Capitulo III: El camión de la basura


Ramiro Betancourt conducía el camión de la basura como cada día desde hacía ya veinte años. Podría hacer el recorrido con los ojos cerrados. Era un hombre fuerte. Se necesitaba fuerza y temple para llevar toda la vida en el mismo puesto sin cansarse. Era una persona tranquila, de campo, estaba orgulloso de su trabajo y lo hacía con entusiasmo cada mañana. Todo los días hacía el mismo recorrido, salía de la central con Tomás e iba a buscar a Juan Pérez a Pino Santo, donde empezaban la ronda por todos los barrios. Hoy estaba especialmente cansado. Le quedaban exactamente 28 días y 8 horas para coger vacaciones. Esto era lo que le contaba esa noche a Tomás, que permanecía adormilado en el asiento contiguo, mientras atravesaba la carretera de las Meleguinas.
Fue al salir de la curva cerrada cuando vio luz en la carretera a la altura de la casa de Eufemiano e instintivamente, aminoró la marcha. Le dio tiempo a avisar a su compañero con un codazo antes de sobrepasar la casa para que viese lo mismo que el veía. La luz de la verja de la mansión de Eufemiano estaba encendida. Su cadillac, azul y plata, estaba aparcado fuera. Entonces lo vio salir, vestido con una bata, cerró la verja tras de sí y se subió al asiento contiguo del piloto. Ramiro Betancourt continuó el trayecto por el puente hasta Pino Santo.
Fue en la cafetería de Santa Brígida donde oyó por primera vez la noticia. Había un revuelo desconocido entre la gente que se arremolinaba delante del periódico. El dueño del bar fue el primero que se lo dijo. Al principio creyó que era una broma, pero nadie bromeaba en el pueblo con Eufemiano. Juan Perez, con los ojos muy abiertos le acercó el periódico, en la portada aparecía la foto de Eufemiano Fuentes. En grandes titulares se podía leer “Eufemiano Fuentes Secuestrado”.
_ No puede ser… pero si lo vimos esta madrugada.
En el bar la gente y algunos de la calle que habían entrado a curiosear lo que pasaba miraron al unísono a Ramiro. Tomás se apresuró a contar lo sucedido, recalcando que, aunque él estaba medio dormido, también lo vio salir de su casa, por su propio pie y meterse después en el coche.

El inspector Acosta hizo un par de llamadas a la comisaría y debió responder a unas cuantas de las altas jerarquías, así era como llamaba él a los Cargos de Madrid. A mediodía llegaría el delegado para Canarias de la Seguridad Nacional, debía ir a buscarlo al aeropuerto y exponerle los antecedentes. Al cabo de media hora recibió otra llamada, por la tarde vendrían refuerzos, esta vez era la brigada Central de Madrid, que también volaba para las Palmas. No le gustaba aquello, pero no podía hacer nada. Donde mandaba patrón. Además este caso traería cola. Se encendió un cigarrillo. Dos perros husmeaban por los alrededores.
Cuando el Mejicano volvió a la finca le pidió que mirase a ver cuántos empleados habían faltado las últimas semanas a la fábrica de Eufemiano. Sin duda, eso podría traer alguna pista.
A las doce y media sonó de nuevo el teléfono en las Meleguinas. Era de la Comisaría: habían encontrado en una carretera secundaria el Cadillac de Eufemiano Fuentes.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
siempre me intereso el secuestro de Eufemiano fuentes,lo tenia olvidado,en esta novela es mas interesante que la prensa del momento