón, Esther les insufla aún más ese estado de exaltación continua y arrebato. Porque si con sus madres guardan algo de cordura y saber estar, en nuestra casa saben que hay siempre veda abierta al disparate. Y no es precisamente que yo lo permita, tú me conoces, sabes lo maniática que soy del orden, pero quién le pones vallas a al mar. A través de ellos veo lo que un día me espera si tenemos un hijo, te lo aseguro en ellos, en sus sobrinos, está el germen del caos, de la revolución, no exagero. Si, ya ves, yo tan ordenada y celosa de mi orden. Por esa razón me ves de esta guisa; Esther y las sobrinas están ahí delante, yo recogiendo las toallas, la ropa, la sombrilla, la comida que se calienta, el agua que se termina. Lo que te digo, desde que me casé, me han aumentado las canas y la familia.

Comentarios

Saritisima ha dicho que…
Muy gráfico y divertido
LA OTRA ha dicho que…
BUENO NO ESTÁ MAL !!!. PERO TODO CAMBIA CUANDO EL HIJO ES EL DE UNO . EL ORDE YA NO ES ORDE Y LO QUE SE PENSABA ANTES AHORA ES IMPENSABLE .
Angie ha dicho que…
y sin embargo... que seria de la vida sin esos raticos!