Los premios


No suelo leer a los autores premiados. Cuestión de economía de tiempo, me ahorro leer obras pésimas. Alguien puede decir que tiendo a la generalización, sí, es cierto. Pero hay tantos libros por leer que, leer alguno premiado es casi sinónimo de pésima calidad literaria. Lo que por otro lado, me ahorra el esfuerzo de descubrirlo cuando ya es demasiado tarde. Si alguien duda de lo que digo, basta con que eche un somero vistazo a los últimos premios Planetas. Escritores en su mayoría, mediocres y famosos a la par. Entiendo, por otro lado, que quien otorga los premios son las editoriales, y que éstas deben buscar la venta de los libros como finalidad principal y única pero lo que no concibo es que asalten nuestra inteligencia y pretendan revestir de un valor literario a obras que no la tiene por el mero hecho de recibirlo,

No todos los premios tienen igual desprestigio, el Nobel, hasta ahora ha sido uno de los que han dado mayor fiabilidad. Claro que, también podrían existir opiniones contrarias y sostener que es un galardón que premia sólo a ciertos autores políticamente correctos. Y, si miramos su historiografía, podemos vislumbrar más sombras que luces, recuérdese el premio otorgado a escritores tan malos como Echegaray o Darío Fo, y que jamás fue concedido a escritores tan excelsos como Borges o Tolstoy.

Pese a todo, suelo prestarle más atención que a otros y darle cierta consideración. Fue por esta razón, y porque me asaltó a la vista en los cada vez más cuidados estantes de nuestra biblioteca pública, por lo que escogí a J.M Le Clezio, último premio Nobel de literatura. El libro en cuestión era El atestado. Por la noche, en la cama, comencé su lectura. No me enganchó de principio, aunque reconocí una prosa cuidada pero excesivamente florida. Lo dejé de lado, esperando retomarlo al día siguiente con menos cansancio. Por la mañana leí algo sobre él en Internet, considerado defensor de lo indígena y de la ecología, aventura poética y del éxtasis sensual, o algo por el estilo que dijo la Academia Sueca en el momento de la entrega. No descubrí nada de eso, el único éxtasis que obtuve fue caer de nuevo y con más ímpetu en los brazos de Morfeo. Por lo que descarté finalmente seguir leyendo obra tan soporífera, por mucha percepción minimalista que indagase. En su defensa, fue su primera obra a los veinte y tres años. Vale. Pero por el momento no me animo a seguir indagando en este premio Nobel.

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