Marcelo miró a sus zapatos


Marcelo se miró a los pies. Llevaba uno zapatos negros, encostrados de grasa seca del bar. Estaba en la parada del autobús y pensaba que no ganaba para embadurnarse la punta de los zapatos a diario. Hizo crujir cada una de las articulaciones de sus dedos y miró el reloj. El autobús se retrasaba. Una mujer de mediana edad y aspecto cansado se sentó a su lado. El hombre la miró con el rabillo del ojo e intentó leer la insignia que llevaba en su pecho indicando algún hipermercado. La mujer encendió un cigarrillo. Marcelo pensó de pronto qué hacía cuatro semanas que no follaba. La mujer ensimismada pensaba sobre cómo podría empezar una conversación con el jefe de personal. No podía seguir así, llevaban diez días de retraso en la paga. Lo peor de todo es que ninguna de sus compañeras se atrevía a quejarse por miedo a que les despidiesen. El autobús arrancó y se llevó a Marcelo a dormir a un barrio de la periferia. Se acostó nada más llegar. Soledad, en cambio, comenzaba a trabajar de reponedora de una gran superficie comercial. Marcelo se despertó a las cuatro, comió con la tele encendida y se quedó de nuevo dormido hasta las siete. Cuando se levantó se tomó un café frío y se cepilló la mugre de los únicos zapatos negros que tenía. Luego bajó al bar donde otro camarero como él le invitó a unas cervezas. A esa hora Soledad salía del supermercado cogía el mismo autobús de vuelta y volvía a su casa. Su hija la esperaba con los brazos cruzados frente a la tele. Era la única de sus amigas que salía sin dinero y por eso andaba enfadaba. Comió con avidez una tortilla de dos huevos y dio un portazo amenazando con que no volvería. La mujer limpió los platos y recogió la ropa limpia de la solana. Se sentó frente al televisor y derramó una lágrima por ella misma. Marcelo en ese momento decidió que ese día bajaría al centro. Tomó un autobús de vuelta y se detuvo en unos cuantos bares más del centro. Soledad decidió hacerse un café, tomar una ducha y vestirse para bajar al centro. En un bar cercano a Ballesta pidió una caña, en el baño se cambió los pantalones por una minifalda y cubrió su pelo con una peluca rubia. Marcelo vio salir a la mujer de grandes pecho y decidió seguirla. La mujer miró a ambos lados de la calle oscura ruidosa y se detuvo en una pared mientras sacaba algo de su bolso. Marcelo miró a sus zapatos negros y se acercó a ella. Marcelo le sonrió y ella le devolvió una sonrisa triste. El hombre preguntó con los ojos y la mujer respondió con una boca pintada.
- Treinta y tú pagas la cama.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy bueno, Nieves, me ha encantado. Tengo un encargo para ti pero no sé dónde ponerlo. Es un relato que se titule: "La copa de sombra", lo saqué de un verso de Machado y me parece muy ambiguo y sugerente.
Ico ha dicho que…
Gracias, a ver qué hacemos con ese título tan poético..
LA OTRA ha dicho que…
MAGNIFIQUE ,ME HA GUSTADO MUCHO SABER QUE SIEMPRE HAY UN ROTO PARA UN DESCOCIDO . ME GUSTARIA QUE RELATARAS ALGO DIVERTIDO POR EJEMPLO TE PUEDO SUGERIR EL TITULO "ESA PALABRA NO SE DICE"