FRIO EN LOS HUESOS


La casa del Gamonal estaba en lo alto de la colina, sobresaliendo del resto de las otras construcciones. Aún me pregunto qué me llevó a elegir aquella casa tan apartada del pueblo y tan poco asequible a mi presupuesto. Pienso hoy, desde la lejanía que quizá, una energía más poderosa que la propia voluntad me llevó a atravesar la verja de madera del jardín de aquella casa.
La mansión, asentada sobre una base antigua de piedra donde se había construido, una nueva edificación, según nos dijo el propietario, se componía de un enorme jardín, en donde crecía la mala hierva. A un lado de éste, se encontraba el cuarto trastero que hacía las veces de garaje y que nunca utilicé salvo para tender la ropa los días de lluvia. Sorteando el barrizal, se llegaba a la entrada principal, ascendiendo dos peldaños, o se podía continuar por un sendero cubierto de maleza y llegar bordeando la casa hasta un cuarto de aperos abandonado que un día me propuse arreglar y que nunca hice.
Mirando desde fuera la mansión era de una majestuosidad incomparable. En la primera planta se encontraba una pequeña salita, la cocina, y un dormitorio con dos camas y el baño; en la segunda, y esta parte era lo mejor de la casa, un dormitorio y un enorme salón acristalado con chimenea; esto último fue lo que me decidió definitivamente a alquilarla. Sin embargo, pronto comprendimos que ésta no era suficiente para detener el frío tan intenso que había en aquella casa. Porque aquél frío no era igual a ninguno, se calaba en el cuerpo envolviéndote y te llegaba en un instante a los huesos.
Pero, no quiero adelantarme a los hechos, que más de una vez he querido borrar de mi memoria, y a los cuales he intentado encontrar una explicación sin hallarla. Ahora, en esta edad cercana a la muerte, quiero confesar lo que viví en aquella casa, antes de que mi tiempo se acabe.
Todo comenzó con el frío. Con un frío extremo que llegaba de forma inusitada a invadir toda la casa. Puesto que era frecuente que, estando en el salón leyendo, sintiera una corriente de aire frío, como si alguien hubiese de pronto abierto una puerta.
Pero, ¿Cómo podía explicar los hechos sin que me traten de demente y senil? Solo me queda el consuelo de saber que, mi amada Laura, dios la tenga en su gloria, fue testigo conmigo de aquellos hechos. A pesar de lo que vivimos, callábamos, el amor que nos profesábamos nos impedía revelar al otro el miedo que sentíamos, protegiéndonos así mutuamente.
Pero antes, debo mencionar los fenómenos extraños que sucedían en la casa antes de aquella noche. Comenzó con el frío pero no quedó ahí, pues en ocasiones, un extraño perfume invadía la estancia y permanecía flotando en el aire. A veces, como aquella noche, en la cama, podía sentir crujir la madera del salón como si alguien, con leves pasos se dirigiera hacía el dormitorio. Y así fue aquella noche.
Me había ido a dormir pronto, Laura tenía turno de noche en el hospital y yo me había ido a acostar tarde, el cansancio y el agotamiento se apoderaron pronto de mi cuerpo. Sin embargo, no había aún cogido el sueño cuando, sentí como de nuevo el frío gélido entraba en el dormitorio. Mi corazón, en la oscuridad, empezó a latir desesperadamente, y casi llegó al punto de paralizarse cuando sentí sobre mí cadera posarse el peso leve de una mano. Permanecí inmóvil, aterida, incapaz de mover o de hacer ningún sonido, engañando a quien quiera que fuera, humano o no, haciéndome la dormida, sintiendo aquella mano cada vez pesar más sobre mi cuerpo.
Solo dos meses después de estar en la casa, ocurrió el huracán Delta. Laura había llegado demacrada, un poste de la luz se le había caído en medio del camino, a solo un metro del vehículo. Pronto descubrimos que la casa no era más segura que la calle. El viento se filtraba por las ventanas emitiendo un silbido agudo y alargado entre la madera, como si de pronto la casa hubiese tomado vida y se quejara. Las hojas de lo árboles arreciaban contra los cristales de las ventana como las velas de un navío en medio de una tormenta. Un sonido extraño, que identificamos al unísono como el de unas cadenas arrastrándose nos paralizó. Nos tranquilizamos pensando que eran sólo las tejas del techo que se desprendían. El agua entraba a raudales por la ventana y los rayos iluminaban el jardín poblado de extrañas sombras. Laura, no aguantó más y comenzó a llorar, la gata, faltaba la gata. La consolé, nos iríamos de allí mañana mismo.
De repente, todo se paralizó un instante, como si la casa contuviese el aire, para volver como una gran ola, más fuerte, haciendo vibrar los cristales y aullar el viento que entraba furioso por la chimenea. Bajamos hasta el garaje, atravesando las sombras del jardín en busca de la gata, llovía como si el cielo se hubiese roto y de pronto, vimos como el muro de piedra que rodeaba el jardín se doblaba sobre si mismo para volver de nuevo a caer en sentido inverso como si de una hoja de papel se tratase, arrancando del interior de la tierra los conductos de agua que alimentaban la casa.
Meses después, amainada la tormenta, y ya lejos de la casa y su influjo, nos decidimos a hablar de todos aquellos sucesos ocurridos durante el huracán, sincerándome y contándole lo que había vivido en la casa y aquella noche en el dormitorio. Entonces, Laura, mi amada, comenzó a temblar y a palidecer, confesándome bajo una gran turbación que ella también había sentido el frío, el perfume, y el peso de la mano en su cuerpo.

Comentarios

R. V. ha dicho que…
Como siempre, interesante relato. El título no es casual, de adolescente escribí un grupo de poemas para un concurso y una de las poesías se llamaba "Frío en los huesos". Era esta:

Me encuentro sólo en mi cama
y realmente no sé por qué,
la noche ha entrado en mi habitación,
no tengo nada que hacer.
Es sábado por la noche,
debería poner patas arriba la ciudad,
amanecer con una chica en el coche,
toda la noche bailar.
Pero me has dejado sin nada,
he malgastado mi dinero en tí,
mi corazón, mi vida desgraciada,
mis ansias de salir.
Y me has dejado con frío en los huesos,
me has hecho un desgraciado,
no siento de otras mujeres los besos,
estoy en mi casa calado.
Frío en los huesos,
como un idiota cansado,
siempre echándote de menos,
sólo el ron es mi aliado.
Está a punto de amanecer
y mi única compañía es el papel,
tú por ahí dándote el lote,
esta desgana es un azote.
Es culpa sólo tuya,
me has dejado desnudo,
sin dinero, sin amor y tan sólo una muda,
como Claudio, un cornudo.

Saludos.